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Sin identidad (política)

El “conformismo” conspiró en perjuicio de lo que siempre ha pretendido instaurarse desde la identidad toda vez que actúa asociada con un valor tan trascendental como el de “pertenencia”

  • ANTONIO JOSÉ MONAGAS

05/08/2020 05:00 am

La identidad, en tanto que facultad de la cual se vale un individuo u objeto para diferenciarse de otro, es un valor. Valor cuya significación induce en el ser humano, la virtud necesaria para actuar con un propósito loable ante alguna circunstancias en particular. Aunque como término, tiene una connotación especial para la Matemática, así como para el ejercicio del Derecho. Sin embargo la acepción de “identidad” que esta disertación busca destacar, es otra. Y es la de identidad, pero como valor político y valor moral.

Quizás la acepción que mejor se aproxima a la intención aludida, tiene que ver con uno de los tantos conceptos a los que refiere el Diccionario de la Real Academia Española. Lo explica como “entereza de ánimo para cumplir los deberes de la ciudadanía, sin arredrarse por amenazas, peligros ni vejámenes”. En este sentido, bien cabe la relación que se establece entre “identidad” y “política”.

De este modo la finalidad que acompaña estas líneas, se corresponde con el problema que la pandemia causada por la violenta irrupción del Corona virus, o Covid-19, ha acentuado. Incluso, en contradicción con lo que se ha definido cuando se habla de la sociedad del conocimiento. Sobre todo, desde que la educación vio en la “formación de valores” el canal más directo para que, social y culturalmente, las sociedades elevaran su nivel de concienciación sobre la necesidad de adquirir la identidad que mejor se asocie con la historia política, social y económica de las naciones que, frontalmente, apuestan a su desarrollo.

No obstante, alrededor de ello se tienen distintos problemas. Muchos de los cuales, conducen por caminos contrarios a los que, en teoría, se plantean algunas sociedades en su afán de progreso y bienestar. Pero el problema que en lo particular refiere el presente escrito, tiene que ver con la crisis de tolerancia o acuerdo consabido entre los miembros de una sociedad. Miembros estos mancomunados alrededor de un pacto social. Y que para los efectos de la política en su comprensión más depurada, es la Constitución que ordena su discurrir. Es decir, la Carta Magna, cuyo contenido exhorta libertades y derechos dirigidos a juntar las capacidades y fortalezas posibles. Todo, en aras de procurar el mayor bienestar posible. Bienestar éste que resguarde a quienes integran la sociedad a la que suscriben sus respectivos proyectos de vida.

Precisamente, en ello radica el problema en cuestión. Más, cuando tan importantes objetivos, no han sido debidamente conseguidos. No sólo en el curso de la dinámica que dictó la normalidad de las realidades políticas, económicas y sociales recién vividas o disfrutadas. Peor aún. En medio de la situación que ahora está por venir o por darse. Más aún, en el fragor de la crisis que insumió a las sociedades y que obligó a que emergiera dicho problema. Particularmente, como consecuencia de la pandemia que ha azotado la salud de considerables proporciones de seres humanos alrededor del mundo.

La identidad, ante tergiversaciones amañadas
La “identidad”, como valor político y valor moral, se perdió. Se extravió entre los desmanes que, en lo concerniente a un mundo dominado por un corrompido capitalismo en su lucha por desequilibrar (adrede) el poder de ciertas potencias económicas y militares, por inferencia directa, podría imponerse. Al menos, es lo que se deduce de lo más remarcado noticiosamente. Especialmente, visto cada evento como acontecimiento analizado desde algunas perspectivas o enfoques.

Fundamentalmente, cuando se advierten ciudades vacías. Familias separadas. O concentradas a desdén de valores tan importantes como la concordancia o el respeto mutuo. Cuando se nota la falta de solidaridad que se requiere en situaciones tan insidiosas como las que representa el llamado aislamiento, confinamiento. Y que finalmente, no es otra cosa diferente de lo que induce la idea de “gheto” o prisión colectiva. Pero que en el fondo, actúa como una especie de control social con groseros fines políticos. O “domesticamiento” o aislamiento ciudadano por intereses de amañadas razones.

Después del tránsito por el que ha vivido la historia de los pueblos, muchas naciones siguen marginando el concepto de identidad. Su discernimiento sigue sin haber cuajado en la cotidianidad política y social, la actitud y aptitud que enaltece su comprensión y praxis. No ha habido forma de que se haya declarado un pronunciamiento en dicha dirección. O sea, de reconocer que en el contacto y apertura de la sociedad a partir de los elementos morales, éticos y biopsicosociales sobre los cuales arraiga sus capacidades y condensa sus potencialidades, va construyéndose la cultura que a ello corresponde. Y lo más importante, su identidad.

Pero así como se ha señalado el descarrío de valores como la confianza, la ecuanimidad, la libertad, la igualdad, la verdad, la equidad, o el estoicismo como razones de la crisis política (y económica) en proceso, asimismo la “identidad” se ha visto atropellada por el furor de calamidades que arrollan todo cuanto les impida su paso. Y sin duda que una de ellas, es la causada por la pandemia del Coronavirus. Tal realidad ha hecho que el devenir de las sociedades, se torne diferente al que venía dándose antes de la intrusión del temible Covid-19.

El “conformismo” conspiró en perjuicio de lo que siempre ha pretendido instaurarse desde la identidad toda vez que actúa asociada con un valor tan trascendental como el de “pertenencia”. Pero en el trajín de sociedades que se desbordaron en egoísmos incontenidos, la identidad comenzó a verse agotada en términos de su capacidad para reconstruirse. Aún en medio de su extenuación.

Y es que mientras una nación no supere la debilidad que causa el iluso antojo de mirar el tiempo pasado seducido por lo que fue en cuanto a calidad de vida social, fundamentalmente, nunca podrá forjar una nueva identidad. Una identidad capaz de conquistar un destino diferente en virtud de lo que podría merecerse una nación con consciencia de un futuro promisor. No una identidad estética que sólo abarque el aspecto estructural que delimita una realidad en su apariencia o belleza física.

Sobre todo, porque esa presunta identidad que muchas veces exhorta un discurso populista reivindicado por la demagogia, no es auténtica. Tampoco es legítima, pues viene en auxilio de fantasías. O de lo más estancado que reviste una realidad de oscuro matiz. O de una identidad que en lo suyo, no identifique a nadie pues en lo exacto, tampoco realza nada. Vale asentir que todo yace oculto en lo más recóndito de cuanto puede configurar las posibilidades y potencialidades de desarrollo y crecimiento de una nación. Desde luego, considerando el papel que juegan los valores políticos y morales en aras de objetivos dignos y loables que comprometen un futuro mejor en todos los sentidos.

Lo contrario, es lo que ha estado caracterizando ciertas realidades embutidas por presumidas ideologías cuyos fundamentos filosóficos y epistemológicos se entraban entre sí. Y por ello, sólo resultan condiciones que encumbran realidades disfrazadas. Realidades convertidas en basura por causa de banalidades que se hallan inmersas en sus entornos y contornos. Porque están ausentes de valores. O porque el populismo las ha arrastrado a verse confundidas con el inacabado término de “patria” inculcado desde el ejercicio de la politiquería. Y que en el fondo, se dejan ver tal como lo que son, simplemente. O sea, realidades sin identidad (política).

@ajmonagas
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