Creación

Todos escribimos. Queremos salvarnos

Stefania Mosca (1957) no ha evadido ningún género; todos parecen serle consubstanciales. Como ensayista tiene en su haber dos títulos: Jorge Luis Borges: utopía y realidad (Monte Avila, 1984) y La memoria y el olvido (Academia Nacional de la Historia, 1986). Con su novela Mi pequeño mundo (Planeta, 1996, primera de una trilogía), obtuvo el Premio Municipal de Literatura en 1997. Ahora, decidida a apostarle al minicuento
o a una versión de este, da a conocer una selección de sus Escenas cotidianas, su más reciente aventura en un mundo doméstico, encerrado, cruel, en el que no está exenta la ironía


Foto: Archivo
Stefanía Mosca: "Voy a dejar de fumar. ¿Y de amar?

 

 

Dulce esposa

A Clarice Lispector

Usualmente limpio la ropa temprano, en la mañana. El problema como siempre son las cucarachas. Unas madres cucarachas (y hasta abuelas deben ser por lo grandotas y pesadas) que rondan numerosas y silentes: apenas audible el graznido de sus antenas contra la superficie de algún papel. Brinco. Allá viene ella. La maldita cucaracha se ha refugiado en el escritorio y, vergonzosamente lo sé, no he logrado eliminarla.

Es repugnante y da miedo. La muy odiosa lo sabe. La perseguiré hasta donde pueda matarla con el zapato. Pero ella se regodea en acecharme desde los rincones, desde los libros, los aparatos de sonido o debajo del calor creciente de la Macintosh, y no he podido destriparla como sueño a veces encontrarla hecha polvo en uno de sus rincones.

De noche se hace imposible lavar la ropa. La cesta, puntualmente, después de las siete, se llena de cucarachas y no hay cómo agarrar ni la más mínima de las prendas. Ni modo, es por la mañana cuando lavo la ropa. Las mañanas son muy buenas para los estados de ánimo. Digo: uno ve el sol y es cierto: todo recomienza.

Doblo las s*banas bien calientes. Así agarran el filo correcto para abrigar el amor, si tengo suerte...

Tic, Tac...

Quería saber la hora y no había un reloj a la vista. Sin dilucidar si era tarde o estaba a tiempo, seguí, seria y con la cartera cruzada, por todo el bulevar. Atravesé la avenida Urdaneta. El muñequito de paso suspendido en verde me daba la oportunidad. Lo respeto, lo acato, pero lo odio: odio los semáforos. Aun en verde. Esa señal... Detesto el interdit. ¿Qué hora es? Los días son largos en junio, especialmente las tardes, ¿sería tarde?

En la esquina de arriba, el chichero de la avenida Urdaneta, el único que tiene ajonjolí y sirve la chicha en unos vasos de cartón blanco con bordes azules, idénticos a los usados en las piñatas de mi infancia. El chichero dijo no usar reloj. No soporta el tic tac... Ya ningún reloj hace tic tac, quise ripostarle, pero era obvio que no me entendería. De sus manos el cucharón creó una fiesta entre los pedazos de hielo irregulares quebrados a mano. Hay chicha con ajonjolí.

-Sí. Una, por favor... Pequeña- Añadí, así, de estar retrasado, ahorraría tiempo.

La chicha dulce y fría fue de lo más reponedora. La camioneta Av. Andrés Bello-Bello Campo-Chacaíto se dispuso a recoger un peatón junto a la acera y yo subí: era mi ruta, debía llegar a las seis, y no tenía claro qué hora sería. Parecían cerca de las seis, pero podían ser las cinco y hasta las cuatro y media.

Mis ojos empezaron a buscar casualmente los brazos izquierdos de los otros pasajeros. El puesto libre que conseguí estaba en primera fila y no era mucho lo que podía ver. La señora de la ventanilla de al lado tenía reloj. ¿Sería de oro?

-¿Qué hora es por favor?

Y el destello de tres cuchillos Jaia-Tzú de los grandes congeló mi curiosidad. El chofer se había detenido en la parada bajo el puente y el filo de uno de los cuchillos amenazaba su garganta.

El resto fue un asalto clásico. Prendas y dinero. Los ladrones, bastante escuetos por cierto, se bajaron caminando tranquilamente. El hombre gordo y fofo calzado en el asiento al volante quedó paralizado por unos segundos. A él sólo le quitaron el sencillo. ¿Daba gracias a Dios?

-ÁArranca esa vaina coño!-Ordenó el malandro más alto con un golpe a la lata amarilla de la carrocería. -Arranca si no quieres que te detone. Y el hombre puso la marcha y salió hacia el flujo de la avenida. Dominaba a duras penas el temblor de sus piernas y la buseta estaba como fallando.

-Es la segunda vez que me roban el aro de matrimonio- apunté.

-Qué cosas mijita- me dijo la señora de la ventanilla de al lado, viendo el espacio vacío en su muñeca izquierda. Serían las seis y quince.

Me lo temí desde un principio: era tarde.

Sueño de una noche de verano

Ella es joven, tiene el pelo negro, ondulado y está de espaldas frente a mí. En el balcón de la torre A. Sentada. La baranda del balcón me impide ver casi tres cuartas partes de su cuerpo. Nunca sabré, por ejemplo, cómo son sus pies. O si tiene heridas las rodillas. El movimiento coordinado de sus brazos supone el de sus manos sobre un teclado, pero también podría amasar o tejer o rezar el rosario o ejecutar una silente marimba. Está cerca, pero lo suficientemente lejos para no escuchar mi voz si osara ensayar un nombre, uno que le perteneciera, Laura, Marianne u Ofelia.

Si tuviera e-mail seguramente sería más importante. Existiría de alguna manera. Pero aquí estoy, mudo mi alrededor en el estupor de ver que no soy vista, como suelo presentir, desde todos los rincones de la casa. Y las cortinas nunca terminan de estar bien cerradas. Y Áah! volteo y es de noche. Las luces de la sala están encendidas y las persianas abiertas. Me vería todo el mundo. Y justo en el instante en que simuladamente escrutaba mi entorno, descubrí, en el balcón de al lado, en frente, en la torre A, con una franela amarilla, a una mujer de espaldas. Seguía el movimiento de sus brazos y su cabeza concentrada en un centro. No veía el monitor, pero ya no me cabía duda. Escribía. Qué risa. Todos escribimos. Queremos salvarnos, crear nuestras propias imágenes. Perpetuarnos.

La pena

Vuelve a aplastar el cigarrillo contra el cenicero como quien quiere rematar, finalizar, concluir, cruzar una calle y encontrar el desierto, tirar la puerta tras de sí como un disparo y Bang... (No tanto, odia la sangre).

Aplasta por última vez el cigarrillo y siente un bocado ácido ascender caliente por su esófago. Respira profundo. Dice, No, ya va, un momento. ¿Dónde estoy? ¿Seré así, Dios, así como él dice?...

El cigarrillo aún está vivo. Hay un rojo brasa mínimo deshaciéndose y humeando. Voy a dejar de fumar.

¿Y de amar? ¿Cuándo podré dejar de amar? No esperar amar, ni creer amar. Cuándo dejaré este vicio.