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Acacio Chacón Guerra

Su legado y su impronta de hombre sencillo y recio, con ideas de avanzada, queda como huella perenne.

  • RICARDO GIL OTAIZA

09/04/2020 05:00 am

Disfruté en estos días de la Semana Santa de un hermoso libro titulado Monseñor Acacio Chacón Guerra. Patriarca de los Andes (Fundación Alberto Adriani, 2017), que gentilmente me obsequió su autor, el periodista e historiador Nilson Guerra Zambrano, con Presentación de Román J. Duque Corredor. Por cierto, no es la primera investigación que acomete este acucioso amigo, ya que tiene en su haber otro texto biográfico (Monseñor José Humberto Paparoni), diversos trabajos ensayísticos, así como los cuatro tomos del Archivo Histórico de Tovar, editados por el Congreso de la República de Venezuela, Alcaldía del Municipio Rivas Dávila y la Fundación Casa de Mocotíes. 

En mi adolescencia tuve la fortuna de conocer al denominado “Arzobispo Constructor”, ya que llevado por mi madre hasta su casa (hoy convertida en un conocido Instituto Universitario) en ocasión de rendírsele un homenaje, recibí de su mano la bendición. Me impactó su rostro beatífico y venerable, su expresión sosegada, su actitud atemporal y fuera ya de este mundo. Efectivamente, poco tiempo después falleció (un 2 de marzo de 1978), y fui también con mi madre a los oficios religiosos dados en la Catedral, a los que asistieron diversas personalidades de la política nacional, obispos y arzobispos de otras latitudes, así como el entonces ex presidente Rafael Caldera, en medio de una apoteosis popular que no había presenciado jamás.

Tiene la fortuna este libro del amigo Nilson Guerra de retratar a su pariente (primo segundo) desde todos los ángulos de su vida privada y de su transitar en la Iglesia. Me sorprende, tal y como se lo expresé por teléfono, la vasta documentación que avala las páginas de esta obra singular (lo que se traduce en una labor investigativa de largos años en archivos regionales y nacionales), en las que entran, no solo lo relacionado con hechos importantes de tan elevada figura eclesiástica, que son muchos y variados, sino detalles interesantes (la denominada historia profunda) y que nos permiten conocer destino a destino los niños bautizados, los matrimonios realizados, así como también las defunciones. Registra Guerra con minuciosidad y paciencia cada detalle, lo que nos permite a los lectores seguir el decurso de esta fructífera existencia con la noción de ser verdaderos testigos de excepción.

Mérida le debe mucho al Arzobispo Acacio Chacón Guerra, no sólo por concebir y ejecutar grandes obras como la Iglesia Catedral (hoy Basílica Menor), el Palacio Arzobispal y el Seminario de San Buenaventura, que son joyas de la arquitectura moderna, amén del edificio Roma (que le genera rentas a la arquidiócesis), sino por contribuir de manera excepcional en el aspecto educativo, cultural y religioso de esta apartada geografía nacional. Su obra tangible e intangible da renombre a la entidad y se convierte así en un merideño por adopción. Crea parroquias, obispados y consolida la mitra emeritense. Este tachirense (nacido el 8 de junio de 1884 en la aldea Loma Verde del Municipio Lobatera) transita en su larga existencia una serie de etapas en la jerarquía eclesiástica, para convertirse en Arzobispo de la Arquidiócesis de Mérida en 1927, a la muerte de su titular Silva García, y se desempeña en el cargo durante casi cuatro décadas hasta su renuncia en 1966. Cuando muere Chacón Guerra a los 94 años es Arzobispo Emérito. 

Pudo alcanzar nuestro personaje la dignidad cardenalicia, como su discípulo José Humberto Quintero (Mucuchíes, estado Mérida), porque reunía todas las condiciones para serlo, pero rehúye a tamaña responsabilidad, no obstante, su legado y su impronta de hombre sencillo y recio, con ideas de avanzada, queda como huella perenne. 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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