Ultimo Sábado

Para aumentar
el silencio del mundo

Alfredo Antonio Herrera Salas, joven poeta que fuese distinguido con el Premio Paz Castillo
en su más reciente edición (1998), pareciera abrazarse al árbol —dice Rafael Castillo Zapata—
como "a un madero flotante el náufrago en medio del río raudo que transcurre". De esa manera
no sólo escapa de la confusión que reviste el afuera del poema: un mundo ruidoso lleno de lamento
y ostentación, sino que además hace suyo el silencio nacido de la sencillez de la palabra
que lo nombra. Por ello su primer libro, Cinco árboles, editado por el Celarg, "es una obra limpia"
que apenas interviene el lenguaje

A menudo ciertos poetas echan mano de una cosa en el mundo y se aferran a ella como a un madero flotante el náufrago en medio del río raudo que transcurre: ya no se les puede ver, entonces, a esos poetas sino asidos como de por vida a esa misma, sola cosa a la que rodean y merodean, a la que se entregan confiados y veneran como si se tratara, en fin, de un amuleto, un talismán. Rilke se empecinó con la rosa y perseveró en ella hasta la mismísima piedra de su muerte, clavada como otro párpado sobre su tumba de Raron, sobre el Valais. Ponge no cejó en su empeño por ponerse de parte de la más humilde de las cosas: el guijarro zarandeado fue su objeto predilecto, del que habló siempre fascinado, fascinando.

Tal vez Alfredo Antonio Herrera Salas, sin haber recorrido, ni con mucho, ni la cuarta parte del camino de estos grandes, ya haya elegido, al menos en este primer libro, abrazarse él también a una cosa en la que se demora cautelosamente como si quisiera, así, no perderse en la inmensidad de lo que, afuera, en el más allá del cerco del poema, lo tienta con su apabullante exigencia de palabras. Esa cosa es el árbol, el árbol simplemente, nombrado así en su parquedad genérica, sin nombre en alto (que tan hermosos abundan y empinados por aquí, no obstante, buenos para llenarse con ellos la boca a gusto pronunciándolos: eucalipto, araguaney, buganvilla, jacarandá; pero el poeta, sigiloso, se abstiene de esa riqueza, se apega frugal a la palabra en su esqueleto, a la palabra mínima que nombra a todos los árboles nombrables y con ella trata de dibujar un paisaje en el que apenas sobresale una copa atravesada por el viento, trazada a pulso sobre el lienzo pulcrísimo de la página). Cinco árboles, pues, está atravesado por ellos; es, a su manera, un bosque; un bosque casi transparente donde las palabras han sido sometidas a un lavado minucioso, apaciguadas en su natural estruendo, y donde el poeta, a través de ellas, apenas interviene el mundo para darnos, a cambio, su propio mundo, un mundo parco, desembarazado de grandilocuencia, de efectismo, de lamentación: mundo cotidiano donde nada llamativo pasa, salvo lo que filtra la mirada atenta y serenamente regocijada del hablante que se ve a sí mismo a través de las cosas más sencillas (como el puro árbol sin más nombre que su arboricidad). Hablante que, ciertamente, deja de verse, incluso, para desaparecer contento en lo que ve.

Por eso, al recorrer estas páginas despojadas de signos, podadas como un seto severo, uno siente que el poeta no existe, que se ha hecho transparente, que su presencia apenas turba o perturba la percepción de lo que él quiere invitarnos o enseñarnos a mirar; por eso se parece tanto al viento que recorre las copas de sus árboles; por eso es que, según él, es "casi / una persona"; por eso es que, según él, es aquello que contempla: lo que mira, la mirada que borra al que mira, la palabra que eclipsa al relator.

Arboles que ya no existen

dentro de mí
se yerguen con el viento

Por eso, finalmente, su tarea, al nombrar el mundo, es acercarse lo más que pueda al silencio; como si el lenguaje expandiera su sentido por sustracción, haciendo perceptible lo que nombra sin hacer evidente el nombre con que nombra, el acto quizás demasiado impúdico del nombrar. Porque, sin duda, hay que hablar aquí de un ascetismo; no de un miedo, digo, sino de un respeto enorme por la palabra; una sobriedad hölderliniana que retiene todo aspaviento, todo adorno, todo deseo de figurar del propio signo. Como en esa fantasía de ciertos realistas, para los cuales el lenguaje debía ser como un cristal a través de cuya lámina el escritor mostrara el mundo en su irrefutable materialidad sin que se notara nunca su presencia mediadora, en Cinco árboles, no en balde distinguido con el Premio Fernando Paz Castillo en su más reciente edición (1998) —otorgado por Armas, Crespo y Barreto—, el hablante trata de volver "a la antigua guerra del silencio" de la que ha partido, pues el poema no es, a fin de cuentas, en sus manos y desde su particular punto de vista, sino el intento de aumentar el silencio del mundo, eso que, en su desnudez, dispone eternamente la posibilidad de volver a decir, de volver a nombrar. El poema no agrega nada. Resta para dejar ver. Es una obra limpia, una mínima intervención del lenguaje en el espacio del mundo:

El árbol
Y yo
Aumentamos
El silencio del mundo.

 

Rafael Castillo Zapata. Poeta y Ensayista

 

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