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Los venezolanos dominados

A la política no se puede asistir como al teatro, a ocupar una butaca y permanecer en silencio mientras la obra se desarrolla. En la democracia se nos ha impuesto una estética de manipulación...

  • TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ

08/07/2020 05:00 am

Los recursos que llamaremos estéticos forman parte del juego político contemporáneo en la personalización, dramatización y puesta en escena. Hay vinculaciones de términos, pues vemos dramatización, simulacros, hedonismo y narración en la actual praxis política. Podemos decir que el proceso político viene falsificado de esta manera, pues se construye una máscara, una de efectismo forjador de opinión.

Cuando no se tienen criterios o reflexión para juzgar, el espectáculo es convertido en la única realidad real. Jacques Rancière, en El espectador emancipado, traza un cuadro sobre la función del espectador colocado como punto central entre la estética y la política. Él lo llama la paradoja del espectador, lo que lleva a concluir con una aparente obviedad, no hay teatro sin espectadores. Esto es, si los ciudadanos no tuviesen centrada su atención en el espectáculo que se le ofrece el teatro mismo caería. Mirar es lo contrario de conocer. Lo que se nos muestra es una apariencia y frente a ella el espectador no actúa. Este pathos, de símiles entre estética y política, nos muestra al ciudadano inerme, uno que pone en las tablas la auto-división del sujeto debido a falta de conocimientos y de información.

A la política no se puede asistir como al teatro, a ocupar una butaca y permanecer en silencio mientras la obra se desarrolla. En la democracia se nos ha impuesto una estética de manipulación. En las dictaduras una de aplanamiento. En las tablas se distinguió entre la verdadera esencia del teatro y el simulacro del espectáculo. En la democracia hay que distinguir entre la representación que nos ofrece el poder, y quienes quieren sustituirlo, por una acción colectiva donde todos actúan. Como diría Artaud, hay que devolverle a la comunidad la posesión de sus propias energías. Debord insiste en el problema de la contemplación mimética, un mundo colectivo cuya realidad no es otra que la desposesión.

En este indudable bosque de signos todo comienza cuando ignoramos la oposición entre mirar y actuar y cuando tomamos claridad de que lo visible no es otra cosa que la dominación configurada. Este venezolano es un circo de función continua o, si se prefiere, para estar actualizado, un autocine permanentemente abierto.

@tlopezmelendez

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