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España invertebrada

¿Qué es España y qué es ser español? Las respuestas son diferentes si vienen de Castilla, de Andalucía, de Galicia, de Navarra o de Cataluña. Todas son y no son españolas. ¿Cómo es eso?

  • REINALDO ROJAS

02/12/2019 05:00 am

La presencia de los nacionalismos en España no es un fenómeno nuevo. Acompañan al proyecto político unitario que nace en 1469, cuando Isabel de Castilla contrae matrimonio con Fernando de Aragón y de esa unión dinástica nacerá el núcleo organizador de lo que desde el siglo XVI se conocerá como España. Por ello, el conflicto independentista que hoy liderizan los catalanes no es sino un capítulo más de ese fenómeno que José Ortega y Gasset denominó la invertebración histórica de España, es decir, el debilitamiento y desintegración de aquella unidad nacional.

Y es que lo que históricamente denominamos España viene a ser, desde el siglo XIII, un crisol de pueblos, lenguas, culturas, instituciones y organizaciones político-territoriales diversas cuya evolución ha oscilado entre la fuerza totalizadora del conjunto (España) y las tendencias autonómicas de las partes (nacionalismos y regionalismos) que hacen vida al interior del Estado. 

Sobre ese dilema de siglos, mucho se ha escrito. Pero la obra de Ortega y Gasset que comentamos, España Invertebrada (1921), nos toca de cerca, porque al igual que la España de la península parece estar a las puertas de la desintegración, los Hispanoamericanos de este lado del Atlántico no solo nacimos separados, sino que doscientos años después de vivir en independencia, aún no encontramos el camino para alcanzar esa ansiada unidad que Bolívar propuso en Panamá en 1826.
 
Por eso, al preguntarnos ¿qué es España y qué es ser español? Las respuestas son diferentes si vienen de Castilla, de Andalucía, de Galicia, de Navarra o de Cataluña. Todas son y no son españolas. ¿Cómo es eso?

España –afirma Ortega y Gasset- es el producto de la integración de los pueblos y naciones de la península alrededor de la Corona de Castilla bajo la estrategia unificadora de Fernando el Católico. ¿Y cómo lo logra? Con el conocimiento de que la Nación Española “es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que solo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden”, según el testimonio que Fracesco Guicciardini, embajador florentino en Castilla, recogió en su libro Relaziones di Espagna

Hacer grandes cosas
Para este monarca, la unidad no es el motor para hacer grandes cosas. Es la idea de hacer grandes cosas lo que engendra la unificación nacional. Y en su reinado, junto a Isabel, los logros son evidentes: A la unión dinástica le sigue la anexión de Navarra, la conquista de Granada, último bastión islámico en la Península, la incorporación de los territorios americanos a partir 1492, la recuperación del Rosellón y la Cerdeña en manos de Francia y la conquista de las Islas Canarias. Todo, entre 1469 a 1496. Esa es España: un proyecto político en expansión que culmina en 1580 cuando Felipe II hereda la Corona de Portugal.
 
A partir de esa fecha el proceso de desintegración avanza en riguroso orden, de la periferia al centro. Los Países Bajos, Hispanoamérica, el Extremo Oriente y África hasta llegar a la Península, cuando a partir de 1900 empiezan a oírse los rumores de los regionalismos, los nacionalismos y las autonomías. ¿Qué pasará en el siglo XXI? ¿Dónde reside el problema?

Para muchos la causa hay que buscarla en los regionalismos y su vocación separatista. Para otros, el problema es la incapacidad de Castilla de darle sentido de un todo a cada parte. El mal no está en Viscaya o en Cataluña. Para Ortega y Gasset, la Castilla que hizo a España, luego se dedicó a deshacerla. El poder unificador dejó de serlo para transformarse en un modelo de autoritarismo centralizador y burocrático localizado en Madrid. Y así pasó con América. Habría que estudiar nuestra independencia desde una perspectiva global, para poder apreciar el problema en su conjunto.
 
En 1808, cuando Fernando VII abdica el trono en favor de Bonaparte, la España imperial era sólo forma y tradición. Le faltaba sentido de destino. Por ello, las naturales ansias de libertad de los españoles americanos se transformaron en fuerzas centrifugas que terminaron en la separación e independencia.

La crisis de España
Desde esta perspectiva, la crisis de España reside en la pérdida de su Idea de Nación moderna, aunado a un liderazgo político que no le proyecta al país sentido de comunidad y destino. No hay programa para el mañana. Así fue en la coyuntura de 1800. Fernando VII no sólo abdicó al trono en favor de una potencia extranjera, sino que al regresar al poder en 1814 decretó la vuelta al pasado, negó la Constitución de Cádiz y mandó a someter a los americanos a la fuerza de su voluntad. A eso vino Pablo Morillo, a pacificarnos a sangre y fuego. Pero ya era tarde, el velo se había rasgado, habíamos visto la luz y no quisimos volver a las tinieblas. Bolívar dixit.
 
enfoques14@gmail.com

@reinaldorojashistoriador

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