Ensayo
El laberinto citadino de Carlos Noguera

El autor de estas líneas recorre las calles dispuestas en la narrativa de Carlos Noguera, calles de Caracas o de Nueva York... calles que cuentan historias de juegos bajo la luna

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Esso Alvarez
Carlos Noguera se pierde en las entrañas de Caracas

 

Es interesante el hecho que al doblar el siglo, el milenio, nos veamos cada vez más reflejados en el espejo de la ciudad, que en cierta forma es un parabrisas y un retrovisor de lo que hemos ido siendo y somos. En nuestra América, donde enterramos la ciudad ceremonial indígena para erigir en su lugar la ciudad comercial europea, el tiempo nos ha dejado una ciudad que vive nostalgia de luz, seguridad, tranquilidad, caminatas inolvidables. Y así como los dioses abandonaron a Antonio en el poema de Cavafis, a nosotros nos abandona la ciudad que nunca construimos, la que se levanta en las hermosas mentiras de Bernardo de Balbuena y su Grandeza mexicana, o en las verdades pícaras y zumbonas de Rodríguez Freyle o Valle y Caviedes. La ciudad es pues metáfora de ese ser que nunca fuimos pero que somos en el aspirar a ser, poner las cosas un poco a la manera de Leopoldo Zea.

De la ciudad barroca a la ciudad de estos días de usado post-modernismo, la literatura latinoamericana ha dejado algunas huellas como pies que se llevan la arena: recordemos a Osorio Lisarazo, a Marechal, a Borges, Bioy Casares, Onetti, Cortázar, y antes de que la lista se nos vaya de bruces al sur volvamos los ojos a Fuentes, a Mejía Vallejo, a Vargas Llosa, y para no hacer la lista interminable quedémonos aquí al lado de Carlos Noguera, y su Caracas, ciudad-laberinto.

En alguno de sus libros, el filósofo colombiano Fernando González narra su caminar por las veredas frescas y verdeantes del río Guaire en Caracas, al lado de la muy hermosa y todavía más inteligente Teresa de la Parra; Manuel Cabré, Federico Brandt, Rubén Monasterios, Pedro Angel González, pintaron la ciudad enmarcada por la luz del Monte Avila que la preside y determina cielo y belleza; la ciudad de los techos rojos, de la vegetación que se come a punta de flores y colores el frente de las casas; esa ciudad de sueño a la cual yo llegué un día del agosto de 1969 para verla nacer definitivamente al ruido del concreto, a la soberbia automotriz de las autopistas, a la neurosis de los almacenes elegantes, al atropello de los buses y los carritos por puesto, al rolo del policía, a los gritos de los revendedores, a los cuchillos oscuros de los antros de El Silencio y Catia, a las flores marchitas del Panteón Nacional, a la pereza de la Plaza Bolívar, a los bares de Sabana Grande, la calle Lincoln.

Historias de la calle Lincoln (1973) es la primera novela de Carlos Noguera. Novela adentro de los pliegues de esta calle que durante toda la década del 60 y parte del 70 significó el sitio del encuentro azaroso y fortuito, de la noche de amor y enbriaguez, de la consigna política y la clave subversiva, de la pedante cita y la charla inteligente, de la arrogancia y la humildad. Calle de seres en busca de sí mismos o para siempre perdidos dentro de los pocos límites de una locura urbana, acezante. Calle con asientos marcados para Oswaldo Trejo en el Gran Café, Adriano González en el Chicken's Bar, Rafael José Muñoz en la Vesubiana. Todo esto se transluce en esas páginas de Noguera, lo cual le permitió escribir luego de los años a José Pulido lo siguiente: "Carlos Noguera, siempre presente en los lectores venezolanos como si fuese el dueño de la calle Lincoln, como si a lo largo de esa vía cada poste, cada metro de acera agrietada marcase la ruta que hay que seguir para encontrar al autor y comprenderlo".

No estaba sólo Noguera en su búsqueda, lo precedían en su caminar por calles y avenidas caraqueñas escritores como Rómulo Gallegos, Guillermo Meneses, José Fabbiani Ruiz. Más cercano, a nuestro parecer a Meneses, encuentra en éste esa desolación del ser y sus excesos que vienen con el paquete de la ciudad; lo acompañan algunos escritores que a pesar de ser un tanto mayores en edad no lo limitan, lo complementan: Oswaldo Trejo y sus malabares con la palabra, Salvador Garmendia y sus seres perdidos, Adriano González León y su ciudad portátil, José Balza y sus marzos anteriores, Luis Britto García a rajatabla.

En 1979 Noguera publica Inventando los días. Ahora, la ciudad se abre y el autor nos descubre la trama de su diálogo con la ciudad. Afirma el espacio, lo frecuenta, lo trabaja como arquitecto, como urbanista y explorador, pero el laberinto de la ciudad no está allí sino en los avatares del tiempo y sus circunstancias. Noguera pinta cuadros de época en esta novela donde las voces de Van Gogh, Tolouse Lautret, Theo, son el eco de un tiempo que no encuentra sus salidas. Vuelve el tema de una juventud en sus años de aprendizaje, la lucha armada, la universidad, las lecturas de Sartre, Simone de Beauvoir, Eliot, el juego político de los otros, los partidos AD, Copei; URD, los hombres del poder: Betancourt, Larrazábal, los secuestros, la muerte, el matrimonio, el abandono, la angustia, el fracaso, el vacío, la ciudad. Todo va cayendo en los pozos de un tiempo ilusorio, distante a pesar de estar cercano, real aunque ficticio. Leemos: "Pero habría tiempo, recitaba, éramos tan jóvenes, y estaba la revolución, el teatro, estaba la vida".

Sin embargo, Carlos Noguera irá más allá en esta exploración del tiempo, del tiempo que fue, que viene, que va, que vuelve; del tiempo con la ciudad enredada entre sus hilos, porque en 1995 nos da la que a nuestro juicio es una obra de madurez y alta precisión creadora: Juegos bajo la luna. En esta novela hay una pérdida de la inocencia como si fuera la virginidad de Maruja, protagonista. Violación y amor, el eje de la novela se mueve entre las décadas del 50, período de la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez, y los comienzos de la década del 70, período de la bonanza petrolera. El retrato de la ciudad es ahora preciso, nítido. Los personajes se desplazan de un sitio al otro en el tiempo tratando de salir del exilio interno y externo al que están condenados. Es esa necesidad de comprender, de interpretar, de analizar lo que también marca con piedras de Sísifo a estos seres buscándose entre el barullo intelectual de la vida urbana. Pero el tiempo los empuja de un lado al otro sin permitirles, inexorable, el escape, la salvación.

Permítanme concluir estas palabras de agradecimiento y homenaje al escritor y amigo presente volviendo a lo escrito con justicia por José Pulido: "Noguera no puede negar que ha estado hurgando en las entrañas de lo urbano. Ha deambulado subrepticiamente, mimetizado, como un hombre común, mirando, detrás de un kiosko, desde una ventana, subido a una azotea, sombreado bajo un puente, corriendo ante un semáforo, cruzando la esquina, un tanto agachado en un carro. Ha visto todo lo que la ciudad hace, lo ha detallado desde los ojos de una hembra, desde el perfume de una cabellera extraña y esa urbe no ha podido engullirlo (...) La ciudad multiplica sus laberintos pero también intensifica su afán de muerte. (...) La ciudad es una reencarnación de la reencarnación de una desesperanza". (Imagen, 1994)

 Armando Romero. Escritor colombiano

 

 

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