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Libros no leídos

Es nuestra decisión qué libro entrará en nuestras vidas para quedarse, porque en definitiva es nuestro espacio más íntimo y en él solo está (o debería estar) lo que nos es muy grato

  • RICARDO GIL OTAIZA

21/11/2019 05:00 am

Como amante de la lectura tengo una biblioteca nada despreciable y desde ya pienso en cuáles libros meteré en la maleta cuando me vaya (tengo esa decisión pendiente en cualquier momento), y la angustia me asalta porque escoger en medio de tantos libros queridos es un acto si se quiere suicida, de desgarre interior, de traición a una causa libresca a la que me debo desde hace varias décadas. Llevo años escribiendo sobre libros, reseñando obras, haciendo crítica literaria en medio de un país de una aridez impresionante, en el que interesarse por la cultura es una especie de insulto frente a tantos problemas vitales que atañen a la mera supervivencia. Y en medio de esa vorágine intelectual jamás he dicho cuáles libros no he leído aunque sean parte del canon occidental por múltiples razones, pero la más sencilla de presentar acá es porque me han aburrido, no me han atrapado, no he podido sobrepasar la veintena de páginas porque se me han atragantado hasta una nueva oportunidad.

Debo confesar que siendo muy joven me obligaba a leer los libros que no me gustaban, por una especie de falso pudor y de cargo de conciencia frente al precio que pagué por ellos (los libros siempre han sido caros). Si bien es cierto que esta situación consolidó una disciplina monástica que me llevó a leer los más pesados libracos, las más horrorosas novelas y los más inauditos ensayos, llegó la madurez con su carga filosófica a cuestas (y con ella su nefasta cuenta regresiva) y tomé por norma inquebrantable que no me devanaría los sesos por un libro que de entrada no me atrapara porque mi tiempo es valioso e irrecuperable. Y no lo leería así el libro fuese de un querido amigo o llegara a mí por cualquier compromiso académico o literario. Hasta el día de hoy he sido fiel a esta decisión.

Por supuesto, cuando hago cuenta de lo leído me tropiezo de inmediato con aquellos tomos que fueron dejados en algún momento, y lo peor del asunto (o lo mejor, depende del cristal) es que no siento ningún remordimiento por esto. Al fin y al cabo no podemos leer todo lo que nos cae en las manos porque sencillamente la vida es corta y no alcanza para tanto. A comienzos de mi carrera literaria me daba vergüenza aceptar que no había leído algunos clásicos porque eran intragables, pero hoy con unos años a cuestas me voy poniendo sinvergüenza y voy diciendo aquí y allá lo que pienso, lo que hago y lo que dejo de hacer. Hoy no tengo problemas en afirmar que no pude leer Los miserables, de Víctor Hugo, porque la obra no me dice nada y me parece tremendamente pesada y aburrida. No he podido leer con placer (voy por la mitad del libro desde hace 15 años) El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, porque me deprime al extremo de ver la vida como un infierno, y ya no estoy para eso. Nunca leí Pelando la cebolla de Günter Grass porque odié su arrogancia y me decepcionó su relación con el nazismo y el que haya servido en la Waffen SS. Del Gabo nunca pude leer El otoño del patriarca porque me acerqué a esta obra mucho después de Cien años de soledad y de El amor en los tiempos del cólera, y me pareció empalagoso y repetitivo; su español barroco, su realismo mágico y su egolatría ya no son de mi agrado. De Javier Cercas no pude leer Anatomía de un instante: me perdí en ese mundo de referencias, fechas y relaciones ininteligibles para un lector de este lado del mundo. De Mario Benedetti no pude leer su serie Inventario, porque la poesía me atrapa sólo si es muy buena.

Es nuestra decisión qué libro entrará en nuestras vidas para quedarse, porque en definitiva es nuestro espacio más íntimo y en él solo está (o debería estar) lo que nos es muy grato.

 @GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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