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A control remoto

Divorcio en clave de amor

“Historia de un matrimonio” navega con buen rumbo en una temporada de premios, en donde destaca como un producto cinematográfico del mejor nivel, con actuaciones memorables y una dirección sin fisuras

  • AQUILINO JOSÉ MATA

17/01/2020 01:00 am

Aunque irónicamente no consiguió ningún galardón durante su presentación en la más reciente edición del Festival de Venecia, Historia de un matrimonio ha sido una de las películas más comentadas, elogiadas y reseñadas de cuantas llegaron a los cines en 2019, con miras a conseguir un lugar preeminente en la temporada de premios. Aquí el realizador neoyorkino, Noah Baumbach, una de las figuras más importantes del cine independiente estadounidense de los últimos años, se basa en su propia experiencia personal, representando el proceso del divorcio de un matrimonio con un hijo de ocho años. Adam Driver interpreta a una suerte de su alter ego y Scarlett Johansson a una versión de Jennifer Jason Leigh (ex mujer del director).

La propia elección del título de la cinta es interesante. Hubiese sido más lógico haberle puesto Historia de un divorcio, pues todo lo que vemos es a una pareja que ha decidido separarse. Pero la elección de la palabra “matrimonio” revela muchos matices, entre ellos un inmenso cariño por los dos protagonistas. Por contradictorio que pueda parecer, este filme se puede entender como una película romántica. En su prodigiosa presentación de personajes, las voces en off narran lo que les gusta de cada uno, con sus virtudes y sus defectos; pequeños detalles y manías que marcan sus personalidades. Con esta idea tan sencilla como poderosa, construye una pasada y feliz vida juntos en tan solo unos pocos minutos. 

A partir de ahí llega lo doloroso: afrontar un proceso que si bien ambas partes quieren que sea lo menos conflictivo posible, los problemas no tardan en llegar. Él quiere vivir en Nueva York y seguir con su carrera como director de teatro en Broadway; ella regresar a Los Angeles, su ciudad natal, y volver a meterse en la industria de Hollywood. Al tener un hijo en común, la solución no es nada fácil.

Baumbach utiliza numerosos planos secuencia para dotar a los actores de libertad, aportando así una mayor naturalidad a una puesta en escena bastante teatral. Hay secuencias que se construyen en base a un monólogo de uno de los actores. Tanto Adam Driver como Scarlett Johansson dan lo mejor de sí mismos, despojándose de glamour y aires de superestrellas, para dar vida a personajes tan humanos que parecen reales. Uno se olvida que está viendo a dos de los actores del momento, solo vemos a Nicole y a Charlie, una pareja que se ha querido, y aún se quiere, en uno de los momentos más difíciles de sus vidas.

Los diálogos y situaciones de Baumbach nunca habían brillado tanto como aquí; nunca tan sinceros, brillantes y certeros. Incluso en su profundo dramatismo, encuentra momentos para el habitual toque humorístico de su autor, aquí tan elegante como alocado (una maravillosa escena que implica a una trabajadora social, Driver y un cuchillo). También hay lugar para la música, como la aclamada secuencia el protagonista canta con desesperación Being Alive, de Stephen Sondheim.

Todo este cúmulo de virtudes hacen que Historia de un matrimonio sea el mejor trabajo en la carrera de Noah Baumbach. El director de Una historia de Brooklyn se apoya en su excelente reparto, donde no sólo brillan Driver y Johansson, sino también todos los secundarios, especialmente una grandiosa Laura Dern (ya ganó el Globo de Oro por este rol y es la favorita en los Oscar), en un papel similar al que interpreta en Big Little Lies, que además cuenta con uno de los mejores momentos de la película: un hilarante monólogo sobre la Virgen María. Sus más de dos horas transcurren con ligereza pese a su intensidad; es una obra hecha en estado de gracia, de esas en la que todo fluye, de las que camuflan su complejidad con simpleza. No es una historia sobre el desamor, sino la del amor entre dos personas que ya no quieren estar juntas: de lo que fue y de lo que queda. Su final, tan agridulce como lleno de ternura, supone el broche perfecto a dos personajes que perdurarán en la memoria cinéfila.

El guión y los diálogos brillan, iluminados por la inteligencia, la sensibilidad y un agudo sentido de la observación. Y la puesta en escena es maestra, con largos planos secuencia, acudiendo a los close up para tocar, sin pudor, el alma de los actores. Scarlett Johansson regresa a los papeles que la hicieron icono del buen cine en Lost in Traslation y Ghost World. Y Adam Driver está sencillamente magistral, desbordando talento a raudales. Hablamos de una película que, no por pequeña, deja de ser grande e imprescindible.

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