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"Para hablar del dolor necesitamos una lengua del dolor"

Andrea Sofía Crespo Madrid (Valencia, Venezuela; 1995) es una joven poeta recientemente publicada por la Fundación La Poeteca, y forma parte de la colección Primera Intemperie

  • MARIANA DÁVILA

16/02/2019 06:00 am

Andrea Crespo se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, en España, donde obtuvo una beca para estudiar la obra de Rafael Cadenas en el Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana. Fue finalista en el III Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, finalista en el Concurso «Al aire de tu vuelo» de la I Feria Internacional del Libro organizada por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ganó el tercer lugar mención Poesía en el XVII Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Salamanca. 

Tuétano (2018) es su primer libro, recoge testimonios del dolor propio y el dolor de los demás. En él retumban ecos de la tradición, voces diáfanas que surgen de la marginalidad; colindan horrores que palpados por el poeta nos develan belleza hecha palabra. El poemario nace del desborde de una voz que encuentra en la poesía la posibilidad de construir su identidad y de sensibilizar a la sociedad ante la condición humana. 

Tuétano forma parte de la colección Primera Intemperie publicada recientemente por la Poeteca. ¿A qué te remite ese nombre? 
Es una sospecha mía. Supongo que querían rendirle homenaje a Rafael Cadenas y al libro Intemperie, el cual representa el apogeo de la nueva poética cadeniana. Deja atrás el lenguaje surrealista de los Cuadernos del destierro y se vuelca hacia adentro, hacia una interioridad y a un despojo verbal y del yo que puede apreciarse en Intemperie y Memorial

Creo que [la colección] hace alusión a esto. Son libros tempranos. Rafael Cadenas empezó a publicar desde muy joven, así que pienso que es un guiño a esto; otro homenaje al maestro Cadenas. 

¿Cómo crees que un poemario como Tuétano pueda relacionarse o calzar en un término como intemperie? A nivel figurativo y denotativo. 
Bueno, yo creo que no solo Tuétano, sino el esfuerzo de la Poeteca por lograr la publicación de cinco poetas jóvenes en la situación actual es lo que remite a esa palabra: intemperie. Esa exposición ante unas condiciones hostiles. Podemos decir que estos libros están expuestos a la intemperie del país y del mercado editorial. A su vez, está relacionado con la propia intemperie que atraviesa toda voz enunciativa, todo poema se asoma a la intemperie y la asume como propia en el blanco de la página. 

Tuétano definitivamente fue concebido en esas circunstancias duras, por eso encaja bien en esta idea o en esta misma isotopía de lo adverso y solitario, hay toda una connotación de soledad en esa palabra que no le es ajena al libro. 

En palabras de Susan Sontag, el escritor no debería interesarse en sí mismo, sino servir de instrumento para que la sociedad entre en contacto con una realidad. ¿Qué realidad decides mirar? ¿En qué experiencias pones tu atención para articular tu poesía en Tuétano? 
Yo nunca me atrevería a decir que Susan Sontag no tiene la razón, la tiene. Sin embargo, creo que aunque es muy importante mirar la realidad social, hay algo muy interesante en emprender un viaje hacia adentro, todo está allí, diría Unamuno. Entonces, me parece necesario realizar una operación simultánea. Fue muy importante para mí explorar mi interioridad mientras también atendía a una realidad tan cruda como la nuestra. Durante la escritura de Tuétano, definitivamente sentí el deber de denunciar la violencia del Estado venezolano. 

En ese sentido, el libro tiene muchísimo interés por rescatar la memoria colectiva en estos tiempos sórdidos. Entonces creo que precisamente este esfuerzo de la poesía por transmitir la memoria en un país donde incluso hay escasez de papel, que es la misión primitiva de la tradición poética, está allí. Hay poemas que hacen alusión a las protestas, otros son desde mi propia experiencia con la desaparición de un amigo, también mis reacciones ante las imágenes sensibles que rondan cuando hay un caído en la protesta. Esto último para mí es muy importante y he querido desarrollarlo en el libro. 

Creo que debemos ser un poco más responsables, sensibles y empáticos con cómo tratamos y hablamos del dolor, y cómo difundimos o presentamos las imágenes del dolor y del horror. En otro par de poemas recojo los testimonios de noticias, estuve investigando el periodo del 2014 al 2017 e incluso algunas del 2018. Hay poemas comprometidos en Tuétano, pero también otros más volcados hacia adentro.

HOSPITAL
me atormentan todos los pretéritos 
seductores del trazo
montañas errantes
dispersas y peregrinas
en la opacidad de la pantalla
me ahogo entre sístoles y diástoles 
atravesadas por el mástil de plástico 
que lleva ahora como bandera
tu garganta muda

Tu poemario recurre a imágenes en torno a lo convencionalmente incómodo. El dolor, la enfermedad, la violencia, la muerte, incluso la imagen del padre. ¿Qué propósito tiene? 
En un principio nos lleva a preguntarnos por qué la enfermedad es incómoda y la muerte de los padres rodeada de silencio. La poesía es eso, cuestionamiento para una consiguiente transformación. La literatura es una cámara de ecos que siguen una tradición, todo texto tiene una tradición poética detrás y los míos no son la excepción. Me interesan autores como Leopoldo María Panero, Blanca Varela, César Vallejo, Néstor Perlongher o Alejandra Pizarnik, quienes vivieron o tomaron esas imágenes abyectas para transformarlas en belleza. Eso es lo que he buscado hacer a través de lo que convencionalmente se considera incómodo o grotesco; es mi instrumento retórico para decir algo más. Todo ello me tocaba muy de cerca por la enfermedad de mi padre y la muerte de seres muy queridos. Quise indagar en por qué estas cosas nos incomodan, por qué nos duelen, y sincerarnos ante ese sufrimiento. Yo estaba saturada de esas imágenes del dolor, eran parte de mí, pues la enfermedad de mi padre fue muy dura. 

Cada microcosmos se convierte en un estado poético, así como los habitantes de una ciudad la asumen en sí mismos al asumirse en ellas. El hombre, fundador de espacios y parte de todos ellos, no puede evitar que el espacio lo habite a él. Los hospitales son particularmente difíciles ya que la contemplación de la constante degradación del hombre nos comienza a habitar y colonizar hacia la enfermedad del espíritu. Esto me ocurrió a mí. Esta dolencia se convirtió en la dolencia de la voz poética, quien afligida por el estado de los hombres, que son todos sus hermanos, comienza a lamentarse en verso. No hay otra forma de llanto ante tanto cuerpo cubierto de crisantemos violáceos por las agujas de las inyecciones, vacío de toda voluntad. Diría que a la voz poética, en Tuétano, le afecta más que la muerte del cuerpo la muerte de la voluntad. 

El poeta es capaz de conseguir la voluntad más allá de la muerte, cree en el polvo enamorado de Quevedo. La muerte impulsa el estado poético, lo aflige desde el misterio, el amor y el miedo. Pero la voluntad de vivir desaparecida tan solo deprime. La poesía, de cierto modo, se enferma. Los cuerpos de este cosmos clínico mueren ya cubiertos de flores. Sin ninguna gloria poética, solo el olvido de Dios. 

¿Cómo construyes experiencia a través de Tuétano? Es decir ¿Ves Tuétano como una manera de sostener lo que viviste? Una manera de elaborar las pérdidas, la muerte, la óptica violenta. ¿En qué se transforma Tuétano en ti? 
Es mi fe de vida. Nunca sabes cuál va a ser la última palabra que escribas. Se te tiene que ir la vida allí, en cada palabra, y a mí se me estaba yendo la vida. Yo escribí para no morirme. 

Cómo piensas que abordas la dualidad de la muerte de lo individual y de lo colectivo.
El poemario es producto de dos años conviviendo, utilizando, corrigiendo y trabajando en la lengua del dolor. Es un ejercicio de dolencia y condolencia. Es un testimonio de mi propio dolor pero también es un intento, quedará en los lectores juzgar el producto, de dolerse con el otro. 

Me refiero a que no quise tratar estos asuntos desde la torre de marfil del poeta de hace siglos, porque ya los tiempos no son así. Por eso le di voz a las madres, por eso intento acercarme de esa manera a esta experiencia tan horrorosa que estamos atravesando. Hablas de ruptura y eso es muy importante para mí porque la muerte es el discurso truncado. En el epígrafe del libro, hay tres citas que sirven para vislumbrar los andamios de la escritura de Tuétano. Dice “La humanidad nunca se ha preguntado qué es el dolor”. Me propuse preguntármelo. También comprendí que para hablar del dolor necesitamos una lengua del dolor. Hay un poema que se llama “Peixes” que precisamente trata de esto, o el poema “El golem” cuando digo que necesitamos regurgitar y reverberar la gramática. Así cuando recojo los testimonios de las madres o de las noticias estoy dándole espacio a sus voces y al silencio, porque definitivamente la lengua de dolor tiene que ser muda o al menos supone un trabajo con el silencio. 

Esto se nota en la ruptura del lenguaje, en la sintaxis. La sintaxis está rota, el orden habitual de la oración muchas veces se cambia o se trunca. En la elegía a mi padre, “Hace un mes”, digo «este dolor es» y luego continúo diciendo otra cosa, porque precisamente el dolor es innombrable. Es un poemario que intenta articularse bajo una gramática del dolor o intenta elaborar sobre una lengua del dolor a través del lenguaje poético. Yo no haría una escisión tan tajante entre una realidad concreta y una realidad interior en la poesía, porque la realidad atraviesa al poeta. 

Por supuesto que hay un corte, pero lo que quiero decir es que su combinación en la expresión, hablar de las dos realidades genera resultados interesantes. Sí creo que hay unos poemas que son marcadamente políticos y sociales. Todo está tocado por ello. Por ejemplo, en “Monólogo de 1999”, yo estoy hablando de la experiencia de mi secuestro, y me concentro en ironizar o parodiar qué ensayan los secuestradores, ya que tienen que estar mucho tiempo hablando con la víctima. La poesía nos permite usar la ironía como método de supervivencia. Aunque esté hablando de una experiencia muy personal, hablar de ella es también hablar de la violencia epidémica del país. Por eso digo que no está tan separado. Se puede hablar de las dos cosas. Es una mezcla que puede funcionar, creo. 

Tienes tiempo viviendo fuera. Venezuela reside en ti de manera diferente de lo que reside en los venezolanos que residimos, vivimos en Venezuela. 
Como poetas nos enfrentamos al primer exilio, que es el exilio del lenguaje. Ese eterno abismo entre lo que sientes, lo que vives y el lenguaje que nunca va a poder alcanzarlo. Siempre va a haber una desconexión con ese territorio. Es el exilio inherente al lenguaje poético. Sin embargo, para mí ha habido, un exilio histórico, histórico en el sentido de que soy parte de la ola migratoria masiva de venezolanos. La voz poética está alienada y no puedo ignorarlo. No solo estoy exiliada del lenguaje, exiliada de mi país, también estoy exiliada de la vida.

Durante la escritura, viví en un país hispanohablante, pero de todos modos hay interferencias culturales y diferencias fonéticas. Un sonido interdental podía hacerme sentir que no pertenecía, por dar un ejemplo. No puedo saludar a nadie sin que se reconozca que soy de otro lugar y se me cuestione por ello. El sentirse como un agente externo, de los márgenes, en la periferia, exiliado de ese centro, configura también la escritura y por eso, digamos que las estrategias retóricas, el lenguaje ya propiamente dicho, lo que está dicho, el texto, está incómodo o tan roto, extraño. 

¿Por qué Tuétano fue elaborado poéticamente y no otro género? 
Es curioso porque yo antes escribía narrativa breve exclusivamente y esa era mi obsesión. Veía en la narrativa un tejido, me atraía dar puntadas en el texto, coser e ir confeccionando el relato. Yo lo que hice a través de la poesía fue un ejercicio de deshilachar, de desgajar. 

¿Hay que enseñar a amar la poesía? 
Claro. Mucha gente no se da cuenta de que la poesía y sus mecanismos están colados en nuestro mundo. La poesía no está exclusivamente en los libros, que yo pienso que debemos aprender a amar, claro, pero hay muchas de sus estrategias [de la poesía] en la publicidad y la política. El lenguaje poético está vivo, está en todas partes. Por supuesto que considero que debemos promover su lectura, más que nada porque nos enseña a ser mejores seres humanos, nos enseña a ser mejores personas, nos enseña a ser empáticos con la experiencia del Otro. Considero esencial entrar en contacto con el Otro, con la alteridad, para poder conocernos a nosotros mismos. De hecho, yo no sé si soy paciente hasta que ejerza mi paciencia contigo, yo no sé si soy bondadosa hasta que sea bondadosa contigo: el hecho es que necesitamos mirarnos en el Otro para saber más de nosotros mismos. Relacionarnos entre nosotros es indispensable para nuestra supervivencia, somos seres sociales; pues, ¿qué más que escuchar y leer al otro para poder comprenderlo? Eso es lo que hace la poesía y por eso es que es tan importante que la cultivemos, la recordemos, la cantemos, y sepamos reconocerla donde está y darle el lugar que se merece. La poesía es urgente, la poesía es fundamental para nuestra supervivencia. 

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