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En mis zapatos

Nada más valioso que acompañar en los zapatos propios, la experiencia de quien, en los zapatos que ha elegido o que “la vida le ha brindado”, necesita de un compañero de camino...

  • ARGENIS ALEXANDER ANGULO

18/06/2021 05:02 am

La sabiduría popular suele ser muy hábil al usar imágenes y metáforas poderosas para dar algunas lecciones, que entonces con facilidad pueden pasar de generación en generación.

Así, es muy probable que hayamos visto o vivido la escena en la que alguien dice con voz de consejero: “debes ponerte en los zapatos del otro”, a lo que recibe como respuesta, “¿quién se pone en los míos?”.

El primero, “el consejero”, apeló a aquella sabiduría que rescata muy rápidamente, pero que en la práctica le es tan difícil de asumir como al primero, pues también le cuesta ponerse en los zapatos del que no quiere ponerse en los zapatos del otro. la frase es hermosa y naturalmente bienvenida casi en cualquier espacio, hasta que toca aterrizarla.

Ponerse los de los otros, implica en primera instancia quitarse los propios. Tendríamos que comenzar a decir: “quítate tus zapatos”, remueve esas piezas de vestir que te resguardan, déjalos a un lado junto a las prejuicios que te acompañan en tu andar, y solo luego ponte en los míos para que, por un instante, casi a modo de experimento, sientas lo que se siente. Pero resulta que no es verdad, ponerme en los zapatos del otro es pretender que me quede, me luzca y que me facilite el andar algo que no está adecuado a mi realidad.

He allí la gran dificultad, aún en los zapatos del otro, juzgaremos la experiencia en base a nuestros pies. Y entonces desde esos zapatos de nuevo pretenderemos juzgar una realidad que hagamos cuanto hagamos, desconocemos.

Reconocer esto sería la mayor hazaña, pues significaría nada más y nada menos que entender, que ni con tus zapatos, ni con los del otro (pues tendríamos que tener su pie también), tenemos la capacidad real de juzgar una realidad que solo el otro experimenta.

Todo lo demás es mentira, son prejuicios, y no tienen mayor sustento que las creencias propias acumuladas con los años de andar en los zapatos a los que estamos acostumbrados.

¿Qué hacer entonces si lo que se quiere es servir? Nada más valioso que acompañar en los zapatos propios, la experiencia de quien, en los zapatos que ha elegido o que “la vida le ha brindado”, necesita de un compañero de camino. Acompañar es escuchar, es abrazar, incluso modelar; nunca es juzgar.

liderazgo@argenisangulo.com
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