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Marina Gasparini: "En estos tiempos modernos no hay Virgilios que guíen en las oscuridades"

La investigadora coordinó una antología de Juan Sánchez Peláez editada por la Fundación para la Cultura Urbana junto a la editorial Visor, quienes prometen editar más poetas venezolanos contemporáneos

  • MARIANA DÁVILA

06/03/2019 12:32 pm

La Fundación para la Cultura Urbana estableció un acuerdo con la editorial española Visor para que a partir de 2019 se coediten dos libros al año de poetas venezolanos contemporáneos. Ya está a disposición de los lectores el primer libro de la colección, una cuidada antología poética de Juan Sánchez Peláez. Conversamos con la coordinadora de este importante proyecto editorial: Marina Gasparini Lagrange. 

Gasparini es docente, ensayista, investigadora y coordinadora editorial. Ha publicado Laberinto veneciano (Edit. Candaya, Barcelona, 2011) y EXILIOS. Poesía latinoamericana del siglo XX (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, Caracas 2012). Vivió quince años en Venecia y actualmente vive en Madrid. 

Se ha publicado Antología Poética de Juan Sánchez Peláez... 
Sí, un proyecto de largo aliento y de gran envergadura. Gracias al interés y esfuerzo de la Fundación para la Cultura Urbana y de su buena y longeva relación con la editorial Visor, fue que se pudo concretar la idea de publicar autores contemporáneos venezolanos dos veces al año. Esta alianza es muy positiva para nuestra literatura, nos abre una ventana y nos permite acercar al lector español y latinoamericano a la excelencia de nuestra poesía, la que fuera de nuestras fronteras se conoce con intermitencias. 

Como coordinadora editorial de este proyecto consideré que el primer título de las coediciones debía dedicarse a uno de nuestros poetas mayores, a un maestro, a Juan Sánchez Peláez. La poesía honra y celebra y eso es este primer título, un homenaje. 

¿Cómo está compuesta la antología? 
La edición de esta Antología poética de Juan Sánchez Peláez, incluye una selección de poemas de los cinco primeros libros del poeta: Elena y los elementos (1951), Animal de costumbre (1959), Filiación oscura (1966), Lo huidizo y permanente (1969), Rasgos comunes (1975); mientras los dos últimos: Por cuál causa o nostalgia (1981) y Aire sobre el aire (1989), se ofrecen en su totalidad. 

¿Bajo qué criterio se articuló la antología? 
A pesar de haber sido él quien introdujo en Venezuela las enseñanzas del surrealismo, esta antología quiso poner al lector en contacto con la poesía de Sánchez Peláez que habla desde la incertidumbre, desde el desamparo, desde la soledad. Una poesía que habla desde la desprotección que sabe «es inútil la queja» (Animal de costumbre, XIX). La queja que cuando no es celebración, como dijo Rainer Maria Rilke, no crea, no incursiona en ámbitos distintos a su pesar; la queja puede ser una retórica donde las palabras pierden libertad por permanecer atadas a aquello que las consume en su repetición. Juan Sánchez Peláez nos impele a abandonarla para poder contar la historia verdadera, filiación oscura en la que ordenadamente aparecen “las ánimas, el purgatorio y el infierno”. Nos impele a contar, aunque sabe que usualmente «uno no sabe nada» ("Filiación oscura”). 

La palabra en Juan Sánchez Peláez es la que dice de la experiencia de una incursión interna, donde siente la necesidad de adentrarse, entrar en su propio abismo, «al fondo/ en lo arduo/ el abismo/ de/ piedras sólidas» (Por cuál causa o nostalgia, V), entrar en su propia oscuridad para regresar con un fulgor, una palabra que diga de esa visión. En estos tiempos modernos no hay “Virgilios” que guíen en las oscuridades; la única guía es la necesidad del poeta de vislumbrar en las profundidades del alma: «desciendo a mis oquedades de pavor./ Me despojo de imágenes falsas.» (“Un día sea”) Descender en sí mismo no para encontrar lo nuevo de Baudelaire, sino la memoria, aquello que somos, aquello que por desatendido se ha ahondado en oscuridades que el poeta intenta rescatar con la luz de la palabra. Sánchez Peláez no se acompaña de certezas ni impulsos heroicos, al contrario, es su fragilidad y su temblor lo que está junto a su creación poética. En uno de sus últimos poemas dijo: «…sé de mis límites» (Aire sobre el aire, IX) 

¿A qué atiende la mirada de Juan Sánchez Peláez? 
 La mirada de Juan Sánchez Peláez es palabra. Si bien en sus primeros libros el lenguaje fue exuberante, en los últimos, la palabra, a veces cercana al balbuceo, expresa lo esencial. Es desde esa palabra concisa y necesaria que su poesía se ahonda en interioridades desde la que habla con la intimidad de sus visiones y sabiduría. Son visiones, vislumbres, que el poeta expresa desde el umbral donde la palabra se separa del tartamudeo. 

Juan Sánchez Peláez apostó decir lo esencial de la existencia, quiso decirlo antes de que olvidásemos cómo dar palabra a las experiencias formadoras de lo que somos. Pienso en la infancia, en la dulzura, en la fragilidad, en el desamparo. Nos dice: «Debo servirme de mí/ Como si tuviera revelaciones que comunicar». Dice: «Como si tuviera», su duda, sin embargo no lo detiene en lo que en él es un ímpetu necesario. Pero no se engaña, en el poema que le dedica a su aya dice que en el espacio que habita en el presente no hay ni siquiera un loro; afuera el sol golpea los muros, pero dentro es la oscuridad interior donde no se enciende ni siquiera una lámpara. Y en esa interioridad, solitaria y oscura, buscará ir al encuentro del resplandor de la palabra que mira, susurra y dice, dice, sí, antes de que ya no sepamos cómo darle voz. Somos palabras, somos las palabras que usamos para decirnos y mirarnos, ellas nos forman, nos conforman, nos revelan. Esa pasión formadora y creadora del lenguaje fue siempre un amor crecido y presente en Sánchez Peláez. Él busca crear el espacio y la mirada donde la voz del alma es en sí misma espacio, mirada y mundo resonante. 

¿Qué imágenes recurrentes de la poesía de Sánchez Peláez le interesan? 
En la poesía de Juan Sánchez Peláez me interesan esos lugares intermedios que la palabra crea, esos espacios intangibles, de sombras, de visiones inaferrables. Es en estos espacios donde con frecuencia reside la memoria; su aparición y reconocimiento puede detener al poeta en el misterio de ese lenguaje que él mismo necesitará traducir con las palabras de la sensibilidad. Darle voz y palabra a la memoria fue para Juan Sánchez Peláez una de sus obsesiones. Habla desde el umbral donde la poesía es un balbuceo que se opone a la palabra retórica. Lo poético no es retórico. Su palabra habla desde esa zona cercana al sueño, conjuga la protección y la incertidumbre, la pausa y el desamparo. Quizá es sentirse a la deriva, en la errancia que nunca cesa, el sentimiento que usualmente acompaña a quienes se sienten en ese lugar de sombras. 

Julio Ortega afirmó que Juan Sánchez Peláez encarnaba la errancia y no el exilio. «El errante, afirmó, no abandona su cartografía y tampoco sus desencuentros y desencantos». Y es desde esa vulnerabilidad que nos habla el poeta. Vulnerabilidad del vivir en la que su sensibilidad le permite palpar la inestabilidad del piso del mundo sobre el que está en pie. Sin embargo, es ese lugar que no es ni adentro ni afuera el que señala el inicio de algo y el fin de otra cosa. 

¿Será ese uno de los lugares de la poesía? Estoy aludiendo a ese lugar escurridizo que requiere ser creado por la palabra poética que da cuenta de él. «A fondo, memoria mía, para que no extravíes en la cosecha final ni un átomo en las cuentas de la angustiosa cosecha.» (“El círculo se abre”) En sus orígenes la libre asociación le permitió a Juan Sánchez Peláez descubrir no sólo la libertad lingüística, sino ese lugar donde el alma se hace en la desprotección, las obsesiones y la palabra que la expresa. Juan Sánchez Peláez busca crear el espacio y la mirada donde la voz del alma es en sí misma espacio, mirada y mundo resonante: «Y yo he conquistado el ridículo / Con mi ternura/ Escuchando al corazón» (Animal de costumbre, V). Su voz poética va allí donde el lenguaje, la palabra, no sólo dice de la experiencia, sino que la hace posible gracias a la conciencia y el sentir que configura el decir... 

...el poeta y su hacer.
Para mí, el poeta es el que sabe, el que tiene la sensibilidad, la visión, la depuración del lenguaje, la capacidad de ir más allá de lo visible. El poeta logra traducir y poner en palabras la realidad que para nosotros es sólo tangible. Busca dialogar con el misterio y el enigma, no teme exponerse ante el riesgo, intuye que su ser poeta exige ponerse al descubierto, eso que Rilke llamó el descampado, escuchar la palabra, escuchar y ver y luego traducir. Traducir, traducirse; todo poeta es traductor de sí mismo y Sánchez Peláez con su fina sensibilidad supo acompañarse del lenguaje que supo decir de sus incursiones en lo invisible. En su poesía hay un ritmo, una musicalidad que atrapa, hay versos y visiones que subyugan, pero no siempre entendemos lo que el poema nos dice; en su poesía con frecuencia sentimos que algo se nos escapa, que se nos está escapando, que se envuelve de sombras, quizá son las sombras de las que procede el poema, o quizá son las nuestras; Sánchez Peláez quiso dar cuenta de la fragilidad que acompaña la visión y el decir poético. Muchos dicen no entender a la poesía, cualquier poesía, y a la poesía no hay que entenderla, pero tampoco debemos abandonarla. Llegará un momento donde algo en nosotros sabrá escuchar, y será nuestra alma la que lo haga. A la poesía no la entiende la cabeza sino el sentir. Hay que dejar que ella fluya, que ella entre en nosotros como la lluvia de la que habla el poeta. Me quedo con un verso, me quedo con dos, pero me quedo, la acojo. 

«Mi oficio es como la lluvia: acariciar, penetrar, hundirme. Observo la tinaja oscura. Alumbro una lámpara en mi duermevela. Siento mi arruga y mi enigma, pero ¿dónde el hallazgo por venir, o una mañana clara en las calzadas? (V de "Lo huidizo y permanente"). 

¿Es el acto poético conciencia de la libertad? 
La poesía es la libertad, casi que podría decirse que es y tiene a la libertad por vocación. La historia nos ha enseñado que durante las dictaduras la poesía expresa un confinamiento, un temor, un sufrimiento que la palabra poética no silencia. La palabra poética vence el encierro y dice, no teme dar voz a la muerte, al desconcierto, al dolor que sobrepasa toda comprensión. La poesía arropa con la palabra que es temblor, caricia, misterio y, a veces, también golpe; la poesía es el lenguaje donde las emociones y el vivir se acercan a situaciones arquetipales donde la palabra no es un conocimiento sino un re-conocimiento. La poesía es la libertad que el lenguaje da al poeta, con frecuencia visionario, sin embargo, a pesar de la libertad que lleva en sí la poesía, el poeta usualmente está ceñido a las enseñanzas de la tradición. 

La poesía de Juan Sánchez Peláez es un presente que nos trasciende. 

«Mientras nos inquieta/ el valle natal /mil lanzas deslumbran /el desnudo asfalto //más sin volver la cabeza/ al pasado //sin hallarnos de soslayo/ u ocultos //sino/con la cara del miedo /por lo hecho /a medias //con la cara del brujo /encerrado/ bajo llave/ vira la vastedad azul/y espera/ en el arduo país/ nuestra raíz sin tiempo// como el ser que tiembla.» (Sánchez Peláez, Por cuál causa o nostalgia, “XI”) 

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