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Santiago Gerchunoff: "Es urgente que la conectividad a Internet sea universal”

El filósofo argentino analiza la pandemia del coronavirus desde sus implicaciones en el discurso, la palabra y la polis digital

  • DULCE MARÍA RAMOS

25/05/2020 01:00 am

Ahora más que nunca el discurso público se desarrolla en las redes sociales e Internet, aunque el acceso a la conectividad, a un computador o a un teléfono inteligente no es posible para toda la población en el mundo. El coronavirus es la primera pandemia que se desarrolla en esta época digital; de alguna manera esto ha hecho, quizás, más llevadera la cuarentena y ha enfatizado trabajar, estudiar o entretenerse de forma online, pero también es más difusa la frontera entre lo público y lo privado, entre el espacio laboral y el espacio doméstico, entre lo virtual y lo real. Como dijo recientemente el escritor español Jorge Carrión, en su columna La estética de la pandemia, publicada en el diario The New York Times: “Nada es ajeno a la moda ni a las industrias de la representación. La estética de la pandemia tuvo durante las primeras semanas un ícono indudable, la mascarilla, que ya ha entrado en la lógica del diseño y de la producción de accesorios. Pero durante las semanas de encierro son las aplicaciones de videoconferencias y reuniones virtuales las que han proporcionado los símbolos visuales más reconocibles de la profunda alteración social que ha supuesto la Covid-19. Representan perfectamente cómo los gobiernos, las empresas, la educación o el ocio siguen en activo pese a los respectivos confinamientos”.

En la serie de entrevistas Voces en el caos, El Universal entrevistó al filósofo argentino Santiago Gerchunoff sobre el tema. El año pasado publicó con la editorial Anagrama su primer libro: Ironía On.

-Algo que diferencia a esta pandemia de las anteriores es la conectividad y las redes sociales. Sin embargo, ¿aún somos personajes del siglo XIX con herramientas tecnológicas del siglo XXI?
-A diferencia de los habitantes del siglo XIX, que se comunicaban mediante la escritura de cartas y la lectura de libros y periódicos, nosotros somos ya hijos (y nietos y bisnietos) del paradigma “electrónico” de intercambio de información a través de imágenes y sonidos con la radio y la TV, mucho antes de las redes sociales. Diría más bien que Internet como tecnología paradigmática del siglo XXI, supone, frente a la radio y la TV como medios típicos del siglo XX, más bien una pequeña revancha de la tradición grafológica, escritural, contra lo audiovisual. En efecto, la expansión, gracias a Internet, de los dispositivos conversacionales por escrito: WhastApp, Twitter, Facebook, email, etc; supuso más bien una vuelta a ese paradigma escritural más propio del XIX que del XX y de pronto nos encontramos -aunque sea en textos cortos y descuidados- escribiendo y leyendo todo el tiempo, más que nunca. Lo cual no quiere decir que la revolución electrónica audiovisual no tenga un peso esencial y definitivo, por eso digo “pequeña” revancha. Somos seres anfibios como mínimo, formados por la lógica de la lectura y la escritura y a la vez atravesados por el tráfico de sonidos y de imágenes como modo de comunicación y goce.

"Está por ver en qué medida los llamados 'nativos digitales' mantienen o no la tecnología de la lectoescritura y sus consecuencias; mi impresión es que no la van a abandonar, porque no pueden: la educación básica sigue teniendo como eje ineludible la lectoescritura y el pensamiento abstracto. Unas capas tecnológicas crecen sobre las otras sin llegar (casi) nunca a sustituir a las anteriores, sino más bien a transformarlas y vitalizarlas", prosigue.

-En su cuenta de Twitter, el lingüista Francisco Javier Pérez escribió: “Ruego a todos que no repitan, ni siquiera irónicamente, eso de la 'nueva normalidad'. La neolengua se combate no dándole cabida en el uso. Es adoctrinamiento lingüístico en estado puro”.  ¿Cuál será ahora el poder de la palabra?, ¿cuáles son las implicaciones de esa supuesta “nueva normalidad”?
-Todos los intentos voluntaristas y solemnes de “limpiar” el lenguaje de supuestas deformaciones y contaminaciones ideológicas me parecen de una ingenuidad conmovedora, sino patética. Las variaciones de los usos lingüísticos sirven de hecho a los historiadores para conocer mejor una época o un período histórico; lo cuál muestra la profundidad y el peso de las variaciones de esos usos. La idea de que existen unas personas o instituciones que atesoran los usos correctos, ahistóricos y no ideológicos del lenguaje y que muñidos de ese poder pueden, con sus intervenciones, “proteger” a la lengua viva de las modas, las ideologías, y, en definitiva, de la vida, es sólo el consuelo imaginario de algunos intelectuales frente a su falta de relevancia en la conversación pública. La expresión “nueva normalidad” prenderá o no con total independencia de su corrección o su supuesta carga ideológica. No veo que se pueda hacer mucho más que ironizar sobre ella, si no te gusta.

-De alguna manera, el espacio doméstico era privado; ahora, ante el aislamiento, las comunicaciones por Zoom o Skype, en fin la comunicación por pantalla, está sustituyendo a la polis y los cuerpos. ¿Podríamos decir que las diferencias entre el yo digital y el real serán cada vez menos difusas? ¿Querer hoy desconectarse o aislarse de las redes ante la saturación de las noticias, los lives en Facebook o Instagram, es un error?
-Dudo mucho que, más allá de cierta fanfarronería snob, nadie opte realmente en estas circunstancias por prescindir de los únicos instrumentos de comunicación con los seres queridos. Pero no sólo eso, en este momento la conversación pública digital es el único ámbito de socialización posible y el único espacio político genuino. Lo cual es extraño e históricamente subversivo, porque acontece -físicamente- en el hogar y no en la plaza pública. En origen, “lo político” es lo que tiene que ver con “la vida en la polis”, la vida en la ciudad, una vida en la que nos topamos, tratamos e intercambiamos, en pie de igualdad, con extraños, y que por eso se opone a “lo doméstico”, el ámbito privado en el que sólo tratamos con “los nuestros”. Estas divisiones están, como mínimo, modificadas por la pandemia, para la cual parece que nos hubieran estado preparando nuestras herramientas digitales de comunicación; hoy nuestra vida “afuera”, en la ciudad, es una vida pre-política, de cazadores-recolectores; salimos para conseguir alimentos y procuramos no relacionarnos con nadie, los otros son como zombies, peligros con los que nos cruzamos y a los que queremos evitar. Es sólo en la seguridad de nuestros hogares donde volvemos, a través de las pantallas a “salir” a la antigua “ciudad”, en ese ámbito en el que conversamos, nos relacionamos y aparecemos frente a extraños.

-En uno de los capítulos de la serie británica After Live, de Netflix, el protagonista dice: “La humanidad es una plaga, somos parásitos detestables, narcisistas, egoístas. El mundo sería un mejor lugar sin nosotros". El discurso de excesivo positivismo o su contrario de un mundo sin futuro, ¿será el nuevo campo para el linchamiento digital?
-Tanto el discurso de excesivo positivismo como el de excesivo negativismo es fácilmente burlable y linchable. En la conversación pública de masas son tan habituales los excesos discursivos como los límites que la ironía, de los otros que reaccionan, le ponen siempre a esos excesos. Y la propia ironía, por supuesto, también suele ser exagerada.

-¿Qué pasará con las personas que no puedan participar en la polis digital, ahora más hegemónica, por no tener conexión a Internet, un celular o computador?
-Cualquier ideario de justicia social o, meramente de igualdad de derechos, hoy se debería plasmar en unas políticas públicas que aseguren la conectividad de toda la población. Es vergonzoso que haya partes de la población sin acceso a Internet. Las clases sociales, por supuesto, no se abolirían por el acceso universal a Internet, igual que no quedan abolidas por el acceso universal a la educación o a la vivienda. Pero aún con sus sesgos de clase es urgente que la conectividad sea universal.

-Los filósofos hoy están opinando más en los medios ante la ausencia de expertos: politólogos, sociólogos o instituciones como la Iglesia y las universidades. ¿No será ese fenómeno más una reacción de la opinión pública ante la ausencia de intelectuales?, ¿hasta qué punto es peligrosa la banalización de la filosofía por parte de los medios?
-La filosofía nació en ese ámbito “vulgar” de la conversación pública, mediante la intervención irónica de Sócrates, que ponía “orden” criticando todos los discursos públicos con pretensiones de saber y de poder. Viéndola desde ese punto de vista, parece totalmente natural que la filosofía esté interviniendo en un momento como éste, de tanta confusión y discursos contradictorios y ambiciosos. Pero es cierto que ya desde hace siglos se concibe a la filosofía tan sólo como un discurso “técnico” más dentro de la selva de las humanidades y las ciencias. Desde ese punto de vista, es atendible la pregunta de por qué se ha puesto de moda la filosofía con la pandemia, por encima quizás de la sociología, la economía o la politología que suelen estar mucho más presentes en los medios masivos. Creo que el motivo es que frente a esta pandemia todo es nuevo, no hay datos previos y no es tan fácil hacer gráficas que la comparen con experiencias anteriores -básicamente el trabajo que hacen siempre los “científicos sociales”-, porque no hay experiencias anteriores. Entonces, surge el espacio para un discurso más especulativo, menos basado en datos y proyecciones numéricas y más en reflexiones éticas o incluso metafísicas. Ese es el espacio del filósofo contemporáneo, una especie de gurú sofisticado que es capaz de perorar sobre el futuro cuando nadie sabe muy bien qué decir con certeza. Aun así, creo que será una moda pasajera, porque ya están volviendo los datos, los gráficos, los promedios y los porcentajes a copar ese pequeño lugar reservado al “técnico social” en las tertulias televisivas o radiofónicas y en las páginas de opinión de los periódicos. Pronto los filósofos volveremos a la plácida irrelevancia informativa a la que pertenecemos.

@DulceMRamosR

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