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Dos Colombia

"El 30 de noviembre de 1952 es una fecha decisiva en la historia de Venezuela"

  • MANUEL FELIPE SIERRA

01/12/2019 05:30 am

Opinión

El Paro Nacional convocado en Colombia por distintas organizaciones sociales y políticas se mantiene durante doce días y en él se conjugan diversas expresiones de descontento y malestar en la sociedad. Es, por supuesto, un reclamo político en el consabido dilema oposición o gobierno; pero en este caso los protagonistas principales responden, incluso en alguna medida, a expresiones espontáneas de naturaleza social, además de reconocidas organizaciones sindicales. 

Ha sido también una acción de naturaleza nacional y no enfocada como suele ocurrir en algunos países en sus capitales o principales ciudades. Durante décadas la llamada “violencia estructural colombiana” se explicó con la organización y la lucha de organizaciones guerrilleras enfrentadas a las fuerzas militares y, a partir de los años 80, con el componente de los llamados paramilitares como herencia de un antiguo conflicto en las zonas rurales y fundamentalmente referido a la tenencia de la tierra. 

La aparición del cultivo y comercio de la droga le añadió un componente altamente explosivo que trasladó de alguna manera el enfrentamiento rural a importantes ciudades como el caso emblemático de Medellín en los años 90. En la última semana se ha constatado lo que de alguna manera ocurre en Chile: un malestar generalizado, consecuencia de la desigualdad social que incorpora a las acciones a sectores jóvenes y grupos de clase media, no necesariamente comprometidos con la confrontación gobierno y oposición.

Sin duda, la situación refleja cambios importantes en el escenario político y social de las naciones latinoamericanas lo que hace que muchos se refieran incluso a una suerte de “Primavera latinoamericana”. En este caso, junto a la convocatoria cívica de partidos opositores críticos del gobierno de Iván Duque, pero en el fondo enfrentados al llamado “uribismo” se han sumado expresiones organizadas de la provincia y, como es lógico, la herencia política de la lucha guerrillera y, además, factores diversos sin que respondan a una visión ideológica común, pero que resienten el severo efecto de la crisis social y las dificultades económicas. A ello se suma también en esta época la emergencia de grupos que más allá de las ideas y las propuestas programáticas cumplen la función opositora con el desbordamiento de la violencia que se traduce en la destrucción de bienes esenciales en las principales ciudades del país. 

En el caso colombiano se calcula que en la primera semana del paro según Fenalco, representante del gremio de los comerciantes, el sector ha sido castigado con pérdidas que alcanzan los 1,4 billones de pesos en un primer estudio. Se trata de un dato que define las nuevas protestas que se registran casi cotidianamente en espacios distantes de la geografía mundial como Hong Kong, Líbano, Irán, Francia, además de la onda que ahora cubre a Latinoamérica con escasa excepción de países a salvo de ellas. Una convocatoria y unas operaciones que en buena medida son alimentadas ahora, tal como ocurrió en 2011 con la “Primavera Árabe”, por el uso de las redes sociales que se conocen ahora como las “guerrillas de la clase media”.

Otra característica, amén del fenómeno de la desigualdad y la existencia de focos tradicionales de pobreza y la escasa posibilidad de ascenso social, en el colombiano y también en lo que ocurre todavía en Chile, se pone de manifiesto la escasa influencia práctica que ejercen las organizaciones tradicionales en el escenario de la vieja polarización entre gobiernos y factores opuestos; lo cual conduce obviamente a estimular la ingobernabilidad y las tensiones políticas que no facilitan la posibilidad de acuerdos y entendimientos.

Si bien lo ocurrido en Chile llama la atención mundial por tratarse de un espacio político tradicionalmente considerado (obviamente con el paréntesis de la dictadura de Pinochet) con reglas políticas civilizadas, lo cual facilitó lo que hasta ahora se considera como un modelo exitoso de transición de la dictadura a la democracia, se repite en la situación de Colombia, castigada en primer término por el enfrentamiento entre liberales y conservadores y, posteriormente, por la lucha entre guerrilleros, paramilitares y las Fuerzas Armadas que, adquirió tales niveles que ha obligado de manera permanente a la búsqueda de acuerdos de paz, reconociendo el nivel y los alcances de la acción violenta y militar.

El caso de Colombia ofrece de esta manera lecciones importantes para entender la complejidad del escenario latinoamericano. Como ha escrito el sociólogo Tulio Hernández: “El jueves 21, el día del Paro Nacional, en Bogotá, hubo dos Colombia”.

HACE 67 AÑOS, EL FRAUDE


El 30 de noviembre de 1952 es una fecha decisiva en la historia de Venezuela; la elección para una Asamblea Constituyente convocada por la Junta de Gobierno presidida por Germán Suárez Flamerich, pero en verdad conducida por el grupo militar encabezado por Marcos Pérez Jiménez, y cuyo resultado era fácilmente previsible, a favor del proyecto dictatorial que nació el 24 de noviembre de 1948 con el derrocamiento de Rómulo Gallegos; hubo de ser derrotado por fuerzas civiles, incluso en este caso por dos partidos: URD de Jóvito Villalba y Copei de Rafael Caldera, enfrentados a un brutal ventajismo, a la represión y al abuso policial; pero además, sin que en la consulta participara la organización comprobadamente mayoritaria de Acción Democrática que decidió llamar a la abstención. 

El Consejo Supremo Electoral de la época anunció horas después de los escrutinios que URD había ganado 17 estados, el Distrito Federal y un territorio, lo que le aportaba 67 escaños en la Asamblea Constituyente que superaba en votos a la mayoría de su composición. 

Sin demora, el 2 de diciembre se anunciaron nuevas cifras que invertían descaradamente la voluntad de los electores y otorgaba la victoria al partido Frente Electoral Independiente (FEI) -organizado para apoyar al oficialismo- y como era lógico en consecuencia se inició un golpe militar que obligó días después a Jóvito Villalba y la dirigencia de su partido a abandonar el país y cambió las reglas del juego para perpetuar la dictadura perezjimenista que habría de finalizar cinco años después con el derrocamiento del dictador el 23 de enero de 1958. Si alguna lección resulta clara es que la mayoría de los venezolanos activó entonces su vocación democrática mediante el voto para desenmascarar e ilegitimar un proyecto de dominación militar.


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