Los poemas cuentan su vida

A Adhely Rivero se le anegó la casa
de su poesía


Foto: José Antonio Rosales

Agua, mucha agua corre por las venas, por la vida de este poeta bautizado
en Arismendi, en el mero centro de los llanos, allá donde fue adiestrado
en las artes de salvar al ganado y a la familia de la sequía, de la candela;
allá donde descubrió que el paisaje llanero es uno solo,
pero que el que nombran su padre y su madre,
dueños de un lenguaje depurado por la vejez, ese no se parece sino al Absoluto.
Y crece y se ordena (y se ordeña) dentro de él

«Arismendi es un pueblo que está ubicado en el corazón de los llanos centroccidentales, un pueblo de Barinas que colinda con Guárico, Apure, Cojedes y Portuguesa. Allí nací en el año mil novecientos cincuenta y seis; allí estuve hasta los trece años. En Algadín, así se llamaba la finca de papá, empezamos a formarnos en un universo de fantasías, de emociones, sentimientos de cualquier circunstancia que la naturaleza dura del llano le pudiera presentar a un niño. En Algadín era necesario, primordial, aprender las labores del llano, aprender a trabajar a caballo, en los ordeños, becerrero, quesero. Esos oficios fundan una finca y dentro de esas labores diarias comenzamos a entender lo que era la vida del llanero, lo que significa trabajar con el ganado, y aprendimos que el llano es un solo paisaje que se repite constantemente. Uno pasa de un monte a una caseta, a un estero a un monte, a una sabana y el paisaje siempre es el mismo. Del llano aprendimos que existe el verano y el invierno, agua y sequía; en la sequía padecíamos la inclemencia del sol, de las candelas, del polvo. En el invierno, era la inclemencia del agua sin ver tierra. Eso nos fue creando un corazón en dos partes que se unifican, en el verano movernos hacia las aguas para llevar el ganado y que pudiesen tomar y pastar, en esa zona que llamaban de veraneo; y en el invierno, buscar la parte de sequía donde el ganado pudiese dormir, estar a secas, estar sobre un terraplén, sobre un banco de sabana. Eso permitía al ganado por un lado, que no se les pudriese los cascos y por otro la posibilidad de estar fuera del agua.

Este poema nos va a llevar un poco a esa parte del verano, a esa parte de tener que tapiar los ríos, hacer tapas. Las tapas eran unas construcciones de barro con madera para sostener el agua, impedir que se saliera de la zona, y hacer allí una afluencia, una gran lagunita, ese aposento del agua donde el ganado iba a tomar. Era una parte cerca de la casa, y es precisamente en el río Algadín donde establecemos esas tapas, para no tener que llevarlo tan lejos, como decía mi papá: si nos avispamos este año, no tenemos que ir tan lejos con el ganado porque agarramos el agua del caño. Entonces temprano, apenas empezaba el verano, estábamos haciendo las tapas. A veces eran de quince metros, con metro y medio de profundidad, hasta de dos metros, para poder almacenar agua. Nos iba quedando esa costumbre, en la medida que eso se iba dando. En las tierras de esas sabanas había molinos, molinos de agua, molinos de viento. Ese molino estaba conectado día y noche botando agua, la cantidad de ganado era grande: superaba las setecientas reces.

Llegaba el momento en que nosotros teníamos que llenar canoas y canoas y sostener el ganado en los potreros sin beber agua un día, para acumularla. Una de las salidas, una de las maneras de llamar a ese ganado y abrirle la puerta y que se recogiera a tomar agua, era sonar las canoas con troncos de madera, una especie de bates, unas macetas; el ganado al oír ese ruido salía corriendo de los potreros a beber agua.

Esa era la manera de combatir el verano. Este poema está inserto en el libro Los poemas de Arismendi, y nace como una especie de homenaje al pueblo, del que tengo alejado treinta años, los que llevo en Naguanagua, sin perder la relación; mínimo dos veces al año estoy yendo para allá. Está papá, mamá y los hermanos, y existe el pueblo.

Siempre que se llega al pueblo uno se va haciendo extraño, mientras que una gente se va, otra llega, incluso entre los familiares mismos. A mí no me quedó otra cosa que recuperar el pueblo mítico, ese pueblo que es mío y nadie me lo va a cambiar, que voy a mantener siempre y que voy reconstruyendo en la medida de mis necesidades y de mis deseos, casi siempre vinculados en mis recuerdos de la infancia.

Entonces, para ese pueblo mítico es vital la palabra, escribir el pueblo a través de la memoria de mi madre y mi padre, cuando ellos me van narrando esa memoria constante. A ese rito de la memoria lo terminé llamando —gracias a una definición de Igor Barreto— "Historias esenciales", esas historias que ellos me van contando y que están muy cerca de la poesía, por ser una conversación de dos viejos de gran sabiduría y que sin saberlo ya han depurado el lenguaje, y nos dan la tarea de ordenar los textos, sacarle ripios y cosas.

En esos regresos que yo hago para Arismendi, lo que más disfruto es la cocina de mamá y esas historias que ella va relatando para que yo vuelva cargado y con deseos de reescribirlas aquí en Naguanagua, donde reconstruyo la poesía de ellos. Arismendi es un pueblo que no tiene un acta de nacimiento precisa, registrando por allá conseguí un pequeño escrito sin fecha y logré incluirlo en un texto que es parte de esa historia: "en la brevedad del cuento/ la tierra/ donaron media legua de terreno/ monte ralo y sabana/ traen vacas y otros animales/ abrieron un libro de nacimiento/ sin fecha..." Este es más o menos el poema, de esa relación del poema de Arismendi.

El resto del libro se va formando con esa historia de la vida diaria, el trabajo del hombre del pueblo, el trabajo del hombre del campo y así va naciendo ese homenaje a ese pueblo. Es un canto al lugar, a una tierra, en principio hasta creí que no era un nombre propicio para un poemario y resulta que, por cuestiones de las palabras, el nombre insistía en aparecer y al final lo encontré interesante.

A mí me ha tocado escribir una poesía que no ha podido estar de moda en el país, es una poesía de un lugar como algunos de nuestro país, pero yo creo que el llano es una de las zonas m*s deprimidas de Venezuela, en cualquiera de los aspectos: culturales, económicos, sociales... y me ha tocado hacer esa poesía, por ser la que me nace, por ser la poesía de donde vengo y la que conozco.

Al lado de este trabajo que yo he estado haciendo, se han realizado otros trabajos a través de los antecesores que viven en toda poesía, ya que ella no es la memoria de un hombre sino la memoria de los que la padecieron y cantaron desde su propia existencia. En principio Lazo Martí, quien vino a desarrollar una poesía que iba a describir y retratar lo que era el llano venezolano a principios de siglo, dejando una brecha importante para lo que se estaba haciendo en el país, posteriormente Enriqueta Arvelo Larriva, poeta barinesa, quien desde su lugar, Barinitas, con un nivel cultural más elevado que Arismendi, con unas condiciones distintas, tenía vialidad y mayor acceso a la cultura, unido al hermano que le había dejado un patrimonio en libros y en lo humano. Enriqueta construye una poesía desde el Pie de Monte al llano, de gran importancia para el país, hasta el momento, muy pocos han logrado en nuestra poesía que el paisaje interiorizado tenga tanta fuerza, donde el río fluya con tanta armonía.

Después de Enriqueta tenemos nombres, Luis Alberto Crespo quien siendo de la sequía de Carora se hermanó con la sequía del llano guariqueño, para hacer un trabajo de gran valor, dándonos ánimo para quedarnos en una poesía como patrimonio vital; de vida, sin temor de enfrentarnos a ella. Está Enrique Mujica Alvarez, un poeta de grandes aciertos en la poesía del llano sobre todo en su libro Vaquerías. Tenemos a Igor Barreto un poeta apureño de una calidad extraordinaria, sujeto a un sentimiento de llano y de una voluntad creadora insuperable hasta el momento en el país.

Ese grupo, aunado a un hombre que ya se nos fue, Efraín Hurtado, quien se nos fue a destiempo, sin tener la posibilidad de desarrollar su obra. Sin embargo en los pocos libros que hizo, Descampo entre ellos, nos mostró el camino, nos dijo dónde estaba la trocha hacia el llano, dónde estaba la trocha hacia el Guárico partiendo por Apure y entrando a Barinas, topando Portuguesa y regresando por Cojedes para llegar al lugar de lo que es la poesía llanera. Si a Efraín la sociología no le distrae el camino, es mucha la mula que hubiese arriado.

Desde muy pequeño yo me vengo a Valencia a estudiar en el liceo Pedro Gual y en el bachillerato me entero de que en Valencia existen poetas, están Eugenio Montejo, Reinaldo Pérez Só, Teófilo Tortolero —gran amigo—, Alejandro Oliveros, Angulo y otros poetas determinantes en Carabobo y en el país. Como tú sabes, a las influencias no escapa ningún joven poeta que esté imbuido dentro de ese medio literario tan fuerte como el de Valencia, en relación con el país. Sin embargo, la poesía está hecha de vida o de préstamos de vida, yo vengo de una vida que es Arismendi, ya a los trece años un muchacho está marcado por lo que es una vida en un pueblo, cuando llego a Valencia y me decido a escribir me digo ¿qué me toca a mí hacer? Y desde un principio miro hacia Arismendi, ese es mi norte. Estoy en Valencia y descubro que la vida como vida vale más que cualquier préstamo, entonces comienzo a escribir sobre lo que realmente me llama y a lo largo de veinte y tantos años sigo haciendo lo mismo; lo que no significa que esté de espaldas a la ciudad, por el contrario, yo siempre he estado frente a la ciudad, habitando lo que realmente me pertenece, mi vida del llano».

Antonio Trujillo es el autor de este proyecto.
______________________El realiza la selección del poema y recoge el testimonio

 

Uno sin tiempo llama
al corazón
por los que andaban
temprano
Pasamos las horas más juntos
y solos en el día
Volver a las tomas
tapear
los cangrejos
Recoger las aguas del verano
Sonar de un golpe
una madera seca
para que las reses beban
la claridad del cielo.

De: Los Poemas de Arismendi
Ediciones Poesía. Valencia 1996.

 

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