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A CONTROL REMOTO

Mina, recluida en tiempo de reclusión

La estrella de la música italiana de los 60 y los 70, llegó a los 80 años en pleno confinamiento, de la misma manera que sus 40 cumpleaños anteriores: encerrada en su casa-estudio de Lugano

  • AQUILINO JOSÉ MATA

22/05/2020 01:00 am

Precisamente en estos días de confinamiento global, giramos la mirada hacia una celebridad que a los 38 años buscó precisamente el retiro, a lo Greta Garbo, alejándose de los focos y de lo que comportaba la exposición pública. Después de su último concierto, el 23 de agosto de 1978 en su querida Bussola, la sala de la riviera toscana que la vio crecer y en la que vivió tantas noches de gloria, Mina, una de las más grandes cantantes del mundo, dijo basta y dejó que, en adelante, la música que graba puntualmente, a razón de un disco al año, hablara por ella.

El pasado 25 de marzo, a pocos días de iniciarse la pandemia, cumplió 80 años en su muy particular confinamiento. Desde su retiro en Lugano, en la Suiza italiana, la imaginamos leyendo complacida las crónicas que le dedicaron los medios de su país de origen, con titulares como “la más grande”, “la diva sin edad”, “la banda sonora de nuestra historia”, “brava, brava” y otros reclamos efusivos, actualizados día a día en su web oficial.

No es para menos, tratándose de la cantante italiana más universal, la indócil “Tigresa de Cremona”, una artista que sigue siendo influyente generación tras generación (hasta un rapero destacado, Mondo Marcio, le rindió homenaje en el álbum titulado Nella bocca della tigre) y cuya peripecia sigue siendo lección de vida y de modernidad.

Anna Maria Mazzini, Mina, se había encargado desde muy joven de deslumbrar al gran público italiano (y europeo), primero con hitos de la movida juvenil como el twist Tintarella di luna (su primer éxito, en 1959, a los 19 años) o la poderosa balada Il cielo en una stanza, de Gino Paoli, y luego a base de paseos triunfales por el Studio Uno de la RAI, que llegó a dar título a un par de celebrados álbumes, el primero de los cuales contiene su versión de Un anno d’amore.

Pero lo suyo no atendía a cuadrículas: en 1963 armó un escándalo al tener un hijo, Massimiliano, con un hombre casado, el actor Corrado Pani, que le valió el veto temporal de la radio y televisión italiana y que L’Osservatore romano, el diario del Vaticano, la distinguiera llamándola “pecadora pública”.

Mina asombró con su don para imprimir un sello personal a canciones de géneros muy distintos sin desfigurarlos, respetando sus equilibrios internos. Podía cantar un bolero de la intensidad de Puro teatro, dejarse arropar por orquestaciones swing, atacar a Burt Bacharach y a Kurt Weill y deslizarse por los senderos de la bossa nova. Y cantar en español, francés, alemán y japonés. Mina, convertida en presencia con ángel en las sobremesas italianas, paseando su rostro reluciente, con las cejas depiladas y sus tres precisos lunares en la mejilla derecha, en programas como Canzonissima.

Brotó su alianza con la composición de Lucio Battisti, que entregó interpretaciones de altos vuelos, con textos de otro cómplice importante, Mogol, como Insieme, de 1970. O esas otras dos, E penso a te y Amor mio, incluidas en Mina (1971), disco que ofrece también la esencial Grande grande grande. Grabaciones refinadas e intensas, con arreglos que transfieren una penetrante intimidad. Vendrían diálogos sensuales como el de Parole, parole, con Alberto Lupo y nuevos alborotos en torno a canciones como L’importante è finiré, elogio del orgasmo. Mina se asentaba como referente liberador y despreciaba el morbo que pudiera ocasionar especular sobre la identidad sexual de este o aquel. Fue la semilla de su elevación a icono LGTBI.

Y llegó aquella noche en la Bussola, tras la cual marchó sin llegar a irse nunca del todo. No ha parado de publicar álbumes, reencontrándose con viejos cómplices (el superventas Mina Celentano, de 1998), dando oportunidades a jóvenes autores y jugando con su imagen en diseños de portadas excéntricos, sorprendentes, deformando o engordando su silueta, haciéndola “picassiana” o colocando su cara en “La Gioconda”. Mina, símbolo de tantas cosas, presencia omnisciente, madre (de Massimiliano y Benedetta), abuela y bisabuela, y ciudadana que ha sabido encontrar el modo de seguir siendo artista total desde la reclusión en plena era de YouTube. Ante ella no queda más que reverenciarla.

@aquilinojmata

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