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Venezolana protagoniza muestra en Nueva York de sobrevivientes de la 2da Guerra Mundial

La vida de Françoise “Paquita” Sitzer resume buena parte de la historia del siglo XX, en Europa y América

  • Diario El Universal

13/12/2019 10:49 pm

Andrés Correa Guatarasma

Nueva York.- Su nombre de soltera es Françoise Bielinski Gitla. "Pero ellos dijeron: `Francisca aquí es Paquita`. Y así me quedé”.

Eran los españoles que de niña la conocieron con sus padres y su hermano mayor cuando huían por los Pirineos de la presencia nazi en París, su ciudad natal.

“Sí, yo nací el 23 de agosto de 1937 en la ciudad de donde dicen que la cigüeña trae a los bebés”, afirma jocosa. “Mis padres eran polacos que estaban pelando, aunque mi mamá venía de una mejor familia… Cuando tenía 5 años nos arrestaron porque no teníamos visa para salir de Francia. Cruzamos hasta España pagándole a dos guardias hijos de republicanos que se redondeaban la arepa pasando gente”.


Abrazando a su madre, Estera Gitla (Cortesía)

Su vocabulario asoma una venezolanidad que ama, empotrada al naturalizarse en 1947, con lo agrio y lo dulce, sin perder la sonrisa, especialmente cuando ve a sus dos hijos y cuatro nietos, “la generación que no iba a nacer” porque los nazis hicieron todo por evitarlo.

Sus vivencias la hacen protagonizar hoy la exhibición “Perseguidos y salvados. No querían que existiéramos”, en el Instituto Cervantes de Nueva York, hasta el 31 de enero. Ya antes presentada en Chicago y Madrid, entre otras plazas.

El proyecto comenzó cuando desde España la contactó el profesor Josep Calvet, doctor en Historia de la Universidad de Llera.

“Como dicen por ahí: `no le cuentes a Paquita porque se involucra”, bromea sobre sí misma, siempre hablando rápido, quizá valorando más el tiempo.

Y así pudo exorcizar muchas de sus tempranas vivencias, junto a otros sobrevivientes y descendientes: fueron 15 mil los judíos que se salvaron huyendo por la frontera franco española. Mientras desde Madrid, otro Franco, el mandamás, olía que sus viejos aliados alemanes estaban de caída.

“Yo me sentía protegida por mis padres, pero a veces los veía llorar. Por años oculté ser judía. Pensé que me iban a matar y no sabía por qué. Mi papá se quedó sin nacionalidad. Era sastre y escritor de cartas porque tenía muy buena caligrafía en una Polonia muy pobre. Se casaron en 1929. Luego en Berlín nació mi hermano en 1931. Después en Francia nací yo. Más tarde a mi papá lo atrapan los franceses, que fueron grandes colaboradores con los nazis. Sin colaboración no hay maldad”.

Pasadas mil penurias y ayudados por campesinos, su padre consiguió pasajes a Venezuela, zarpando de Vigo “en el barco El Cabo de la buena esperanza... Pasamos por Lisboa y Trinidad, hasta llegar a Puerto Cabello. De allí recuerdo un calor infernal en una pensión con mosquiteros. Enseguida nos mudamos a otra en Caracas, donde hoy está el Centro Simón Bolívar”.

A los 82 años, las anécdotas no faltan y la memoria parece colaborar sin óbices. Y así como recuerda, analiza y hasta editorializa en los casi cinco idiomas que practica en sus constantes viajes, sabiendo que el antisemitismo está de vuelta.

“Hay gente buena y mala en todas partes. Cuando puedas ayudar, hazlo. Claro, sin dejarte abusar. Para comenzar en Venezuela mi papá consiguió un préstamo de 600 bolívares, unos 200 dólares. Pero lo traicionó un paisano en Caracas. Vivimos en muchos sitios. Yo inauguré El Silencio, bloque 7. Allí estábamos cuando el golpe de 1945 a Medina Angarita. Recuerdo las balas. Nos saquearon la sastrería”.

Una parte fundamental en su personalidad fue abonada por su peculiar educación. “En casa se hablaba francés. Nunca fui a una escuela judía. A los 14 años me enviaron a Estados Unidos a terminar el bachillerato y hacer la universidad. Estudié Administración y luego me casé” con Juan Sitzer, un polaco refugiado en Argentina y Caracas.

“Era un negociante, viajaba mucho. Tuvimos una luna de miel de seis meses por Hong Kong, Japón. Argentina, EEUU. Duramos menos de diez años... murió de un infarto a los 40 años”, recordó.

Su receta envuelta en consejo es contundente: “Sé tan decente y genuino como puedas. Y sé capaz de adaptarte”.

Paquita ha sobrevivido al menos tres veces: como niña huyendo de los nazis; como joven viuda madre de dos hijos; y como inmigrante aferrada a un país de donde ahora la gente emigra hasta a pie, como su familia hace 75 años.

“Venezuela es un país bendito por Dios y maldecido por el hombre. Venezuela es mi patria, es como mi mamá. Cuando tuve hambre me dio comida, cuando tuve frío me acobijó. Ahora que está enferma no la puedo dejar. El domingo regreso a Caracas”, finalizó.

acorrea@eluniversal.com

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