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Rómulo Betancourt, el hombre y su tiempo

Fue la máxima figura, que tuvo el desprendimiento de no restarle oportunidad a los demás. Un venezolano que jamás perderá el brillo de sus hazañas. Un pensador con la dimensión del estadista

  • ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

14/06/2020 06:00 pm

Alexander Cambero 

Las aguas de Pacairigua se deslizan lentamente por las tímidas vertientes guatireñas, como bostezos, entre las leyendas que comentan los lugareños de hace siglos. Fantasmales apariciones en los matorrales de los cuentos populares. 

Sus reminiscencias evocan el encuentro de varias quebradas, que, al unísono, van consiguiendo la unidad de propósitos, de un destino que persigue la grandeza de mayores caudales, en donde proyectar una acción que irrigue los campos para las cosechas del pueblo. 

Rublos que alimentaron un destino en la Venezuela rural de principios del siglo XX. En este mágico panorama vino al mundo Rómulo Betancourt el 22 de febrero de 1908. Sus padres Luis Betancourt, de origen canario, y Virginia Bello Milano, nativa de Guatire. Le dieron un hogar lleno de amor que fue forjándolo con el temple del hombre de principios. Quizás, el secreto de su grandeza, esté en el río que lo acompañó desde siempre. Los humedales llevando vida a las raíces que sufrían las angustias del verano. 

El hombre produciendo ideas de esperanza en una nación palúdica, la visión apocalíptica de romper con las tiranías; los miedos arrastrados en la Venezuela de las injusticias, la conjugación de un ideal transformador; que elevó la voz para gritarle a los tiranos: aquí estamos los que impulsamos la libertad. Un líder comprometido hasta los huesos, por darle al pueblo la posibilidad de lograr su redención definitiva, como cuando Pacairigua aparecía en los surcos felices de las cosechas.

Venezuela en un puño…
Desde Maracay Juan Vicente Gómez, apretaba un puño donde estaba atrapada la patria, la dureza personalizada en el hombre- nación. La libertad era la quimérica ilusión de los ilustrados. Son los años de una dictadura que parece un gigantesco roble nacido en La Mulera estado Táchira. Desde su poltrona rodeada del esplendoroso valle aragüeño, una República se inclinaba cándidamente a los pies de la satrapía. 

La historia obscena de los regímenes del siglo XIX reencarnándose en quien ahogó con sangre cualquier vestigio de rebelión, los alzados eran cadavéricos hombres de atolondrado futuro y cortísima oportunidad de resistir, los otros estaban en cualquier hueco atrincherados en los ejércitos de los muertos, aquellos que ni disparan y que solo convocan lágrimas de familias mutiladas. 

Sabía torcer los pescuezos de los bravucones, meterlos en cintura, aniquilar las rebeliones con los métodos disuasivos aprendidos en los senderos andinos. Era astuto como una serpiente entre la hojarasca del cafeto, comprendió tanto la psicología del venezolano que lo indujo a creerlo eterno. Sin embargo, el conocimiento profundizándose en la universidad, comenzó a combatir el miedo colectivo, con la fortaleza de una generación llamada a hacer historia.

La insurrección paulatina del movimiento tiene su abrevadero en la semana del estudiante en Caracas. Los discursos de Jovito Villalba como tribuno excepcional, Miguel Otero Silva, Gonzalo Carnevali, Jacinto Fombona Machado, Antonio Arráiz y Rómulo Betancourt en el teatro Rivolí. Todo comenzó tranquilamente el 6 de febrero de 1928, hasta que el tocuyano José Pio Tamayo recitó un poema dedicado a la reina Beatriz I (Beatriz Peña Arreaza) desató la furia oficial en la primera proclama antigomecista con gran proyección popular. 

Lo que vino después fueron las persecuciones y la cárcel para muchos de ellos. Entre otros: Rómulo Betancourt, en el Cuartel El Cuño, posteriormente trasladado al Castillo Libertador de Puerto Cabello. Fue el génesis de la futura formación de organizaciones políticas encabezadas por estos líderes, mucho de los cuales estaban inspirados en el socialismo soviético. Gómez siguió un tiempo más apretando un puño, que los años y el despertar nacional, lo hicieron un tanto débil. 

La lucha clandestina de Rómulo Betancourt la pagó con destierro. Entre 1931 y 1935 fue miembro del Buró Político del Partido Comunista Costarricense. Luego de la muerte de Juan Vicente Gómez el 17 de diciembre de 1935, regresa con la idea clara de construir una plataforma política que transforme la realidad nacional.

La izquierda en su pensamiento…
La influencia del pensamiento soviético marcó a generaciones de líderes latinoamericanos, la dictadura del proletario llegaba al gobierno de la mano del bolchevismo. La revolución de octubre de 1917 era la canción de cuna para quienes buscaban una oportunidad distinta al capitalismo. 

Sus hazañas llegando a Moscú, en los diez días que conmovieron al mundo, como bien lo escribiera el periodista norteamericano John Reed, en su libro publicado en 1919 (Ten Days that Shook the World, en el original inglés) donde narraba esos acontecimientos. 


La magia de la epopeya, los discursos de Lenin, teniendo como alfombra la Plaza Roja, se transformó en la fuente inspiradora de los revolucionarios. Rómulo Betancourt, que era un brillante librepensador, comienza a descubrir falencias en el proyecto. Vladimir Ilyich Lenin y Joseph Stalin, habían hecho una gestión con dieciséis años de resultados tenebrosos en cuanto a la libertad individual y colectiva. 

El prolífico pensador inicia un cuestionamiento de unas prácticas corrosivas para el sostenimiento de un proceso de cambio con justicia social. Su primer interrogante fue el dominio de una clase sobre las otras. Si bien la clase obrera era el motor de cualquier sociedad, existían otros igualmente importantes. Sus ideas fueron acercándose a la socialdemocracia moderna, mientras muchos de sus amigos seguían hundidos en la era de hielo. 

Sus posiciones fueron derivando en una visión latinoamericana que compartía integralmente con el peruano Víctor Raúl Haya de La Torre. Era fundamental crear un instrumento que los pueblos americanos entendieran. El comunismo respondía a sus reglas de grave extracción totalitaria, lo que ellos preconizaban era administraciones que lucharan por los derechos populares, sin tener que aplastar a alguien bajo la égida de una dictadura, un cambio extraordinario, pero con la libertad como equilibrio perfecto de la sociedad. 

Su genio fue incorporando adeptos que comprendían que una Venezuela distinta era posible. Sus ideas volaban como descubriéndose en la telaraña nacional. Veníamos de una larga marcha de la opresión gomecista. Los gobiernos subsiguientes abrieron las compuertas un tanto, pero faltaban que los depauperados tuvieran la oportunidad de ser parte de la nación.

Descubrir que tenían derecho a una vida digna, dejar atrás la multiforme agonía de ir muriéndose en la orfandad de no tener las luces del saber, con hijos raquíticos, como ofrendas de la insalubridad. Con derechos a decidir su propio destino. Fue así como el pensamiento de Rómulo Betancourt, entre reflexiones, en la soledad de sus misterios, logró encontrar el cauce que dio origen a su vigoroso proyecto de vida. Su visión comprometida se encontró con el país huérfano de oportunidades.

¡Eureka ¡Acción Democrática...
En la plena ebullición de sus ideas nace Acción Democrática. Un 13 de septiembre de 1941, con su prueba de fuego en el nuevo circo de Caracas. La gran construcción se inició en la lucha contra Juan Vicente Gómez. Luego la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI) formada en la atlántica Barranquilla, por Rómulo Betancourt y otros exiliados venezolanos. Poco tiempo después, el Movimiento de Organización Venezolana (ORVE), dio paso al Partido Democrático Nacional (PDN). 

En Acción Democrática se conjugaba toda la realidad venezolana, expresada en los anhelos de una sociedad presa de injusticias, ya no es el célibe amorío del primer sentimiento ideológico, la experiencia de trajinar por la tierra agrietada de las carencias, trajo un proyecto político que defendía clásicos postulados de izquierda con el definitivo compromiso de actuar como garantes de los derechos del pueblo, propugnan una nación soberana, libre de dogmas e imperios, que dicten sus pasos. Sus proclamas fueron el grito emocionado de los sin voz. 

Una organización anti feudal, en una República embarazada de desafueros. Poli- clasista, en donde ninguna expresión de la sociedad tuviese supremacía sobre otras. Cada sentencia de ellas las encarnó el pueblo enaltecido en los versos de Andres Eloy Blanco, la dignidad de Luis Beltrán Prieto Figueroa, la brillantez de Gonzalo Barrios, el ejercicio principista de la política de Raúl Leoni, la lúcida luciérnaga creadora del maestro Rómulo Gallegos. 

Entre tantos otros que se hicieron líderes a los que Venezuela consagró con su adhesión, pero por, sobre todo: El liderazgo arraigado en las profundidades de la nación de Rómulo Betancourt, su epopeya republicana hizo metástasis en el corazón de la gente. Fue sístole y diástole, de las expectativas de cada historia humana, de pueblos olvidados y fulgurantes centellas; hasta que su obra monumental se hizo imperecedera.

El hombre de octubre…
Se han hablado tantas cosas del 18 de octubre que podemos caer en la repetición histórica. Preferimos enfocarnos en el resultado de esa Junta Cívico Militar que presidió Rómulo Betancourt. En 1946 el gobierno creó la Corporación Venezolana de Fomento (CVF) para financiar abiertamente a los grupos empresariales con el argumento de industrializar el país, impulsar la electrificación de los centros poblados, sustituir importaciones y romper la dependencia del petróleo. 

Ese mecanismo fue aprovechado por varios empresarios locales para el fortalecimiento y diversificación de sus negocios. Se eligió una Asamblea Nacional Constituyente que creó las bases de una nueva constitución. Un aspecto importante, es que los miembros de la Junta se auto inhabilitaron para postularse como diputados constituyentes o como Presidente, lo cual constituía un hito histórico, ya que hasta entonces ningún mandatario venezolano había bloqueado su propia reelección mediante ley de manera voluntaria. 



Se realizan las primeras elecciones directas, universales y secretas. Ganándolas el eximio escritor Rómulo Gallegos. Entre los aspectos más resaltantes fue garantizar el voto de la mujer. Reparar la afrenta de siglos; significó traernos el pleno derecho de un verdadero sostén de la sociedad. Doce meritorias damas ocuparon curules de la dignidad. Fueron recibidas con aplausos de pie de un hemiciclo que se abrazó con todas las tendencias. 

Venezuela lograba entrar en la modernidad ciudadana. Dejaba atrás el oscurantismo del siglo XIX. El país se llenó de carreteras, escuelas, dispensarios y canchas deportivas. Las enfermedades endémicas combativas por un plan elaborado por el caroreño Pastor Oropeza. Un desarrollo sostenido en muchos órdenes. 

Quizás, uno de los legados más grandes de esta coyuntura fue enseñarle al mundo castrense que podían ser dirigidos por un civil. Que el encuentro de los dos mundos era posible. La gestión de Betancourt duró hasta el 15 de febrero de 1948. Entregó el poder al maestro Rómulo Gallegos, un hombre llenos lauros personales. Pero, la traición avanzaba como esos ruines personajes de sus novelas. 

Más de un Cholo Parima, andaba suelto, como cuando los machetes alumbraron en la noche del Vichada, en la espantosa masacre, que recreó el eximio novelista en Canaima. Rumores poniéndole precio a su gobierno. Desgraciadamente el tradicional arrebato militar volvió por sus fueros derrocando a Rómulo Gallegos el 24 de noviembre de 1948. 

En su lugar se instaló una junta militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud, se iniciaba la tenebrosa noche de la dictadura. Veintitrés meses después (13 de noviembre de 1950) es asesinado, en el único magnicidio presidencial en la historia republicana venezolana. Las fauces que alimentó para asirse del poder terminaron devorándolo.

Exilio y dictadura…
Larga noche de oscuridades. La libertad volvió al abismo donde la querían las cadenas del miedo. La muerte se paseaba por una nación sumida en el terror, los mártires mantenían la llama encendida contra viento y marea. La obscenidad en el poder arremetía persiguiendo cualquier asomo de resistencia. 

Las viejas cicatrices del pasado se reabrían para traernos a etapas superadas, volvieron las cárceles, los muertos y el destierro. Rómulo Betancourt sale del país para reactivar los apoyos a la causa desde el exterior. Su liderazgo sigue impregnando la lucha de cada adeco en la clandestinidad. 

Es el espíritu del líder en cada pueblo, ciudad y cuadra. Las balas asesinan a Leonardo Ruiz Pineda el 21 de octubre de 1952 en Caracas, el máximo líder en la clandestinidad, era un manjar muy apetecible para la jauría. Se enjuagaron las lágrimas, prosiguieron, con el dolor de haber perdido al legendario Ulises de su odisea. 

La dictadura arremetió para defenestrar a muchos baluartes que se multiplicaban en acción. En Guasina la muerte se ensañó con sus víctimas. Sin embargo, no pude quebrar el deseo de ser libres. El temple Betancourt seguía inspirándolo como el supremo líder. Sus palabras en el imaginario colectivo iban proyectándose hasta que cayó el oprobio.

Su tiempo…
Cuando Venezuela parió la libertad, el ADN democrático lo reconoció como su padre. Una vida consagrada a la defensa de los valores más excelsos de la creación social. Sufrió destierros, atentados y persecuciones. Estuvo lejos de su patria y cerca de ella en todo momento. En plena efervescencia totalitaria del socialismo soviético, supo entender de la inviabilidad de un sistema castrador de la libertad. 

Su ingenio logró con el concurso de muchos, construir un partido, tan parecido al país, que se vistió de sus ropajes, bebió en sus dolores y enarboló la transformación nacional, confundiéndose con sus pasiones. Del mando salió con las manos limpias de quien no roba, con la fortaleza del deber cumplido, se supo alejar del poder inteligentemente, para no ser un autócrata perfumado en las ansias de la perennidad. 

Cuando tuvo que enfrentar situaciones difíciles no faltaron los testículos. Hombre de una reciedumbre absoluta, orador paradigmático, con un pueblo unido en cada frase. Escritor fecundo en la construcción gramatical. Su tiempo es el de los hombres de honor. Incapaz de una perfidia que desencadene en la tradición venezolana de la puñalada trapera. Leal hasta en el último centímetro de su ser. 

Fue la máxima figura, que tuvo el desprendimiento de no restarle oportunidad a los demás. Un venezolano que jamás perderá el brillo de sus hazañas. Un pensador con la dimensión del estadista imperecedero. Las aguas de Pacairigua siguieron llenando las vertientes, que buscaban las raíces secas en el doloroso verano. Rómulo Betancourt, también se hizo río para llevar libertad hasta el pecho de una nación oprimida. 

alexandercambero@hotmail.com 

Twitter @alecambero 

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