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APUNTES La división de los venezolanos Un 23 de enero El 23 de enero de 2002 viví, por primera vez, la marcada división que sufre el país hoy. Ese día asistí a la marcha de la oposición y a la del oficialismo frente al Palacio de Miraflores. Tuve que atravesar barricadas para pasar de una zona a otra. Me costaba trabajo creer lo que veía. Eran dos países, dos mundos fragmentados por alambres de púas tan imaginarios como reales. Al llegar frente al Palacio de Miraflores la cohesión dentro de la pluralidad, que había visto en la marcha de la oposición, desapareció. En esa zona, lo que yo percibí, quizá por el contraste con la otra marcha, eran individualidades tristes a pesar de su canto. Algunos portaban pancartas que se veía habían sido escritas por la misma persona y con la misma letra. Los mensajes eran constructivos pero carecían de la creatividad y del humor de las pancartas que se veían en la marcha de la oposición. No pude avanzar mucho porque el paso estaba restringido, pero en los metros que recorrí traté de comunicarme visualmente con algunas de las personas que tenía más cerca, mirarles a los ojos, en muchos de ellos sentí una cierta dificultad de establecer un contacto con mi mirada, algunos parecían decirme: ¿qué haces tú aquí? Detecté en una gran mayoría una profunda tristeza, y en muchos, el desacomodo que produce el extravío de su propio centro. Nunca olvidaré el impacto que me causó la mirada perdida de tantos que no sabían ni qué hacían allí ni quién les había traído ni quiénes eran, ni creo que lo habían sabido nunca. En ese momento muchos estaban ebrios por la caña que el Gobierno les suele dar en el autobús que les conduce a la concentración para las marchas, pero independientemente de ese hecho, no se puede evadir la pregunta: ¿Cómo hemos podido llegar a ese estado de cosas? ¡Cuánto abandono hubo en el pasado y cuánta voluntad política se requiere ahora para que en Venezuela no vuelva a haber una generación perdida! Ellos ya estaban en esas condiciones cuando Chávez llegó. Chávez los tomó en cuenta en sus discursos, los utilizó y los sigue utilizando; les dio un espacio que antes no tenían pero no mejoró su condición de vida. Chávez puso el dedo en la llaga pero no hizo nada por sanarla; nos la mostró a todos los venezolanos en toda su crudeza. A partir de ahora, no podrá haber proyecto político en Venezuela que no tome en cuenta, de manera contundente, a la población marginal. Aquel 23 de enero hubiera querido compartir con todos los venezolanos lo que yo sentía. Ha pasado un año desde entonces. Cada día son más los que han visto y sentido lo que yo vi y sentí ese día y están dispuestos a hacer algo al respecto y de hecho, ya hay varios proyectos de inclusión en marcha para la reconstrucción del país. La sociedad venezolana ha sufrido un extraordinario proceso de transformación. Muchos que nunca se habían preocupado por los desposeídos trabajan hoy incansablemente para que en Venezuela todos, sin excepción, lleguen a disfrutar de una vida digna, para que todos puedan llegar a comprender que no existen verdades buenas y verdades malas sino diferencias que hay que respetar porque eso es la democracia: la capacidad de convivir con la diferencia. El Pacto de Punto Fijo representó un pacto de gobernabilidad entre las principales fuerzas políticas y partidistas y el inicio de la democracia moderna. Durante veinte años aportó bienestar y progreso al país. Su progresivo desgaste condujo a la crisis que culminó con el éxito de la candidatura del teniente coronel Hugo Chávez Frías. Este hecho representó una regresión. ¿Por qué ganó las elecciones? ¿Por qué tantos venezolanos apostaron, quizá inconscientemente por esa regresión? ¿Por qué algunos simplemente reaccionaron y cayeron en el engaño del voto castigo? Hubo mucho de desconocimiento pero también se creyó que la seducción funcionaría en sentido inverso y que Chávez podría ser manipulable. No funcionó. Sería terrible que ahora, en lugar de una ruptura, apostáramos de nuevo por repetir el pasado gracias al autoengaño o por no haber comprendido la Historia. Para que esto no ocurra es importante entender lo que ha sido la trayectoria histórica de Venezuela, comprender la mentalidad que ha incidido en el pensar y el hacer venezolano y no dejarse simplemente seducir. El estudio de la mentalidad venezolana indica que, luego de la Independencia, la valoración de la igualdad, por encima de la libertad, se convirtió en la meta del objetivo social. En las fábulas populares venezolanas se observa que la riqueza no es resultado del esfuerzo y del trabajo, sino consecuencia de la viveza o de un golpe de suerte, y que la justicia es el instrumento para castigar al que ha logrado poder y riqueza. Se cree que el bienestar no proviene del esfuerzo personal, sino de la dádiva del Estado o de la forma como dicho Estado se encarga de repartir lo que otros han producido y ganado. Esta percepción crea confrontación y resentimiento y además va en contra de los valores de la modernidad. Chávez tuvo la percepción de lo que estaba en juego y ha sabido manipularlo a su favor y en contra de la modernidad. Regresar en el siglo XXI al mito de una revolución caduca desde mediados del siglo XX no tiene sentido. María Ramírez Ribes. Ensayista |
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