ANTONIO COLINAS, POETA EN EL QUE POESIA Y PENSAMIENTO SE TOCAN

Lento respira el mundo en mi respiración

A la pregunta de Hölderlin, "para qué poetas en tiempos de miseria", podría responderse: para que Antonio Colinas revele a Lázaro Alvarez "lo que simplemente tenía que decir, y decirlo con sinceridad", lección aprendida de Machado. Entre estas voces y otras como las de los místicos, el poeta español ha erigido una vasta obra, de "lenta y pausada gestación" —como apuntara María Zambrano—, para cultivar lo que ha llamado "la poética de la mansedumbre, que es aquello que viene después de la prueba, después de la dificultad". Recién ha muerto su padre, recién entrega a los lectores su Nuevo tratado de armonía

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Fotos: cortesía Lázaro Alvarez
Antonio Colinas: "la palabra del poeta sigue siendo palabra minoritaria

pero palabra efectiva y vigente"

Bajo la luz fría del invierno, en el popular café La Rayuela, en la Rúa Mayor de la dorada y milenaria Salamanca, ciudad donde ahora reside, el poeta Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946) accede a esta conversación, sencillo y cordial, para hablarnos sobre su poesía y sus últimos libros. Perteneciente al llamado grupo de los "novísimos", pero a su vez distinguiéndose notablemente de sus compañeros, su voz viene a ser "la menos estruendosa, la más pura y la más espiritual de su generación", como diría Barnatán.

LA: La última edición del volumen El río de sombra (Treinta años de poesía, 1967-1997), recientemente publicado y que recoge toda la poesía que has escrito, se inicia con lo que fue tu primer libro, Poemas de la tierra y la sangre, marcado por imágenes de la tierra natal, León, y culmina con el último, Libro de la mansedumbre. En todos hay, de algún modo, la huella de un espacio y un tiempo esenciales. ¿Podría decirse que toda tu poesía está marcada por esa aspiración a la recuperación de un espacio primordial donde se juntan de un modo especial el paisaje de la meseta castellana y el paisaje del Mediterráneo?
AC: En efecto, la tierra juega un papel primordial como paisaje en mi obra. La naturaleza, la tierra no entendida simplemente como lo rural, como un signo costumbrista, sino como una especie de fuente que no cesa de manar y de proporcionar cosas al escritor. Hay, en efecto, un lugar de la memoria, un espacio primordial que es, más que el de la meseta, el del noroeste de la Provincia de León que va desde las riberas hacia la montaña. Y ese es el lugar donde tuve las primeras contemplaciones. Así que también crear, escribir, es una forma de contemplar. Constantemente fluye ese espacio de la memoria de la infancia, de tal manera que lo más local termina siendo lo más universal.

—Hay, quizás, una fase de tu escritura, la última, en que estos paisajes diversos se conjugan, se equilibran…
—Sí, en los últimos libros, en Los silencios del fuego y en el Libro de la mansedumbre estos dos polos se concretan aún más y, entonces, este paisaje de los orígenes es más bien el paisaje mesetario, paisaje de los místicos, mientras que el paisaje mediterráneo es más sutil, más alusivo.

—Pero hay otros lugares biográficos importantes como Córdoba…
—Sí, es que Andalucía fue para mí muy importante porque viví en Córdoba tres años y allí descubrí la poesía. Allí se me reveló la poesía a los dieciséis años, que es cuando todos escribimos ese primer poema balbuceante y, sobre todo, donde tuve lecturas importantes de autores de la generación del 27, de algunos poetas latinoamericanos como Neruda.

—Luego, la experiencia de vivir en Italia e Ibiza.
—Sí. A Italia fui por unos meses para hacer una sustitución en un Lectorado en la Universidad de Milán y me quedé cuatro años. He escrito un libro, el más conocido de los míos, Sepulcro en Tarquinia, libro que nace en Italia y en el que hay dos mundos. Siempre hay esa presencia muy viva del mundo italiano, con esa evocación o esa añoranza del mundo del noroeste, que también fue muy romanizado. Luego, los 21 años que he pasado en Ibiza, isla del Mediterráneo que ha sido también una experiencia muy fuerte en la medida en que mi obra creció bastante allí.

—Creo que has dicho alguna vez que tu obra puede dividirse en dos grandes períodos marcados por la escritura de Sepulcro en Tarquinia.
—Se podría dividir en antes y después de mi estancia en Italia. Y a partir de Astrolabio, que es un libro donde hay un mayor tono reflexivo, meditativo, y todo este proceso de desnudez, de búsqueda de la pureza del lenguaje. Eso que se decanta, sobre todo en los dos últimos libros donde brota un poco lo que he llamado la poética de la mansedumbre, que es aquello que viene después de la prueba, después de la dificultad. La mansedumbre no es solamente la expresión de un estado plácido, de lo búdico, de lo equilibrado, sino de lo que viene después de la prueba.

—También se ha señalado con frecuencia a tu poesía como una "poesía de la fusión", en relación a la asimilación de elementos de diversas tradiciones culturales en ella, como el budismo, el cristianismo, los presocráticos, el platonismo, la cultura clásica grecolatina, el Renacimiento…
—Como comencé diciendo, yo tengo un concepto universalista, abierto, de la creación. Y esto me permite hacer una serie de lecturas decisivas y aceptar, también, diversas formas de conocimiento. Así, por ejemplo, la valoración que hago del misticismo, que no es un misticismo exclusivamente cristiano sino universalista. O el concepto que tengo de lo clásico, donde lo clásico, para quien lo reciba con los ojos del universalismo, puede ser lo más moderno. Hay, por tanto, este diálogo, a través de lecturas, con distintas corrientes poéticas y también del pensamiento, algo que ya fijé en el libro de poemas Noche más allá de la noche, libro en el cual cada canto es una aproximación a distintas culturas. Pero sobre todo, hay ese diálogo con algunos pensadores como Mircea Eliade, María Zambrano, Jung, que han aproximado en los últimos tiempos mi poesía al pensamiento y a la filosofía. Quizá sea el límite ideal de la creación, ese límite donde poesía y pensamiento se tocan.

—Valoración esta que no está determinada por un puro afán de erudición sino por un interés en lo que estas tradiciones tienen de herencia espiritual.
—Sí. Yo publiqué una vez un ensayo que abre mi libro El sentido primero de la palabra poética en el cual, precisamente, establecía una especie de corriente en el tiempo, una especie de cadena de lo que yo llamaba del "pensamiento inspirado", una cadena que parecía muy atada, desde muy atrás, desde el pensamiento primitivo oriental y que pasaba por Platón y los presocráticos, los neoplatónicos, Dante y el romanticismo esencial. No he hecho otra cosa que una lectura personal y nueva —y una interpretación— de estos viejos temas.

—Se ha etiquetado tu poesía, quizá por eso, como "culturalista", como de un "neorromanticismo irracional", etiquetas con las cuales no te sientes muy cómodo.
—No, no me he sentido muy cómodo con eso del "culturalismo" porque es una lectura ligera, caprichosa, provocadora de la cultura. Y yo he dicho que la cultura tiene que ser sinónimo de vida, puesto que si no, para mí, no es tal cultura. Lo mismo se puede decir de la etiqueta de neorromántico, que acepto en la medida en que estemos hablando de un romanticismo esencial, más puro, que es el romanticismo centroeuropeo de Novalis, Hölderlin, Keats, Shelley, o el de parte de la obra poética de Leopardi, autor a quien he estudiado y traducido bastante.

—En cuanto esta poesía tiene de aspiración a un conocimiento absoluto…
—Es decir, la cultura y el romanticismo o neorromanticismo en la medida en que son algo que alude a lo esencial en el hombre, un diálogo con la totalidad. En este sentido son movimientos que acepto.

—Y el interés por tradiciones místicas y religiosas tan distintas como taoísmo, zen, cristianismo primitivo, o más cercanamente la poesía de San Juan de la Cruz, marcan también de un modo muy palpable tus últimos libros de poesía y de reflexión. ¿Cómo se reúnen aquí tan distintas opciones del poeta y del místico?
—Bueno, acaso el misticismo sea el cauce para que discurra ese tipo de poesía que va renunciando a los sentimientos y que va renunciando al pensar y que, en efecto, parece caminar hacia el silencio. Por eso hay como un doble interés por el fenómeno del misticismo, donde, por una parte, es una actitud universal del ser humano el preguntarse por los grandes temas y, por otra parte, a través de una poesía y de un pensamiento muy sutiles, como es el caso de San Juan de la Cruz, se va hacia el silencio, el silencio como expresión de plenitud, como esa nada fértil de la cual habla San Juan, como esa noche oscura en la que el ser humano se hace las preguntas últimas.

—El "río de sombra", que da título a la compilación de toda tu poesía hasta ahora, sería la imagen de esa "vida profunda y retirada que queda bajo la historia", según la expresión de María Zambrano. Desde allí, ¿se puede decir que tu concepción de la poesía está más cerca de la que concibe la poesía como vía de conocimiento más que como simple testimonio de lo real?
—Para entendernos de prisa, no soy lo que suele llamarse un poeta testimonial. Eso no quiere decir que no reconozca el valor de la poesía testimonial auténtica. Lo que sucede es que yo creo que a la poesía le está destinada una misión que no le está destinada a otros géneros como el ensayo o el periodismo. Siempre recuerdo aquella frase de Ezra Pound que decía "nunca digas en un poema mediocre lo que puedas decir en un artículo excelente". Quiero decir con ello que para mí la poesía tiene una misión más escogida, que la poesía es la búsqueda de la palabra nueva. Es un diálogo con el misterio, como decía Saint-John Perse, una profundización en el misterio de la existencia, sobre todo en la búsqueda de una palabra verdaderamente nueva que no sólo fotografíe la realidad sino que la trascienda.

portada1.jpg (11687 bytes)—Sobre todo en una época en que, además, se ve a la lírica como una opción rezagada frente a los acontecimientos más cruciales de este siglo que muere…
—Sí, puede haber momentos en que esté rezagada y entonces allí surge la pregunta de Hölderlin, "para qué poetas en tiempos de miseria", y la frase de Adorno sobre la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz; pero yo soy optimista y esperanzado. Y digo que, precisamente, en estos tiempos de crisis, en estos tiempos de duda, en estos tiempos de poderes, en estos tiempos —hablando ya del mundo literario— sometidos al comercio de la literatura y a los best-sellers, la palabra del poeta sigue siendo palabra minoritaria pero palabra efectiva y vigente. Creo que los que vienen, si no van a ser, debieran ser buenos tiempos para la lírica.

—La poesía tuya es, precisamente, una apuesta, una apuesta de la poesía vista como búsqueda de una voz muy pura, que la hace ir más a contracorriente todavía.
—Sí, es otra forma de testimoniar, por deshacer un poco el tópico de la literatura testimonial. En estos tiempos es una apuesta y un reto serle fiel a una creación pura, desinteresada, y es también una forma de rebeldía, si se quiere. Luego hay esa otra pureza formal del poema que yo también le pido a la literatura. Que el poema conmueva al lector, lo emocione, que sea un mensaje intenso y que tenga cierto grado de pureza.

—Hay en ello una gran devoción por la belleza.
—Bueno, sí, una apuesta por los antiguos ideales de verdad y belleza: de belleza pero con verdad.

—¿Y el diálogo de tu poesía con la poesía contemporánea o más actual? Creo que has dicho en tus ensayos de tus afinidades con la poesía de Machado, Aleixandre, Juan Ramón Jiménez, y en un panorama más amplio, Rilke, Pound, Montale. Y con poetas hispanoamericanos mencionas más frecuentemente a Neruda y a Paz.
—Tengo que decir que los autores españoles siempre estamos en deuda con los autores latinoamericanos, sobre todo en este siglo con esa presencia que tanto influyó en nuestra poesía como lo fue la de Rubén Darío. He hecho, desde luego, lecturas más intensas o completas de determinados autores como por ejemplo, ya lo he dicho, Pablo Neruda, Octavio Paz, César Vallejo, Lezama Lima, Huidobro. Un autor que también he leído con bastante profundidad últimamente es Gonzalo Rojas, pero no quisiera, dando nombres, olvidarme de otros; pero, en fin, se trata sólo de mostrar alguna afinidad que he tenido con algunos autores. Esta pregunta me sirve, también, para lamentar el conocimiento siempre incompleto que tenemos los autores españoles de las voces últimas de América, acaso por falta de comunicación o por un problema muchas veces de tipo editorial.

—Decías antes que, después de la dificultad, viene la mansedumbre. ¿Definiría esta actitud la última fase de tu poesía? Me refiero, sobre todo, al Libro de la mansedumbre, libro que pareciera ser uno de esos libros culminantes de una poética.
—Creo que este afán mío de ir hacia esa poesía de un tono más humanista madura en este Libro de la mansedumbre. Es un libro que aprecio mucho y creo que, también, los lectores y la crítica han celebrado. En el fondo no he hecho otra cosa que lo que decía Machado de dejar que el ánimo diga lo que simplemente tenía que decir, y decirlo con sinceridad. La mejor prueba de ello es una serie de poemas que podríamos llamar domésticos, que hay en este libro. Poemas sobre los hijos, sobre los padres, sobre mi perro. Yo tenía una gran reserva hacia estos poemas cuando los escribí. Pensaba que tenían algo de impúdicos. Pero luego me he sorprendido al ver, cuando se publicó el libro, que eran los que suelen preferir los lectores. Es decir, que ha habido ese abrirse y sincerarse que el lector ha interpretado positivamente.

—Sabemos, también, que te has ejercitado en otros géneros: la novela, el relato, el ensayo…
—Sí, tengo dos novelas publicadas en Seix-Barral y un libro de cuentos, Días en Petavonium. Y tengo ahora un libro de memorias de la infancia, El crujido de la luz, que acaba de salir. Este es un libro muy importante para comprender el conjunto de mi obra, porque es un libro de memorias hasta los diez años, de la primerísima infancia. Allí creo que aparecen muchas de las claves que servirían para interpretar mi obra. En él aparecen los símbolos primeros, como el de la nieve, las primeras canciones, la iniciación a lo sagrado; mundos de la naturaleza, como el río y el monte, que son los dos paisajes de mi infancia. El crujido de la luz es el crujido de la nieve cuando se pisa. Es uno de los primeros recuerdos que tengo de mi vida. Es una luz que está llena de significados y de simbología. No es esa otra luz que ha tenido mucha importancia en mi vida, que es la luz mediterránea, una luz más blanca, más fogosa. La luz concreta de la niebla es una luz más tibia pero también muy blanca. Menos fogosa pero más pura y más fría. Y, sobre todo, en el último capítulo hay un diálogo con la página en blanco que es esa página de la que brota el primer poema, que no es este poema de la adolescencia, sino este poema mucho más primitivo, escolar si queremos, pero que es indicativo de por dónde iba a ir mi voz.

—Y ahora, ¿no estás escribiendo poesía?
—No. Ahora, en lo inmediato aparecerá el Nuevo tratado de armonía que publicará Tusquets. Es un complemento del anterior, sólo que en este libro aparece el tema de la armonía pero junto a un elemento nuevo que es el mal, en su sentido cósmico, al que se le da una resolución yo creo que poética.

—Creo que en tu último libro de poesía también aparece alguna referencia al mal.
—Sí, en el Libro de la mansedumbre ya aparece un poema que se titula "La visita del mal". Es, entonces, este mal, ya digo, cósmico, inevitable. Pruebo a ver cómo puede neutralizarse: es este tema, por otra parte, eterno. De siempre.

portada2.jpg (12398 bytes)—Pero, en general, no sabes qué vías puede tomar ahora tu poesía.
—No, porque estoy en una etapa de silencio poético desde hace tres años. Y tengo un poema nuevo. Se titula "En los páramos negros". Es un poema, también, sobre la tierra. Sobre la última visita que hice a esta cima que es el monte Teleno. Es un lugar muy decisivo en mi obra. Y este poema nace de esta última visita, hace muy pocos días. Es un poema que escribí al día siguiente del entierro de mi padre y, sin tener nada que ver con esto, tiene un sentido que, se podrá apreciar, quizás abre una etapa nueva. Es un poema fuerte.

—Hay, para terminar, una muy bella referencia en tu poesía vista como respiración, tal como se dice de diversos modos en Noche más allá de la noche: "Lento respira el mundo en mi respiración". Pareciera que se alude con ello, por una parte, al nexo indisociable de la palabra y el mundo, y, por otra, a la necesidad rítmica, es decir, a la vocación por la belleza formal de tu palabra poética.
—Hay una condición ineludible que debe tener el verso y es, creo que lo dijimos, el ritmo. El ritmo que implica musicalidad y que, en último extremo, va acordado con la respiración. De tal manera que el verso que se dice, el verso que se repite, es el verso respirado. Hay en el Nuevo tratado… uno de los pensamientos que alude a esto. En concreto se refiere a una frase de Thomas Merton que dice "Vivir es orar respirando". Y esto es, también, en el fondo la poesía. Hay, además, una relación etimológica entre respiración e inspiración.

Lázaro Alvarez. Ensayista y poeta

 

Nuevo tratado de armonía

A lo largo de los treinta y dos versos
del canto XXXV de mi libro Noche más
allá de la noche
, yo luchaba por decir
lo que Thomas Merton había resumido
en sólo cuatro palabras: "Vivir es orar
respirando".

***

De repente, hoy me pareció
que todos los libros que me rodeaban
y en los que aprendí, se habían como
congelado, eran de hielo. Mientras,
en mi pecho, sentía una fuerte
hoguera de amor.

***

La soledad, esa fría, dura, desnuda
soledad que sólo se siente tras
la ascensión, en las cimas.

***

Mediados de marzo. El primer ruiseñor
canta en la mañana de los pinos.
Nos sorprendemos al observar cómo
ese sonido tan fresco, tan delicado,
se lleva de repente todos los pesares
y angustias del invierno.

***

Este año hemos pasado repentinamente
del verano a la primavera. Aún es
noviembre, pero sentimos de qué
manera están cambiando los ciclos
estacionales. Ya hay narcisos en el
torrente y abejas en los limoneros
y en los nísperos floridos. ¿Hacia
dónde nos conducirán estas
alteraciones climáticas?

***

Con qué pureza se revela el mundo
al alba. Cada luz, cada aroma, cada
sonido, están recién hechos. Alguien
parece poner en orden el mundo en
esta hora prodigiosa. Luego, a medida
que la mañana avanza, crece la
desarmonía fuera y dentro de nosotros.
Sucede sin más que, a medida que el
día avanza, es la muerte lo que crece;
esa muerte que según Sabiduría (I,13)
"no fue Dios quien la hizo".

***

En el tiempo o en el espacio
—no sé exactamente dónde— hay algo
que se abre y que se cierra, y que,
haciéndolo, nos facilita o nos complica
a diario la vida. Hay en el tiempo
o en el espacio canales de energía
que encauzan dulcemente nuestras vidas
o que se oponen a ellas.
¡Quién pudiera fluir siempre
en la invisible y silenciosa corriente
de la armonía infinita!

***

Hay días en los que sentimos
ahondarse más y más a nuestro
alrededor vacíos y silencios. Ahondan
en la negación de lo que hacemos
y de lo que somos, pero sentimos
—junto al lógico pesar— la feliz
impresión de que nos enriquecen,
de que vaciándonos y silenciándonos
nos enriquecen. Acrecientan
los silencios sin saber que, al hacerlo,
nos desnudan, y al desnudarnos nos
purifican. El silencio de los humanos
y el silencio de la naturaleza son hoy
un único silencio. Extraña (pero cierta)
conjunción armoniosa.

(Fragmentos inéditos de una primera versión,
seleccionados por Lázaro Alvarez).

 

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