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Trabajo + Sacrificio = Éxito

Giorgio Taurchini nació en uno de los museos más importantes del mundo. Vivió una guerra, emigró y ha trabajado toda su vida. Hoy, celebrando los 60 años de su empresa, Distribuidora Giorgio

  • Diario El Universal

07/03/2020 08:57 pm

CAROLINA JAIMES BRANGER
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

Llegó a Venezuela a comienzos de 1953 y desde entonces trabaja. Son ya 67 años dedicados a hacer crecer la patria que lo acogió. Fue testigo de la transformación del país, de rural a moderno. De la situación de hoy prefiere no hablar. Él ha sido uno de los constructores, parte de esa inmigración maravillosa de europeos que nos ayudaron a construir el país que tuvimos y que podemos volver a tener. Ve con satisfacción los frutos de su trabajo, agradece a su esposa el apoyo que siempre le dio, está orgulloso de sus tres hijos y su consejo para sus nietos es que cuiden el negocio. 

-Usted vivió la II Guerra Mundial siendo niño... ¿qué recuerda de ella?
-Aunque no lo creas, yo nací en el Campidoglio de Roma, dentro del Museo Capitolino, específicamente, porque mi abuelo paterno era el jefe de los guardianes y su apartamento estaba dentro de las instalaciones del museo. Un privilegio, ciertamente. Papá y mamá vivían con ellos, por eso yo nací allí. De niño, jugaba en los jardines que estaban cerrados para el público. Recuerdo perfectamente cuando estalló la guerra, aunque apenas tenía cinco años. Cuando Mussolini recibió a Hitler en Roma fue en las premisas del museo. No los vi, pero de esa noche recuerdo el despliegue de seguridad que hubo y que me trajeron pasapalos. Cuando mi abuelo se retiró, dejamos ese apartamento. Nos mudamos cerca del Hospital San Camillo, también en Roma. Pero pronto nos mudamos de nuevo, esta vez a la campiña, a una casa donde estuvimos a salvo de los bombardeos. Mi papá estaba en el frente. Tengo remembranzas de la vida en el campo, de los enormes panes que preparaban en mi casa, del molino movido por agua donde se hacía la harina de trigo. Cuando venían soldados, les cambiaban comida por cigarrillos. Cada casa tenía su huerta y sus animales.



-¿Cómo llegó a Venezuela? ¿Qué le pareció cuando llegó?
-Llegué a Venezuela en febrero de 1953. Un pariente mío que vivía aquí me propuso venir a trabajar como mecánico de las máquinas de café que él vendía. Yo sabía de mecánica de carros porque trabajaba en Fiat, pero nada de máquinas de café y así se lo hice saber. Pero él me mandó a Milán a hacer un curso y a los pocos meses me estaba embarcando para Venezuela. Llegué a un país rural, pero promisorio, porque aquí todo estaba por hacerse. Recorrí como trescientas curvas para llegar de La Guaira a Caracas: la carretera vieja. Pero esa Navidad estrenamos la autopista para ir a la playa. Comencé a trabajar. Tenía dieciocho años. Siete años duré trabajando en esa empresa. Recorrí toda Venezuela montando y reparando máquinas de café. Las del Pico El Águila, el Hotel Moruco (donde estrené una de las habitaciones) y la del Hotel Humboldt de Caracas las monté yo. Esta última fue especialmente diseñada en Italia para el hotel, porque era más grande que las que habitualmente se hacían. Hace poco uno de mis nietos estuvo en Mérida y me llamó emocionado: “Nonno, la máquina que tú instalaste está aquí todavía... ¡y funciona!”. 

-Hábleme de cómo llegó a tener su propia empresa, Distribuidora Giorgio
-Como te estaba contando, trabajé incansablemente. La primera máquina de café de la Isla de Margarita la instalé yo en Porlamar. Un amigo a quien le había instalado una máquina en Valle de la Pascua decidió irse a vivir a Margarita y me pidió que le instalara la máquina y para allá me fui en un DC3 de Avensa. Aterrizamos en el aeropuerto viejo. La máquina llegó por barco. Y así, innumerables anécdotas de todas las máquinas que instalé a lo largo y ancho del país.

Cuando llevaba siete años trabajando, ya estaba casado y tenía un hijo. El sueldo no era suficiente y decidí que, aunque fuera difícil, iba a emprender por mi cuenta. Mi esposa Cosetta me apoyó siempre. Una mujer maravillosa. La conocí en el Café Venere en Los Chaguaramos, donde se reunían muchos italianos. Ella llegó también en 1953, ocho meses después que yo. La guerra para ella fue muy dura, mucho más que para mí, porque a su padre lo mataron, y como su mamá tenía que trabajar, a ella y a su hermana las enviaron a un orfanato. Cuando terminó la guerra, se fueron a Suiza donde su madre había trabajado y emprendido una nueva vida casada con un suizo. Allá llegaron a invitarla a que se viniera a Venezuela, donde una tía suya había montado un salón de belleza y sin pensarlo dos veces, se vino.

Trabajamos a la par. Si yo me iba a reparar máquinas en la calle, ella se encargaba del negocio. Y también de la casa y de los niños. Más tarde abrió, con mi cuñada, un negocio de ropa de niños en Sabana Grande que se llamaba La Diva.

Fueron años de muchos sacrificios y mucho trabajo, pero fuimos creciendo. Mi ex jefe tenía la representación de Gaggia y Faema, las dos empresas más importantes de Italia (en cuanto a máquinas de café se refiere) y a mí no me vendía los repuestos porque estaba molesto de que me hubiera instalado por mi cuenta. Entonces yo no tenía acceso a mi fuente primaria de trabajo. Pero mi papá, como un ángel salvador, me los comenzó a enviar por correo postal desde Roma y yo los buscaba en Caño Amarillo.

En 1967 tomé un avión y me fui a Italia. Quería ver a mis padres y aprovechar para ir a la Feria de Milán. Cuando estaba allá, me detuve frente al puesto de las máquinas de café Rancilio. "Lléveselas para Venezuela" me dijo Antonietto Rancilio. "No tengo cómo pagárselas" le respondí. "¿Pero sí tiene palabra?", me dijo al rompe. "Llévese diez máquinas y le doy doce meses para pagarlas". Un apretón de manos selló el acuerdo. Desde entonces los represento aquí y ellos se han convertido en mi familia allá.

Cuando mi hijo se encargó de la distribuidora, monté un restaurante con una de mis hijas: Il Tartufo. Mucho trabajo también, pero muchas satisfacciones.



-¿Qué les aconseja a sus nietos?
-Que cuiden el negocio. Se los repito siempre: “cuiden el negocio”. Que valoren todo el trabajo y el sacrificio que hay detrás.

-¿Cuál es el secreto para estar tan bien a los 86 años?
 -Pienso que dejé de tomar güisqui, de fumar y de abusar de las comidas al mismo tiempo. Fíjate que nunca me gustó el primer trago de güisqui: me sabía a remedio. Pero después de ese primer trago, me lo tomaba como si nada. Un día que no me sentí muy bien, me dije a mí mismo: “ya basta”. Ese día dejé de tomar y de fumar y me puse a dieta. Pienso que eso me ha ayudado. Ahora tomo una copa de vino tinto con las comidas de vez en cuando, aconsejado por el médico.

-¿Qué significa Venezuela para Giorgio?
-Venezuela me abrió las puertas y me dio oportunidades para desarrollar mi negocio. Pero yo también trabajé y di trabajo a muchas personas tanto en Venezuela como en Italia. Ha sido una relación de dar y recibir. Son sesenta años más los siete que yo trabajé antes de tener mi negocio propio trabajando para Venezuela. Más que de ganar dinero, la satisfacción mayor que tengo es la de poder dar bienestar. Así he trabajado siempre y por eso quiero que me recuerden.


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