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Jacqueline Goldberg: “La escritura es el lugar donde no hay impedimentos”

La poeta presentará el próximo mes de julio dos libros: “El cuarto de los temblores”, publicado por Oscar Todtmann Editores, y “Las bellas catástrofes”, con la editorial El Estilete

  • DULCE MARÍA RAMOS

17/06/2018 01:00 am

“Soy Jacqueline Goldberg,
la que tiembla y escribe.
La que jamás ha dejado de temblar.
(…) 

En el anchuroso árbol familiar,
se presume que sólo yo tiemblo,
sólo yo tiemblo y escribo.
Sólo yo escribo mientras tiemblo.

¿Temblará alguien más tarde?
¿Temblará un lejano pariente en el instante de su muerte?
Jamás lo sabré.

Estoy sola en el árbol,
sola en el temblor. 


De El cuarto de los temblores (fragmento)

Poeta, periodista, editora. Los que alguna vez hemos conocido a Jacqueline Goldberg siempre la hemos visto temblar, jamás preguntamos las razones porque han sido más poderosas sus palabras que sus temblores. En esta oportunidad en El cuarto de los temblores, publicado por Todtmann Editores, Goldberg desnuda ante sí y ante sus lectores su enfermedad, que se convirtió en un camino para refugiarse en la literatura, para escribir desde lo que le sobra. Un libro que es definido por su autora como “des-generado” y donde confluyen la autoficción, el ensayo, fragmentos poéticos, la autobiografía y la crónica.

A la par, Goldberg también presenta Las bellas catástrofes con El Estilete. Aquí la voz poética se centra en las tragedias y ese matiz misterioso que esconde la muerte. Una poesía documental que pasa por los acantilados Beachy Head en Londres, el río Nazas en México o el Mar Caribe de Vargas.

-Parafraseando uno de los títulos que pronto presentará, quizás es una bella catástrofe publicar dos libros en este periodo tan doloroso que vive el país.
-Publicar en este momento en Venezuela es un gran milagro que habla de cómo dos editoriales se sobreponen a la catástrofe y siguen apostando al porvenir. Nunca imaginé que estos libros saldrían casi juntos y se presentarían con una semana de diferencia. Ambos estuvieron terminados hace por lo menos tres años. El cuarto de los temblores comencé a escribirlo quizá hace diez años. Y Las bellas catástrofes hace cinco. Fueron escritos en momentos muy distintos, comenzaron su camino editorial cuando el país era casi otro. Y si, ciertamente es una bella, pero necesaria catástrofe publicar libros, seguir diciendo. El país se lee en estos libros porque yo escribo desde él. No puede uno dejar de hacer lo que debe hacer, aún en medio del desastre.

-El escritor José Cardoso Pires a raíz de una isquemia cerebral escribió De profundis. Ahí reflexiona sobre cómo la enfermedad afectó su lenguaje y la forma de comunicarse con el mundo. De cierta manera en El cuarto de los temblores usted no sólo habla y reflexiona sobre su enfermedad, sino también sobre el camino que siguieron sus temblores, aunque le dedica poco espacio a la tartamudez en su escritura.
-El cuerpo conduce a la escritura. A cada quien como puede. El cuerpo reclama una sintaxis para ordenar el mundo, para no extraviarse del todo en él. Cuando el cuerpo padece —sea grave o no, visible o no— eso supone una diferencia con el otro. El lenguaje intenta aportar los andamios que faltan.

-Para Mario Bellatin, quien le dedicó unas palabras a su libro, la escritura es una enfermedad y la falta de su brazo le permite trabajar desde el vacío. Para usted, ¿qué es la escritura y desde qué vacíos ha trabajado sus temblores?
-La escritura es el lugar donde no hay impedimentos, donde a ratos no tiemblo y a veces tiemblo a mis anchas. Desde niña la escritura ha sido refugio en el que nadie pregunta, nadie mira, no se rompen copas, no hay derrames. Empecé a escribir porque temblaba, seguí escribiendo para seguir temblando. Mario parte desde un vacío, yo desde algo que sobra.

-El cuarto de los temblores fue una manera de entender su enfermedad. A pesar que, como usted bien lo cuenta en las primeras frases de su libro: “Alguien dijo que el día que escribiese sobre el temblor, dejaría de temblar”.
-Sigo temblando. Escribí ese libro y no he dejado de temblar. No sé si ocurra más tarde, nunca creí que fuera una promesa, sino una propuesta. Se convirtió en una necesidad y tras ella en una responsabilidad con quienes pudieran temblar o no en mi parentela. El libro me ha servido para escudriñar en mí misma y en las muchas formas que adquiere el temblor a mí alrededor. Su escritura fue un ejercicio intelectual sin pretensiones que, con los años, me fue permitiendo dar nombre a mi condición temblorosa y mostrarla a los demás. “No estamos aquí para sanar nuestras enfermedades, sino para que nuestras enfermedades nos sanen”, dijo Carl Jung.

-Lo que relata da indicios de una infancia no muy feliz, ¿para escribir se necesita una infancia desdichada?
-La infancia son retazos en la memoria y en la mía sobresalen momentos muy felices. Tuve unos padres amorosos y dedicados. Tuve posibilidades de afrontar dificultades, tuve fuerzas, tuve anhelos, tuve pasiones. Tengo todo eso. Y no, nadie necesita desdichas infantiles o adultas para escribir.

-La poeta portuguesa Filipa Leal en Los poetas no sirven para nada reflexiona sobre los clichés que envuelven al poeta, a la poesía y a los lectores de poesía. Para usted, ¿qué representa ser poeta y qué ha significado la poesía en su obra literaria?
-No puedo hablar de ser poeta como si se tratase de una anomalía, como tampoco lo es ser arquitecto, periodista o veterinario. Finalmente, si lo pensamos demasiado, nada sirve para nada. La poesía es una respiración, una mirada sobre el mundo. Hay clichés para todos los oficios y la poesía es un oficio. La poesía me ha permitido hallar palabras precisas, voces cercanas. Desde la poesía he hecho periodismo, gerencia cultural y hasta producción editorial. Es el tamiz por el que aspiro pasar todo cuanto escribo y leo. Anhelo llevar el lenguaje y la precisión de la poesía a la escritura periodística, al ensayo, a la narrativa. Aspiro a que la poesía sea el género que me permita que los géneros desaparezcan y quede, como decía Marguerite Duras, una escritura de lo no escrito, “breve, sin gramática, una escritura hecha solo de palabras”.

-Recientemente falleció su padre, en sus redes sociales documenta a sus lectores sus tristezas, agonías y hasta las dificultades que enfrenta su madre en Maracaibo. ¿Siente que vive en un insilio? ¿Ve el futuro de Venezuela con tanto pesimismo?
-No me gusta hablar de insilio. Es una categoría que se usa para insistir en los argumentos de la soledad. Esa soledad ha existido siempre y es a partir de la cual se escribe. Para escribir se necesita un poco de voluntario encierro. El insilio es enajenación y no creo que yo esté enajenada, ni exiliada en una interioridad que lucha con un mundo exterior. El insilio es silencio y las redes son todo menos silencio. Con ello no niego que en Venezuela estemos más encerrados que antes, vamos poco al cine, al aire libre. Pero el mío como el de muchos, por lo pronto, es un encierro físico, no mental ni espiritual como el que suponen los insiliólogos. En las redes, si le pones un tono dramático y agónico, todo suena dramático y a agonías. Cada quien ve y escucha lo que puede. Yo escribo sobre el funambulismo del presente, de lo que voy viendo y viviendo. Es importante que demos cuenta de la terrible cotidianidad que se vive en Venezuela. Es importante dar cuenta de lo que vamos presenciando, estemos donde estemos. El futuro es un artefacto que no puedo adivinar con pesimismo u optimismo. Es, si acaso, una apuesta.

-En su segundo libro, Las bellas catástrofes, habla de la muerte, el suicidio, esa extraña belleza que se puede encontrar en una desgracia. También le dedica un poema a la tragedia de Vargas, ¿quizás en ese momento empezó el devenir que vivimos hoy como país?
-Las catástrofes de Venezuela -porque no es sólo una- empezaron antes y después de Vargas. No me atrevería a hablar de aquel deslave como un momento genealógico del país que somos hoy. Desenmascaró, eso sí, pequeñas y grandes tragedias. La de un gobierno que no le importó lo que el agua se llevaba y fingió proezas donde solo había mezquindad y sed de poder. Fue el lodazal perfecto para que desaparecieran cosas, presagios e incluso personas. En medio de ese desastre yo estaba a punto de dar a luz. Debía mirar el horror afuera y la belleza dentro. Debía cuidarme para dar la bienvenida a ese otro ser que yo misma había invitado a este mundo.

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Jacqueline Goldberg?
-Tiene una cortina. A veces está París y un día muy soleado tras ella. Otras está Caracas y un cielo encapotado. A ratos está el lago de Maracaibo y un mediodía transparente. Mi ventana cambia y yo con ella.

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