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  • ELIAS FARACHE S.

31/03/2020 05:00 am

El jueves pasado pareció tocar fin uno de los episodios más dramáticos en la historia electoral de Israel. Azul Blanco, liderado por Benny Gantz, aún a expensas de perder su colorida denominación de Azul y Blanco, aceptó formar gobierno con el Likud de Benjamín Netanyahu y su bloque de derecha.

En tiempos de severa crisis de salud y de política, podríamos decir de salud política en buena medida, conviene ver el lado positivo de esta coyuntura.

Israel necesita de gobierno que funcione. Tiene muchos problemas que atender. La seguridad del Estado frente a enemigos externos en sus fronteras, allende sus fronteras en el caso de Irán. El tema de Gaza y los palestinos. La posibilidad de aplicar el Acuerdo del Siglo propuesto por Trump. Y para colmo, una situación como el innombrable virus que azota a todo el mundo y que no ha hecho de Israel la excepción.

Hace más de un año que Israel está en modo de elecciones. Un lapso muy largo que, en vez de fortalecer la democracia y sus instituciones, las debilita. Mucho tiempo de todos contra todos, ventilando en público asuntos que son delicados aún en privado. Dando argumentos de peso a los enemigos y sin solucionar nada importante.

Las elecciones que se empezaron hace más de un año arrojaban un panorama algo refrescante. Un partido compuesto por varias tendencias, pero que contenía a tres reconocidos Jefes de Estado Mayor, uno de los cuales fue ministro de la Defensa representa siempre un grado alto de confianza en el tema que siempre está de moda en Israel: la seguridad. Un político venido del mundo del periodismo, agudo e inteligente. Todos ellos contra el Likud de Netanyahu, quienes traen en su haber una gestión de muchos logros, reconocidos aún por quienes son sus implacables detractores.

Luego de tres elecciones, el centro de discusión pasó, peligrosamente, de temas importantes y nacionales, a agendas personales. La impugnación del primer ministro en tres causas abiertas, el deseo de algunos, incluso traducido en necesidad, de desplazar a Bibi, tomó dimensiones peligrosas. 
 
En algunos momentos, se pudo confundir que la Corte Suprema se involucraba en política. También que podían efectuarse pactos con partidos que no comulgan con la noción de Estado judío. Y cuando todo ello pasó a ser más importante que tratar el problema viral que vive el país, un deje de responsabilidad y hasta de sacrificio se hizo presente. Así debería ser y así queremos verlo.

Si prevalece la cordura y el mejor interés por el bien nacional, Israel tendrá un gobierno de amplia base. Se atenderá la situación de salud con fuerza, y se podrá orden en las diligencias gubernamentales que están pendientes. Se podrá avanzar en los asuntos de paz, aprovechándose la coyuntura de tener a Donald Trump en la Casa Blanca. Con autoridad y prestancia, la emergencia financiera podrá ser enfrentada con éxito.

Además, en la Knesset quedará un grupo de oposición que, con su fortaleza y criterio, será capaz de moderar al gobierno, de ser el contrapeso necesario en toda democracia que necesita de oficialismo y oposición.

Azul y Blanco apareció en el panorama electoral israelí como una noción de centro, de tolerancia. De amplitud. En el trascurso de las tres elecciones y del calor de las discusiones, se fue polarizando. Algunos de sus componentes, o de pretendientes a ser miembros de una eventual coalición, descartaron socios, levantaron polémicas innecesarias. De Azul y Banco, pasó a Blanco y Negro.

Lo ocurrido el jueves ha de ser para bien. Azul y Blanco conserva sus colores, su esencia tácita. La misma que tiene la bandera del Estado.

Netanyahu y Gantz parecen haber hecho su cuota de sacrificio. Si ambos resaltan su sacrificio antes que su éxito en doblegar a la contraparte, las cosas han de ir mejor.

Después de todo, o, antes que nada, los judíos tienen un solo Estado cuyos colores son los de la bandera: azul y blanco.

Como los venezolanos tienen un único país con el tricolor nacional… ¿o no?

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