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¿Cómo supe que quería dedicarme a la literatura?

Con este texto inauguramos una serie que descubre las motivaciones que viven dentro de diversas voces que hacen vida y oficio a través de la literatura

  • MARIANA DÁVILA

14/06/2019 12:54 pm

Unos cuantos recuerdos vinieron a la mente, como el libro de los porqués que me regaló mi madre a los siete años, su afición a la lectura, un viaje, mi padre recitando a Benedetti, la carrera de Letras, un ensayo de mi abuela sobre la obra de Kafka. Pero antes de plasmar cualquiera, decidí ojear primero “Un solo momento. 50 escritores cuentan cómo supieron que querían dedicarse a la literatura". Anoté en mi libreta de hojas verdes unos cuantos pensamientos ajenos y reflexiones propias: "Un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es"; "pide la literatura habitar un espacio, un ámbito en el mundo"; "órbita personalizada"; "escribir: conectar con el país Venezuela"; "descubrir, conocer, indagar, reconocer". 

Acompañé mi lectura con Tuétano de Andrea Crespo Madrid «dame una muerte que pueda izar en el aire», la poesía de Juan Sánchez Peláez «mi oficio es como la lluvia», los Carnavales caribeños «el derecho de volvernos locos» (García Márquez). Paralelamente, me fui adaptando cada vez más a mi nuevo trabajo y a sus cambios, hice nuevos amigos, rompí mi récord de ir a la playa en un año: «buscándome entre el ir y venir» (Sánchez Peláez). Saqué de una biblioteca El Final de Horn de Christoph Hein

Se casó mi prima Fabiana. A los cinco días se fue la luz por setenta y dos horas seguidas en la zona donde resido, «qué cara está la vida» (Hein). Viví en penumbras, ni me acordé del día de la mujer, lloré de la angustia. —«Soy este desamparo» (Lerner), le dije a mi analista—. Fui a la playa con mi prima Fabiana y sus amigas, nos detuvo la policía, hice una crónica sobre eso, me enfermé del estómago, ardía: «aprendí a mirar un cuerpo enfermo» (Crespo Madrid). De nuevo se fue la luz. 

Seguía sin poder escribir el texto, ni en la oscuridad, ni sobre ella. «Desesperada esperanza» (Hein). Al sol de la tarde, un día terminé El Final de Horn de Hein: «aquello de lo que huimos nos alcanza en todas partes», sentencia un personaje. Pasé a Con agua en la piel de Massiani: «Calmar la sed de un muro desierto». 

Desde Salamanca me llegó Renacida: Diarios tempranos de Susan Sontag. Renací yo al oler el perfume que ella había impregnado en cada página. "Las ideas perturban la nivelación de la vida". ¿Y su ausencia? 

De repente se me ocurrió una anécdota para explicar cómo supe que quería dedicarme a la literatura: 

A pesar de que mi tía Trina afirme con vehemencia que yo de pequeña hasta leía el Quijote (se confundió, esa era mi mamá), no fue hasta los diecisiete años que empecé a leer literatura. Al instante, un torrente de hechos pretéritos (me) negó dicha afirmación. De pequeña escribía relatos inclinados a la ciencia-ficción. En noveno grado por iniciativa de la profesora de Castellano, me deleité enormemente con El Fantasma de Canterville y otros cuentos de Oscar Wilde. Ojeé por esas fechas el Así habló Zaratustra de Nietzche y me impresionó el concepto del Superhombre. Le regalé a mi pareja de ese momento un libro de Shakespeare y El Mundo de Sofía de Jostein Gaarder —no tenía tan mal criterio. Rememoré esos pasajes y desistí de la idea de ausencia de literatura antes de mis diecisiete años, pero sí reconocí algo importante que me pasó esa edad: 

A los diecisiete años me iba de viaje a Alemania, mi prima Gabriela me dijo que me llevara un libro para el viaje, “Tengo música y juegos en el iPad y en mi teléfono”, respondí. “Llévate un libro, Marrana, por si se descargan”, “¿Cuál?”, “Eva Luna de Isabel Allende”. (Escribo esto y me siento un poco atacada por el canon). 

¿Escribir que mi pasión por la lectura se “despertó” por Eva Luna de Isabel Allende? Nadie habla de ella en la Escuela. ¿Será que está vetada estilo Paulo Coelho? Preferí evitar. –Busca otra idea, Mariana –me dije. 

INSEGURIDAD. Entonces, voy a poner algo intenso: Siempre quise estudiar psicología. La carrera de Letras era mi segunda opción pero ella me escogió a mí de primera. Su estudio me apasionó, me reencontré en ella y fue así como supe que quería dedicarle mi vida entera. “Quatsch”, como dice mi jefa —es el equivalente de “paja” o “bullshit” en alemán—. 

El viaje que anteriormente relato fue posterior a la muerte de mi madre. Ella leía muchísimo, tenía una gran biblioteca en casa. Así que cuando llegué de viaje, luego de haberme motivado por la lectura de Eva Luna, tomé la costumbre de agarrar cualquier libro que estuviera en los estantes y según su reseña, lo leía o no. El Pabellón del Cáncer de Aleksandr Solzhenitsyn, El Padrino de Mario Puzo, Entre tías y putas de Garmendia, colecciones de libros clásicos, relatos policiacos, mitología. Esas “primeras lecturas” impulsaron mis “primeros escritos”. Hacía perfiles de personajes, dedicaba horas de la noche solo a pensar en desenlaces excitantes, cualquier situación cotidiana me inspiraba. Entonces, sí me veía en un futuro —y lo estaba también en ese presente— dedicada a leer y a escribir. Caer, como digo yo, a los meses en la carrera de Letras fue una confirmación más, se tornó mi formación académica y humana, la concreción de la idea de que esta dedicación se convirtiera en mi profesión. El silencio, el querer darle atención al vivir, se dieron naturalmente, diría Rilke. Yo simplemente asumí la posición que quería darle a la literatura en mi vida. «Atravesar el muro» (Massiani). 

Desde que contesto a esta pregunta y a la vez sigo mi vida, desarrollo continuamente otra tarea escrita: La posibilidad de ser y crear y de ser creado, la labor de entretejido, la apreciación de la tradición, la multiplicidad y la pluralidad de voces que acoge, la diversidad cultural que carga; el viaje que emprendo, el canto que me desnuda, el contacto con el origen, la vulnerabilidad que me acecha, el desmantelamiento, la vinculación con mi madre. ¿Serán estas las razones por las que me dedico a la literatura? 

Por ahora tengo la seguridad de que es mi manera predilecta —y natural— de experienciar la vida y preservar la memoria, la herencia íntima y sagrada. «Y entonces pensó que nunca estábamos en ninguna parte ni hacíamos lo que realmente estábamos haciendo» (Massiani).  
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