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ARCHIVO DE VERBIGRACIA

Argentina frente a la retórica política: corralito, cacerola y cambalache

Crónica de una eterna devaluación anunciada #Archivo

  • Diario El Universal

19/08/2019 03:11 pm

por Gustavo Valle
ensayista y poeta.

”Baile de tanto en honor a nuestro presidente Fernando de la Rúa”. El letrero estaba pintado a mano. Lo transportaba un camioncito Ford de los años cincuenta. Un altoparlante invitaba a todos los vecinos del barrio, compitiendo con el sonido ensordecedor de los cacerolazos. El camioncito iba lentamente recorriendo las calles y repetía: “Invitamos a toda la comunidad a disfrutar de una linda noche de tango. Acudan al gran baile que se efectuará en las instalaciones del club deportivo. Apoyemos la gestión de nuestro presidente honesto”. La iniciativa era de la gente del partido Unión Cívica Radical que tienen una casita como a cinco cuadras. Son los mismos que pintaron en todas las aceras: “Nuestro presidente es honesto. Nuestro presidente es honesto”, como una forma cándida y desesperada de mantener a De la Rúa en el poder. Pobres ilusos. Un día pasé por casualidad frente a la casita del partido y vi a varios señores sentados en sillas de plástico sobre la acera, tomando el fresco. Hablaban de política, o más bien, como todos los porteños, hablaban mal de ciertos políticos: “Aquel es un ladrón, aquí no hay justicia, sólo reina la impunidad”. 

Estos señores nunca hubiesen imaginado que a la vuelta de pocos días ocuparía el sillón presidencial el inefable y efímero Adolfo Rodríguez Saá y, finalmente, después del algunos entuertos, Eduardo Duhalde, acusado de malversación de fondos durante su paso por la Gobernación de Buenos Aires. 

En una de sus corrosivas Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt propone un discurso para todo candidato a diputado, que puede hacerse extensivo a todo candidato a presidente de la República. Con este discurso el autor garantizaría el éxito a cualquier aspirante. “Señores —así daría inicio a sus palabras—, aspiro a ser diputado porque aspiro a robar en grande y acomodarme mejor…”. Y pasa a desarrollar su infalible propuesta: “mi finalidad no es sacar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches sinvergüenzas; no, señores, no es ese mi elemental propósito, sino que íntima y ardorosamente deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más intensa y efectiva que guarda todo hombre que se presenta a candidato”. 

El discurso continúa y no tiene pérdida. Se trata de un arma eficaz para políticos ambiciosos. Su alto poder disuasorio haría vulnerable cualquier resistencia: piquetes, saqueos, linchamientos morirían en el intento; todo cacerolazo quedaría mudo. Según Arlt, quienes escuchen a este candidato harían dos cosas: o matarlo o elegirlo presidente. La primera opción se descarta por corta; la segunda por incongruente. Además, el reciente desfile y cambalache de cinco presidentes en apenas dos semanas echa por tierra ambas opciones: en tan breve plazo no queda tiempo para elegirlos, y mucho menos para matarlos. 

En diciembre pasado una diputada argentina tomó una iniciativa pionera. Después de que Domingo Cavallo decretara el corralito, la mencionada diputada introdujo un recurso legal contra la medida. El juez rápidamente falló a favor y el Estado se vio obligado a hacer una excepción con la susodicha: la diputada podía retirar hasta 5.000 pesos de su cuenta, y no sólo 1.000 (que ahora corresponden a 600 devaluados) como todos los argentinos. El resto de los parlamentarios dio el grito al cielo y se preguntaron muy sorprendidos: —“¡¿Ella sí y nosotros no?!”. El juez advirtió lo injusto de su decisión y de inmediato la hizo extensiva al resto de los congresistas. Con esta acción pionera dicha diputada ensayó con éxito una nueva forma de hacer política. El asunto no es decir: “Ciudadanos, ustedes me eligieron para que yo represente sus intereses”. No, esto no se lo cree nadie. Mucho más efectivo sería: “Ciudadanos, con el poder que me otorgaron yo hago lo que me da la gana y primero cuido mi bolsillo”. De esta manera, con la verdad por delante, esta dama se habría granjeado el respeto de todos. Y respeto, convengamos, es algo que los argentinos necesitan. 

Esta degradación de valores debemos interpretarla como un signo de los tiempos o, mejor dicho, del siglo. Y es que Roberto Arlt escribe esto hace 70 años, durante la llamada “década infame”, y de ese tiempo para acá, algunas cosas (salvo la deuda externa y las tarifas de los servicios públicos) no parecen haber cambiado mucho. En octubre, cuando los candidatos a senadores y diputados ocupaban los medios de comunicación para hacer propaganda, observé una cosa. Los programas y propuestas de los candidatos con más opción a triunfo convergían en una sola palabra: honestidad. ¿Qué propone usted para salir de la crisis?, le preguntaba el periodista. Y el candidato respondía: 

—Honestidad. 
—¿Qué acciones concretas? 
—Acciones honestas. 
—¿Qué diferenciaría su legislatura de otras? 
—Sería una legislatura honesta. 

Entendámonos. Si todos son honestos hay detrás una gran mentira. Y es que llega un momento en que la gente pide a gritos una verdad aunque sea pequeñita y terrible, aunque duela un poco. Eduardo Duhalde entendió esto y dijo en el Congreso: “Argentina está quebrada”, “estamos fundidos”, y de inmediato recibió el apoyo de todos. Por eso yo estoy seguro de que si alguno de los candidatos a ocupar altos cargos públicos (no sólo en la Argentina sino en cualquier parte de la vapuleada América Latina) hablase con el corazón en la mano y le dijera a su gente, por ejemplo: “Compatriotas, como ustedes saben vendí las reservas de gas de la nación y aproveché para embolsillarme unos cuantos milloncitos” o “privaticé el servicio telefónico y con eso pude abrirle a mi mujer una cuenta en Suiza”, estoy seguro de que con palabras así, con gestos como este, las cosas mejorarían. Y la idea es que mejoren lo más pronto. Ya no pasará más el camioncito Ford exhibiendo su letrero: “Baile de tango en honor a nuestro presidente Fernando de La Rúa”. 

Los altoparlantes no repetirán la invitación a “una linda noche de tango en honor a nuestro presidente honesto”. Ignoro si el baile habrá contado con suficiente convocatoria. Sospecho que no. Aquella noche coincidió con los primeros cacerolazos y todo Buenos Aires fue una sonora caja de resonancias. Yo me asomé al balcón a golpear con fuerza la vieja cacerola de los fideos. Al mismo tiempo, Carlos Raúl Menem golpeaba con impecable swing una pelotica de golf en la provincia de La Rioja y recibía un beso de su flamante esposa Chechu Bolocco que le decía al oído con acento argentino: ¡Carlitos, mi amor, sos un gran deportista! 



Publicado el sábado 9 de marzo de 2002. Verbigracia Nº23 / Año V 

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