Una larga interrogación sobre la
existencia, la identidad, el alma dice Gina Saraceni de la obra
de Hanni Ossott. Actitud dubitativa, de perplejidad, de asombro ante el
mundo, de infinita indagación dice Judit Gerendas de esta
escritora venezolana. Ambas, Saraceni y Gerendas, en este homenaje a la
poeta fallecida el pasado 31 de diciembre, reconocen la fragmentación
de su discurso, una voz poética donde la vida y la muerte se confrontan
Foto: Eddy González
" la
exploración de Hanni Ossott ( )
es, también, una celebración de la vitalidad de lo corporal,
de la levedad del gesto, del ritmo de la danza, de la felicidad del
amor"
Formas
en el sueño figuran infinitos es el título de uno de
los primeros libros de Hanni Ossott. Pero así podría
denominarse también toda su obra, que formula insistentemente la
búsqueda del infinito a partir de una imposible forma perfecta
y desde el espacio constantemente asediado de la casa de la niñez,
con imágenes de decantada belleza. Posiblemente la muerte de la
madre sea el centro generador, no nombrado, o no siempre nombrado, de
esta poesía. En el espacio a la vez luminoso y oscuro de la casa
de agua y de sombras de la infancia se oculta la habitación
en la que se alberga la enfermedad, concentrando un horror sagrado que
marca el terrible destino de esa casa, poetizada una y otra vez, con sus
rincones y sus muebles, entre los cuales la voz poética busca incesantemente
las huellas y los recuerdos maternos.
En una visión oximorónica del mundo y de sí misma,
la exploración de Hanni Ossott, sostenida a través
de once imprescindibles libros, publicados entre 1974 y 1996, es, también,
una celebración de la vitalidad de lo corporal, de la levedad del
gesto, del ritmo de la danza, de la felicidad del amor. Es una exploración
del espacio y de la forma y, simultáneamente, de su desintegración,
en un constante diálogo de opuestos o, quizás, más
bien, de la feroz fusión de ellos. La presencia/ausencia del cuerpo
se expresa al mismo tiempo en la pura materialidad del ser, en el sí-mismo
encarnado, por una parte, y en la carencia de una presencialidad sustantiva,
en un afantasmarse hasta convertirse en apenas sombra de una sombra, por
la otra.
En una actitud muchas veces dubitativa, de perplejidad, de asombro ante
el mundo, el estilo asume en ciertos momentos el modo interrogativo, desplazando
por el espacio textual la formulación de preguntas, a través
de las cuales la poeta intenta verbalizar lo indecible, desde sus primeros
poemas hasta los desgarrados textos de El circo roto, en los que
la palabra, tartamudeante, continúa la infinita indagación.
Tal como en el poema "Ella era bella y de ella aprendí este
horror ", en donde la voz poética titubea en cuanto a
su propio decir:
¿De qué hablaré hoy?
¿de su rostro?
¿su traje?
¿de sus ojos?
La fragmentación del discurso se corresponde con una visión
del mundo que también se va fragmentando, así como se disgrega
la imagen de la madre enferma, los recuerdos aferrados a los trozos del
cuerpo, connotando, en su desnudo dramatismo, el proceso de la pérdida.
La grandeza de este universo del horror, asumido con coraje, pero al mismo
tiempo con una fragilidad que se quiebra, dentro de situaciones de devastación
y extinción, se expresa en el sentimiento trágico, en el
canto de la muerte, en el retornar, angustiado, a la imagen del cuerpo
de la madre, erizado, extraño, alienado, lugar, no del abrazo ni
del regazo protector, sino de la incomunicación, de la imposibilidad
de tocarse, un cuerpo ya sólo como enfermedad y maldición.
La apelación a la madre se hace en un tú que connota lo
femenino, a partir de lo cual puede instaurarse un intenso deseo, de amor,
de erotismo, de goce del movimiento, de danza, de requiebro. "Notas
sobre un vestido de amor", de El reino donde la noche se abre,
es un canto de felicidad, en el que las palabras se imbrican amorosamente
y lo femenino circula a través de todo el tejido del poema, con
el traje haciéndose expresión sensible del sentido de pertenencia.
La urdimbre de la tela se convierte en el entramado que mantiene cohesionado
el mundo. Se trata de lo femenino celebratorio, de la danza vital propiciada
por las delicadas texturas del vestido, del poema, del discurso.
El mar es otra presencia decisiva. Es lo que resta, frente a la muerte.
De múltiples maneras y generando distintas significaciones aparecen
el significante y sus variantes, connotando la vastedad, lo informe, lo
rítmico, la vida, la muerte. La frase melódica en relación
con la madre habla de una pleamar, vinculada con el pasado y con el movimiento
de plenitud del mar:
hubo y la vi
una pleamar.
hubo pasado
trajes hermosos colgados en el clóset
alcanfor
y la música
para apaciguar
La dulzura de la aliteración de los dos últimos versos señala,
insistentemente, a la madre, aunque no se la nombre. La femineidad se
abre a lo dialógico y se fusiona con la poesía. Imágenes
sugestivas y tersas van construyendo esa condición, la cual, de
modo imperceptible, va confluyendo hacia la belleza desgarradora de la
muerte. Esa muerte que vive dentro de la hablante, delineando un pasado
que actúa permanentemente sobre el presente y el futuro, en un
registro temporal en el que se borran las fronteras, igual que en el mar.
El tiempo se fusiona en uno solo y se rompen los hitos que en él
suelen colocar los seres humanos. El futuro se clausura, preñado
de horror, aunque en ciertos momentos de esplendor se hace posible la
recuperación del tiempo a partir del amor, aunque sólo sea
fugazmente. Se nos muestra la violenta belleza de un tiempo secreto que
socava la existencia, corrosivo y destructor, un tiempo que se hace sustancia,
adquiere otra dimensión y se convierte en casa, en espacio, en
forma.
La fusión con la muerte de la madre se expresa en un brevísimo
poema de Casa de agua y de sombras, que es apenas esto, que es
todo esto: Nunca he visitado su tumba
la llevo.
En otro poema, la reconstrucción de la imagen de la madre, a partir
de un fastuoso sombrero descrito con sensualidad y alegría, ofrece
una señal mínima de su fugaz paso por la existencia. El
tiempo humano se opone a la vasta permanencia representada por el mar.
Dentro de situaciones de devastación y extinción se siguen
produciendo imágenes de mundos de vida y de fantasía, para
terminar por llegar a una desolación sin lágrimas, el dolor
de la extinción expresado en la desgarrada palabra de la poeta,
que ve pasar la muerte, casi como figura corporeizada, en medio de la
colectividad y en la soledad de la noche, cuando constata, con fervor
y reverencia, con mirada despiadada, que los muertos continúan
presentes en las casas que fueron de ellos, casas en las que todos se
están extinguiendo permanentemente.
La muerte de la madre ha marcado un punto en el tiempo. Todo lo que viene
después carece de límites, es infinito: el denso signo que
se ha colocado inaugura la larga historia de soledad y dolor.
Hace algún tiempo escribí un artículo titulado "Espacios
en la poesía de Hanni Ossott" (Ateneo, Los Teques,
Nº 15, 2001), el cual concluía analizando el extraordinario
poema "Del país de la pena", de El reino donde la
noche se abre. Terminaba destacando el verso inicial, ése que
dice: "¿Quién soy? '¿La luz que ilumina
esta verja, esta tierra?'", y el último: "Es la luz de
la Luna lo que hoy me ilumina". Poco después, releyendo Las
olas, de Virginia Woolf, por uno de esos enigmáticos
azares que tanto le gustaban a Hanni, me encontré, sorprendida,
con que en uno de los discursos de Susan ella dice: "Pero ¿quién
soy yo? ¿Quién es ésta, apoyada en la verja ( )?
A veces pienso ( ) que no soy una mujer, sino la luz que ilumina
esta verja, esta tierra".
Asombrada, revisé de nuevo el poema de Hanni, y me di cuenta del
bellísimo juego intertextual que ella formulaba en los versos que
enmarcan su poema, un juego del que había dejado sus pistas, específicamente
las comillas del primer verso, así como la referencia a la novela
de la escritora inglesa en el verso "cada ola me dicta una continuidad",
y también en el que indica al más famoso de los ensayos
feministas de Virginia Woolf, Una habitación propia, al
decir, en otro, que "Estoy en mi cuarto, en mi 'cuarto propio'".
El sobrecogedor poema, de esta manera, no es producto solamente de un
rapto, como dijo alguna vez la poeta, un trémulo interrogarse que
se va desplazando a lo largo de toda esa asombrada exploración,
sino también un homenaje, reverencial, inteligente, pensado, a
aquello que más amaba, la literatura.