GUNTER GRASS DESENTERRO LA LENGUA ALEMANA Y OTROS FANTASMAS

Radical, lúcido y porfiado, antes y después del Nobel

Con El tambor de hojalata su nombre lleva décadas recorriendo el mundo, novela
que ha pasado a ser considerada un clásico del siglo XX que destaca, a juicio del acucioso
y autorizado lector que aquí celebra al autor, como "fascinante y vigorosa y terrible",
en la que resuenan los horrores del nazismo y que se erige como "un enorme fresco
grotesco acerca de la condición humana". Paradoja de fin de siglo: honores para quien
ha señalado las miserias. Pero, puntualiza Verónica Jaffé, en su también solícita lectura
del novelista alemán que Verbigracia recoge hoy, que las implicaciones políticas de la obra
de Grass "se derivan" de su escritura


Foto: Ap

A finales de la década de los cincuenta, George Steiner formuló una provocadora y apocalíptica hipótesis: la lengua alemana estaba muerta, su enterrador había sido el nefasto Adolfo Hitler. Un joven narrador alemán se encargaría en 1959 de refutarlo, pero no a través de un acalorado y acaso inteligente debate, sino en las páginas de una fascinante y vigorosa y terrible novela, que a 40 años de su publicación se ha convertido en un clásico del siglo XX. El lector avisado habrá advertido que nos estamos refiriendo a El tambor de hojalata, la primera novela de Günter Grass. El genial aguafiestas publicó luego otras dos novelas: El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963), con las cuales completó la llamada trilogía de Danzig. Cuando George Steiner leyó las novelas de Grass reconoció, en un acto de humildad muy raro en él, que la literatura alemana gozaba de buena salud.

La concesión este año del Premio Nobel de Literatura a Günter Grass no ha sorprendido a nadie. El mismo Grass en sus primeras declaraciones a la prensa ha reconocido que lo esperaba desde hacía veinte años. Creo que muy pocos, tal vez un desencantado Peter Handke o algunos miembros de las bandas neonazis, se atrevan a cuestionar la acertadísima decisión de la Academia Sueca. Pues los méritos del galardonado son tan sólidos como las piedras para lápidas que él mismo tallaba en una cantera, recién salido de un campo de prisioneros.

Un repaso, por breve que sea, a la vida y obra de Günter Grass, pondrá en evidencia la estrecha relación entre ambas. Günter Grass nace en 1927, en Danzig, al norte de Alemania, actual territorio polaco. Su padre, un alemán de clase media, trabaja en una siderúrgica, por razones de salud se retira de aquella e instala una pequeña fábrica de papel. Su madre pertenece a una etnia eslava, los cachuba, asentada desde hace siglos en la zona. A los 16 años Günter Grass es reclutado y al año siguiente resulta herido en la toma de Berlín. Luego de permanecer en un campo de prisioneros, trabaja en una mina de potasa y posteriormente en una cantera —donde desarrolla su incipiente vocación de escultor—. Los miembros de su familia, padre, madre y hermana menor, que habían permanecido en Danzig, sufren los rigores de la guerra y de manera muy particular la invasión rusa —en un episodio de horror y vejaciones que significó la aniquilación moral del núcleo familiar.

Desde muy temprano Günter Grass mostró inclinaciones artísticas. Sus credenciales como fabricante de lápidas le facilitaron su ingreso en la Academia de Artes de Düsseldorf en 1948. También prueba suerte en el grabado y en la poesía. Su primer libro de poemas: La ventaja de las gallinas de viento (1956) es un tanto jovial y experimental, y en él se nota la influencia benéfica de Georg Lichtenberg (1742-1799). A propósito, este risueño filósofo humanista y el satírico narrador Jean Paul (1763-1825) son considerados como los más ilustres antecesores del no menos amargo, hipercrítico e incómodo Günter Grass. La literatura alemana, quizá por su parentesco con la filosofía, tiene fama de seria, solemne y aburrida. Günter Grass, con su visión grotesca de la realidad, representa una excepción.

Günter Grass se casa en 1954 con la suiza Anna Schwartz (aún permanecen unidos). En 1956 se establecen en París. Allí, durante cuatro años, en un sótano húmedo, Günter Grass se consagra a la escritura de El tambor… Una vez publicada la novela, en 1959, el autor es aclamado como la revelación de las letras alemanas y convertido en un personaje insoslayable que desde entonces y hasta el presente no ha dejado de gravitar en la conciencia de su país. De El tambor… se vendieron más de medio millón de ejemplares el primer año de su publicación, y obtuvo en 1962 el Premio al Mejor libro extranjero en Francia. Centenares de nuevas ediciones, traducciones, la prohibición en los países del este, incluida Polonia y la RDA, y una excelente adaptación cinematográfica (Volker Schlöndorff, 1979) han contribuido a cimentar el prestigio de una novela excepcional.

Intentaré en las líneas que siguen hacer un breve recuento de las obras narrativas más conocidas de Günter Grass. Desconozco sus piezas teatrales y los múltiples ensayos políticos no son del todo accesibles. De su no tan escasa obra poética apenas he leído poemas sueltos.

1. El protagonista de El tambor de hojalata, Oskar Matzerath, nacido a comienzos del siglo en un puerto del Báltico, contempla desde su estatura de niño las atrocidades de la I Guerra Mundial y se niega a crecer. Tocando su tambor de hojalata atraviesa los años históricos que anuncian el advenimiento del nazismo, surca los campos de batalla de la II Guerra y asiste a los tiempos difíciles de la reconstrucción. El tambor… es un enorme fresco grotesco acerca de la condición humana y una indagación crítica sobre el sinsentido de la guerra —o tal vez de la existencia misma—. En esta novela se ponen de manifiesto las dos constantes de la narrativa de Grass: lenguaje e historia. ("La historia como un absurdo difuso"). Ambas forman una especie de simbiosis que hace de la ficción un formidable instrumento generador de emociones y que al mismo tiempo nos muestra un espejo al cual hubiéramos preferido no asomarnos

2. El gato y el ratón registra en un tono menor otros aspectos de la guerra. Un grupo de adolescentes, que ha permanecido al margen de la contienda, intenta, dentro de un ambiente enrarecido, llevar una vida normal. La guerra para ellos es algo lejano, que se hace presente, a veces, en la visita de un ex alumno de la escuela, cargado de condecoraciones. Los adolescentes, casi siempre ociosos, convierten la plataforma de un dragaminas semihundido en su lugar de encuentro, el escenario donde fantasean y juegan a ser hombres. Pero el brazo largo de la fatalidad los arrancará de su ensoñación. Esta novela, por su frescura y brevedad, es quizá la introducción más recomendable al complejo y a veces barroco universo narrativo de Günter Grass.

3. En Años de perro Günter Grass afina sus instrumentos narrativos. Valiéndose de la alegoría y basándose, en parte, en sus experiencias como minero, realiza lo que podríamos llamar un ajuste de cuentas con la historia reciente de su país. Centrándose, por supuesto, en el absurdo bélico que dejó en ruinas a la Europa de la razón. Novela difícil, entramada y abierta al mismo tiempo, que apuesta por lo fragmentario y por el uso de múltiples voces narrativas, y que se mueve a ratos en el filo de la ambigüedad. No es una prédica acerca de la culpa, menos aun una justificación de la naturaleza del mal. Se trata, más bien, de una reflexión profunda y cuestionadora de la historia. De los conflictos más elementales de los sobrevivientes. De una visión global sobre el ser alemán —cuyo equivalente más próximo, por su parentesco satírico, lo hallaríamos en La edad del pavo del ya citado Jean Paul.

Después de la trilogía de Danzig, Günter Grass no ha cesado de insistir en su actividad como escritor. Detenerse en la decena de ficciones que lo han conducido hasta su última narración, Es cuento largo (1997), sería una tarea que rebasa los límites de este espacio y nuestra propia capacidad de lector. Sin embargo, no podemos pasar por alto alguna información adicional.

4. El rodaballo (1977) es la apuesta de mayor envergadura de nuestro autor luego de ese tour de force que significó la trilogía. En esta novela monumental, de indudable aliento épico, que tiene como eje central la alimentación y su historia, Günter Grass vuelve a su amado territorio: Danzig, convertido ahora en Gdansk, el puerto polaco que sirviera de escenario a la revuelta obrera de 1960, germen del movimiento Solidarnosz. El antiguo conflicto bélico sigue vivo en la memoria, el Holocausto es algo que no se debe olvidar, hay que recordarlo siempre para evitar su repetición. Con esta fábula laberíntica y barroca, Günter Grass confirma su talento de narrador y por segunda vez se convierte en la figura más visible y de mayor prestigio de las letras alemanas contemporáneas.

5. En Anestesia local (1969) Günter Grass utiliza materiales más inmediatos: el clima que se respira en la década de los sesenta. La novela es, de cierta manera, la respuesta del autor a las revueltas estudiantiles de la época. A propósito, en una entrevista concedida al narrador mexicano Juan Villoro, Grass apunta lo siguiente: "El 68 fue el último año en que pareció posible cambiar las cosas. Ahora la catástrofe se ha vuelto tan compleja que desafía las nociones canónicas de ‘esperanza’ y ‘desesperación’".

6. En Diario de un caracol (1972), quizá su novela más personal, Grass da cuenta de sus experiencias como activista político. Apoyó a Willy Brandt, el legendario canciller, y hasta 1992 perteneció al Partido Socialdemócrata. Renunció cuando éste se opuso al derecho de asilo político. La posición política de Grass sigue siendo la de un radical activo y polémico.

7. Malos presagios (que en el original alemán tiene también el sentido de Gritos de sapo) anuncia los desastres del futuro derivados de la sobrepoblación, el hambre, la destrucción de la naturaleza. Quizá estas nuevas preocupaciones del autor tengan su origen en los continuos viajes que ha realizado en los últimos años al llamado tercer mundo.

8. La ratesa (1984) es una fábula a lo Swift, en la cual se plantea la posibilidad de un desastre nuclear. Sólo la rata sobrevivirá.

Son varios también los ensayos, siempre polémicos, que Günter Grass ha dedicado al tema político y social. Es bien conocida, por pública, su postura radical en torno a la intolerancia. Así como su solidaridad manifiesta hacia los desplazados de la sociedad. Bastará con citar un ejemplo: el mismo día que se le anunció la concesión del Nobel, Grass expresó que donaría parte de la bolsa para la fundación que lleva su nombre, que se ocupa de proteger a los gitanos del este de Europa.

9. En 1991 Günter Grass publicó una serie de poemas (Madera muerta) en los que canta la muerte de los bosques europeos. No se trata de una cándida declaración ecológica sino de otra alegoría: también la mente de nuestros contemporáneos está amenazada por la lluvia ácida —que es, a fin de cuentas, una representación del progreso.

Resulta por demás significativo que el último Premio Nobel de Literatura de un siglo que será recordado por la aberración del Holocausto haya sido concedido a uno de sus cronistas más lúcidos y porfiados: un ciudadano alemán.

La capacidad fabuladora de Günter Grass es admirable. Y su visión del mundo, habiendo sido él un testigo privilegiado de una época tan controversial, no puede ser otra que la de un humanista. El mayor sentimiento que se desprende de sus escritos es la compasión.

Ednodio Quintero. Narrador

 


Los tiempos barrocos de Günter Grass


Foto: Reuters / Jochen Eckel

Que el enano Oskar Matzerath comente la historia alemana con los golpes sobre su tambor de hojalata y sea visto así como una versión nórdica del pícaro español ya es interpretación aceptada de una de las novelas más conocidas de la Alemania de posguerra. Que sea más que un pícaro, la metáfora para un país y un tiempo entregados a la violencia más salvaje y la crueldad más sofisticada es lectura que la película de El tambor de hojalata popularizó en el mundo entero.

Ahora es Grass el último Premio Nobel de este siglo, redoble de tambor para cien años que encierran, según muchos historiadores, horrores nunca antes vistos, desastres mucho más grandes que el bíblico diluvio universal. Y muchos de estos horrores se asocian con el nombre de Alemania, tradicionalmente hecha responsable de dos guerras mundiales, un genocidio y unos cuantos espantos más. Parece pues un perfecto broche de oro si se entiende este premio como comentario de la Academia Sueca sobre el año 2000.

Hasta aquí la versión más común del premio, tal como puede inferirse de los comentarios periodísticos publicados. Las actividades políticas de Grass en los sesenta y setenta, su crítica a la reunificación alemana, sus comentarios sobre la actualidad mundial reafirman esta dimensión política de su literatura, de su vida. Más que tamborilero parece un hombre orquesta, a la vez novelista, poeta, pintor, político. Y un intelectual y creador lo más lejano posible de cualquier torre de marfil, de cualquier conservadora dedicación al arte o a la poesía. Grass, talento renacentista y no tanto barroco, entonces.

Sin embargo, este retrato responde más a un Grass autor de El tambor… y por ello guionista de la película, un Grass que, cual Zeus tonante, arremete tanto contra el señor Kohl y su unificación atropellada y atropellante como contra unos socialistas pusilánimes y xenófobos. Ciertamente Grass ha escrito críticas y hecho comentarios políticos fuertes y la prensa de su país, y no sólo de él, lo busca como uno de los escasos oráculos internacionales de hoy. Pero su resonancia oracular deriva de su condición de escritor, que significa hombre dedicado a la escritura, sobre todo.

Las implicaciones políticas de la escritura de Grass se derivan, y esto es lo que creo premió la Academia, de esa escritura. En ella la visión más simple de una realidad y de una historia horrible que se hace presente en la ficción para ser vista y criticada por, digamos, los ojos atentos de un niño que decidió no crecer más y que se convirtió así en testigo privilegiado con perspectiva vertical y ascendente queda en entredicho. Ya lo han notado los estudiosos: Oskar Matzerath el Wunderkind de la modernidad, no es la inocencia individual frente a la barbarie pública, es un enano retrasado, traidor, impotente, posiblemente perturbado mentalmente. Un pícaro, sí, pero de la peor calaña, porque es sobre todo un mentiroso. Y nosotros sus lectores haremos bien en no confiar mucho en él porque Oskar se miente a sí mismo y a nosotros.

Esta desestabilización de la voz narrativa a través de una prosa fluida, rica, bulliciosa representa ciertamente un eslabón importante en el proceso de un género como la picaresca, pero el pícaro después de todo, y por muy mentiroso que fuera, no le mentía tan descaradamente a sus lectores. Si el mundo del pícaro era espantoso y cruel, él buscaba su sobrevivencia en mentiras y trucos. El mundo era malo, no el pícaro. Oskar el tamborilero no nos da siquiera las consolaciones de la literatura. ¿Las da Grass?

Grass es escritor suficiente como para no responder de forma clara. Su ambigüedad se basa en esa desarticulación de la autoridad del narrador, ¿qué autoridad tiene un pícaro malévolo, traidor, mentiroso hasta consigo mismo? ¿Qué autoridad tiene una voz narrativa tal, un narrador tal?

Quizás no sea muy lícito esta extrapolación apresurada. Pero no sólo en El tambor… se da esta desautorización de la literatura en la literatura misma. Otros narradores son igualmente infames, recuerdo el de la estupenda noveleta de El gato y el ratón, por ejemplo. O la amarga crítica a Brecht cuando los obreros berlineses "ensayan la revolución" en la obra de teatro de ese nombre. En el mundo barroco de Grass, en el "encuentro en Telgte", en el de El rodaballo, en el de La ratesa la exuberancia barroca de la prosa alude directamente a figuras, a imágenes del siglo XVIII. Y alude sobre todo a un tema y a una preocupación muy barroca: ante los desastres de la guerra, la maldad y la miseria, ¿qué papel puede tener un pobre escritor si la vida es sueño y los sueños sueños son? ¿Le queda el pobre rol de un pícaro revelador al menos? Grass no responde. O no lo hace unívocamente.

Su literatura pone magistralmente en entredicho a sus propios autores, sus diatribas políticas declaman una fe esperanzada en las posibilidades del ser humano, al menos en su capacidad de cambiar, de aprender. Pero sus mejores obras expresan un profundo desespero ante nuestras inmensas limitaciones.

Un perfecto escritor barroco es premiado en el último año de este siglo, pareciera una coda muy acertada para estos tiempos barrocos.

Verónica Jaffé. Poeta y traductora

 

 

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