DIARIO POSTUMO: UN JUEGO CON Y CONTRA EL TIEMPO
Eugenio Montale más allá de la muerte
En 1996 Italia conmemoró los cien años de Eugenio Montale (Génova 1896-Milán 1981).
Hoy, en 1999, Alejandro Oliveros, conmovido por la aparición en castellano
del Diario póstumo, rinde homenaje al poeta que en sus primeros libros dialoga
con la soledad y el desamparo, consigo mismo luego, hasta sucumbir a lo amoroso
en sus últimos poemas, escritos durante diez años y dedicados a una joven a quien deja
la extraña misión de publicarlos seis cada año después de su muerte. Extraña también
su temprana atención a la obra de Díaz Sánchez
Foto: ArchivoEn 1996 se cumplieron cien años del nacimiento de Eugenio Montale, muerto en septiembre de 1981. Toda Italia se dedicó a conmemorar la ocasión. Todos los sectores de la sociedad decidieron involucrarse en el acontecimiento. La unanimidad, que en este país está reservada exclusivamente para apoyar las actuaciones de la squadra azzurra, acompañó la celebración. Entre nosotros, algo parecido sólo se dispensa a los héroes de la gesta fundadora. Uno teme que a poetas como Octavio Paz les ocurre lo mismo. Y Borges no pudo escapar este año a la amenaza. Hay quienes dirán que se lo merece.
Tal vez lo más permanente del año conmemorativo haya sido la publicación de la opera omnia de Montale en la colección "I Meridiani", de Mondadori. Cinco tomos, de los cuales el primero dedicado a tutte la poesie. En otros tres se recogen sus dilatadas colaboraciones para la prensa, escritas entre 1920 y 1979. El último se encarga de la prosa autobiográfica y piezas varias. Casi ocho mil páginas editadas de manera intachable y exhaustivamente anotadas. Un monumento editorial que recuerda las mejores entregas de La Pléiade.
Montale pertenece al reducido grupo de poetas que, en nuestro tiempo, fueron objeto de una acogida que me atrevería a llamar de universal. Perse, Neruda, Pound, Rilke, Ungaretti, Valéry, Pasternack, han sido otros. En la temprana fecha de 1928 se publicó alguno de sus textos en The Criterion, la influyente revista de T.S. Eliot. Una antología de sus poemas apareció en francés en 1946. Más tarde, en 1966, Gallimard editó en tres hermosos tomos lo que hasta ese momento era su poesía completa. En 1969, una selección de su obra se integró a la difundida serie "Penguin Modern Poets". Otras ediciones se sucedieron en Suecia, Noruega, la Unión Soviética, Rumania, Siria, Alemania, Dinamarca, Hungría, Suiza. Entre sus traductores: Mario Praz, Robert Lowell, Armand Robin, Philippe Jaccottet, G.S. Frazer. Desde España, Jorge Guillén hizo esfuerzos para darlo a conocer en castellano. Aparte de esto, conocemos la cuidada Antología, traducida por Horacio Armani (Fabril, 1971) y la menos lograda versión de Ossi di sepia (Alberto Corazón, 1973).
El primer libro de Montale, Ossi di sepia (Huesos de jibia) fue publicado en 1925. También de este año son los Veinte poemas de Neruda y las Gravitaciones de Supervielle. En 1924 se dio a conocer el Primer Manifiesto del Surrealismo y, en 1923, las Elegías de Rilke. No obstante, la crítica reconoció la influencia de Paul Valéry. Y tal vez con razón. El tono reflexivo, meditativo había sido reconocido por Umberto Saba. Lo que es innegable es la luz mediterránea en Huesos de jibia. Y esto es suficiente para relacionarlo con el autor de El cementerio marino.
La "sepia", o jibia, a la que se refiere el título, es un cefalópodo, una especie de calamar más grande y ovalado, propio de las aguas mediterráneas. El "hueso" es una concha calcárea que se extiende por su dorso. En las playas de la Liguria natal de Montale se observan estos "huesos" entre otros detritos. La expresión reaparece en el último texto del libro: "Oh, entonces, zarandeados/ como el hueso de jibia por las olas".
El nombre del poemario es justo. Huesos de jibia, que son restos, residuos sin esperanza. Los poemas refieren la soledad del poeta que dialoga con la naturaleza de espaldas a la catástrofe en que se ha sumido el mundo. No es la soledad romántica de los "muelles en el alba". Se trata, más bien, de una "situación". Un sentimiento próximo a la angustia que una vez llamáramos existencial. Una sensación de orfandad irremediable: "la nada a mis espaldas, el vacío detrás de mí". Ser y tiempo, de Heidegger, es de 1926, y no es una coincidencia. El ser, parecen coincidir poeta y filósofo, vive en y del desamparo. Su "cura" es un ejercicio ingrato. Nada garantiza y todo lo exige. La melancolía es inevitable y la soledad la única compañía: "No me abandones tú, tristeza mía en la calle", se dice en uno de los poemas más estremecidos del libro. El poeta sabe que su condición es la de "arrojado en la muerte", como llegó a decir el pensador alemán.
En Huesos de jibia Montale escribió la poesía del hombre contemplativo, vuelto hacia la muerte como posibilidad. Es un rechazo a la actitud opuesta, la del hombre de acción que animó la I Guerra y sus desastres. La escritura de Montale es un cuestionamiento a la sintaxis "dinámica" de los poetas futuristas, aquel dionisíaco llamado a la transformación y el cambio radical. Del mismo modo desconfía de las miopes aspiraciones utópicas de sus contemporáneos socialistas. Mejor contemplar, dialogar con las olas del Mediterráneo, con el paisaje misterioso de su Liguria de la infancia.
En los mejores textos de Huesos de jibia se siente la blanca luz estival, el rumor de la brisa sobre las riberas mediterráneas. Se respira el aire salobre y ligero del mar en los alrededores de Génova, ese dulce daimon adormecedor del que hablaba Petrarca. Las voces de la costa se desplazan por estos versos envueltos en la quietud y el bochorno del mediodía. Son textos escritos por una libélula en la brisa de viejos limoneros y olivares:
Meriggiare pallido y assorto
Sestear pálido y absorto
junto al muro ardiente de un huerto,
escuchar entre espinos y arbustos
chasquidos de mirlos, rumores de serpientes.
Observar entre las frondas el palpitar
lejano de las escamas de mar
mientras se elevan trémulos chillidos
de cigarras en los calvos picos.La influencia de Huesos de jibia en la lírica italiana contemporánea difícilmente puede ser exagerada. Para algunos críticos es sólo comparable a la de La tierra baldía, el poema de Eliot, entre anglosajones. Con Ungaretti y Saba, Montale enfrentó los restos, todavía activos, de la estética d'annunziana y la estridencia de la tercamente innovadora poética futurista. La crítica fue generosa con la primera colección del poeta genovés. La tersa musicalidad de sus versos, que se oye como una partitura de Debussy, fue entendida como necesaria en un momento en el que la retórica vociferante de Benito Mussolini, prefigurada por Marinetti, comenzaba a escucharse en los amplios espacios de Piazza Venezia.
En los treinta años siguientes Montale publicará sólo dos libros: Las ocasiones (1939) y La tempestad y otros (1956). Durante estas tres décadas abandonará las costas de Liguria para mudarse, primero a Florencia y luego a Milán. Conocerá varias mujeres que aparecen en sus poemas con nombres ficticios y se relacionará con Irma Brandeis, una estudiosa norteamericana, de origen judío, a la cual dedica Las ocasiones. En fin, hacia 1939, comienza a vivir con Drusilla Tanzí, conocida como Mosca, quien será su compañera hasta su muerte en 1963. Durante estos años se inicia como crítico literario, su secondo mestiere. Para Il corriere della sera escribió más de quinientos artículos y reseñas, una de ellas dedicada al Cumboto de Ramón Díaz Sánchez. También ejerce la crítica musical mientras reúne penosamente los textos para sus dos colecciones.
De Las ocasiones son algunos de los poemas más conocidos de Montale. Ahora inevitables en cualquier antología de poesía italiana: "Dora Markus", "La casa de los aduaneros", "Bajo la lluvia", "Viejos versos". El asunto de la poesía ha cambiado, Montale se ha residenciado en Florencia y ha dejado atrás el diálogo con los elementos del paisaje marino para iniciarse en un callado diálogo consigo mismo, con el elusivo ser que lo acompaña día a día. La musicalidad, no obstante, permanece y el tono, que quisiera llamar heideggeriano, se mantiene:
aquí no hay salvación: se muere
sabiendo o se elige la vida
que cambia e ignora: es otra muerte.La primera poesía de Montale, esto es, sus tres primeros libros, se inscribe en una de las tradiciones más distinguidas de la lírica italiana de nuestro tiempo. Me refiero al "hermetismo" que tuvo en Ungaretti a uno de sus primeros representantes. La calificación es ambigua. Fue utilizada para criticar el tímido "impegno" de estos poetas. Se pensó que en aquellos tiempos conmovidos que precedieron, y siguieron, a la II Guerra, el poeta debía asumir lo que entonces se llamó, con equívoca unanimidad, un compromiso social. Lo que quería decir, expresar lo mismo que Sartre pero en versos. Y no pocos lo hicieron. Entre otros, el peor Eluard, el peor Neruda y el peor Quasimodo. En una oportunidad, Joseph Brodsky, que apenas se salvó de desaparecer en el Gulag de la "comprometida Unión Soviética, se refirió a los alcances del hermetismo en Italia: "En gran medida, se trató de una reacción de la intelectualidad italiana a la situación política de Italia en las tercera y cuarta décadas de este siglo, y debe entenderse como un actitud de autodefensa, lingüística en el caso de la poesía, contra el fascismo". Es probable. También lo es que pocas poesías más complejas, en nuestro siglo, que la de Montale. En especial, la del Montale que más apreciamos, el de Huesos de jibia, Las ocasiones y La tempestad y otros.
Diario póstumo
El canon poético montaliano lo complemetan Satura (1971), Diarios del '71 y '72 (1973), Cuaderno de cuatro años (1977) y Poesías varias (1981). En total, casi mil páginas escritas a lo largo de seis décadas y reunidas por Mondadori en Tutte la poesie. Pero una sorpresa nos esperaba a los que creíamos tener, por fin, en un solo tomo, la obra poética completa de Montale. Como bien puede suceder en Italia, un país donde la paradoja forma parte de la lógica cotidiana, Toda la poesía no quiere decir, necesariamente, "toda la poesía". En efecto, entre los actos más comentados de la celebración del centenario, se destacó la publicación de Diario póstumo. 66 poemas y otros, una colección inédita en su conjunto.
La crónica del Diario póstumo se puede leer como una historia menor de Henry James. En 1969, a los setenta y tres años, Montale conoce a una joven poeta, Annalisa Cima, que será su amiga, confidente e "hija". La relación se prolongó hasta la muerte del poeta en 1981. Montale agradeció aquel don de los dioses de la mejor manera. La que se espera de un poeta. A lo largo de los años fue dedicando poemas a Annalisa. Cuando agrupó la respetable cifra de sesenta y seis, tuvo una idea "feliz". Una manera de seguir vivo en el pensamiento de la amiga. Un seguro contra las ingratitudes del olvido. Una forma de que sus cenizas tuvieran sentido, de que sería polvo pero polvo enamorado.
No obstante, las disposiciones testamentarias no eran sencillas. No se trataba de publicar los sesenta y seis textos apenas muriera. El diseño de Montale era mucho más elaborado. Era un juego con y contra el tiempo. Ya muerto, el poeta se proponía seguir vivo. Una aspiración casi fantasmagórica. A tal efecto, dispuso, de acuerdo a un criterio que desconozco, los poemas en once sobres, seis en cada uno. Annalisa se encargaría de publicarlos de manera póstuma. Anualmente debía aparecer el contenido de uno de los sobres. Así lo hizo, con fidelidad admirable y pulcritud de miniaturista. En 1986, apareció el primero. El undécimo sobre resultó más abundoso. Con los seis de rigor se encontraba un pequeño paquete con otros dieciocho textos.
La edición estuvo a cargo de Annalisa Cima y, con el título, Diario póstumo, 66 poesie e altre, fue incluido en la colección "I classici dello aspecchio", también de Mondadori. Pulcramente traducido al castellano por María Angeles Cabré apareció, en forma bilingüe, en las hermosas Ediciones de La Rosa Cúbica (Barcelona, 1999). Los poemas de este Diario, casi siempre breves, están dirigidos a la joven amiga. Forman parte de un diálogo familiar y amoroso sostenido por más de diez años. El poeta refiere circunstancias cotidianas: "Tu edad me asusta,/te defiende y me acusa". O se expresa en términos visionarios: "Un día no muy lejano/asistiremos a la colisión/de los planetas y el cielo diamantado/terminará sumergido".
En ocasiones, como en todo diálogo que se prolonga, el asunto de los textos se acerca peligrosamente a lo trivial, al tratamiento de temas y situaciones que sólo parecen interesar a los que dialogan. Sin embargo, no son pocas las oportunidades en las cuales el gran poeta que es Montale reaparece en sus poemas. Annalisa es considerada como una epifanía. Una aparición que llegó a bendecir los últimos días del vecchio maestro: "Sólo ella percibía los sonidos/de mi silencio". En sus mejores momentos, el Diario póstumo nos regresa al Montale reflexivo y existencial:
Difícil es creer
que sea un don la vida
cuando se arrastra una
cansada existencia y vivir
hora tras hora nos tortura.A la misma Annalisa Cima el poeta de Génova refirió haber escrito estos textos en "pantuflas". Y, hasta cierto punto, es verdad. Montale escribe con una espontaneidad ausente en sus primeros libros. Y, como se sabe, nada más dudoso que una poesía espontánea. A Montale lo salva su enorme genio, y no podríamos decir que siempre.
Diario póstumo es un compendio de los alcances de la poética tardía del italiano. Una lírica con la musicalidad del Mediterráneo, la limpidez del golfo de Génova y su cielo. Noble y elegante, moderada y honda, sensual y firme. Es mucho lo que tiene del mármol, de su dureza, brillo y transparencia. Una poesía de la vejez lúcida y la contemplación detenida. El poeta no ha dejado de reflexionar a lo largo de tantos años sobre el mismo misterio del ser y su impotencia frente al tiempo: "Dudamos un instante/y poco después reconocemos/padecer la misma enfermedad", escribió en una de las páginas de su Diario. A Annalisa Cima debemos agradecer esta colección última de Montale, escrita con devoción y publicada más allá de la muerte.
Alejandro Oliveros. Poeta y ensayista
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