Una larga interrogación sobre la
existencia, la identidad, el alma dice Gina Saraceni de la obra
de Hanni Ossott. Actitud dubitativa, de perplejidad, de asombro ante el
mundo, de infinita indagación dice Judit Gerendas de esta
escritora venezolana. Ambas, Saraceni y Gerendas, en este homenaje a la
poeta fallecida el pasado 31 de diciembre, reconocen la fragmentación
de su discurso, una voz poética donde la vida y la muerte se confrontan
Foto: Eddy González Hanni
Ossott, "voz quebrada y agobiada"
Ahora quiero algo parecido a la paz (Hanni Ossott)
los muertos
son fulgor de permanencia (Hanni Ossott)
¿Cómo
decirle adiós a Hanni Ossott? ¿Cómo despedirse
de su voz, desgarrada y tenaz, capaz de iluminar las zonas más
ocultas del ser y de la vida? ¿Cómo aceptar su desaparición,
su silencio, la interrupción de su canto, cuando todavía
esperábamos de ella una respuesta para nuestro extravío,
una plegaria que pudiese compensar nuestra incapacidad de orar? Quizás
se trate de aceptar nuestra impotencia, la falta de palabras para rendir
un homenaje digno de su nombre y de su poesía; quizás se
trate también de una despedida sin adiós porque su "grito"
no tiene fin y nos seguirá interpelando más allá
de su muerte y de nuestra tristeza por haberla perdido.
Desde Espacios para decir lo mismo (1973), Espacios en disolución
(1976), Espacios de ausencia y de luz (1982), El reino donde
la noche se abre (1987), Cielo, tu arco grande (1989), hasta
Casa de agua y de sombras (1992) y El circo roto (1996),
-entre sus poemarios más importantes- su obra ha sido una larga
interrogación sobre la existencia, la identidad, el alma, la palabra,
la nada, el deterioro, la ausencia, el extravío, la memoria, lo
sagrado, la incertidumbre, la enfermedad.
Voz en permanente duda, voz quebrada y agobiada por ese "ininterrumpido
deshacerse" de la vida y los sentimientos, por esa "promesa
de ruina" que amenaza todo intento de construcción, por esa
grieta por donde habrá de fugarse la luz de lo que un día
fue pleno y entero. "Permanecemos sólo en la brevedad",
escribe Ossott, porque "todo se desmiembra, ninguna forma
es capaz de sostenerse, ningún nombre", "eso queda: retener
en la mirada el deshacerse". No hay enmienda que pueda reestablecer
el quiebre, la desgarradura: hay que aprender a (sobre)vivir en el desierto,
a poblar la carencia, a amar lo que se despide, lo que permanece como
cicatriz de lo perdido porque también en la aridez puede nacer
una flor, la flor del poema que se eleva hacia el cielo para iluminar
nuestra precariedad y miseria.
Hanni Ossott nos enseñó a aceptar, a dejar de esperar,
a saber renovar "el vigor", "el pulso contra el agobio",
a permanecer de pie, a "prolongarnos", a pesar del desamparo
y la irreversible caída de todas las cosas. Su vuelo no fue para
llegar sino para volar, para desplegar su canto y hacer del canto una
morada, un centro "extraño, inabordable, enteramente propio",
para interrogarse y otorgarse un rostro.
De ahí que, en su obra, la poesía sea el espacio de la pregunta
sobre la identidad, el espejo donde el yo se mira y asume la necesidad
de nombrarse, de decir lo que es a pesar de la imposibilidad de asir su
fragmentación en una sola y definitiva respuesta: "Soy casa
abierta", "soy templo", "soy una trayectoria",
"soy la fisura", "soy los árboles y las plantas",
"soy el otoño, el sol", "soy cuerpo cansado de tanta
errancia", "soy el temor", "soy lo precario de
mí", "soy profesora universitaria", "soy un
pedazo de luna, / el rasgo de una playa / el arañazo de un gato ".
Un yo que se identifica con cualquier espacio donde la vida se manifiesta:
desde la naturaleza hasta la intimidad más oculta del ser y que,
por un instante, tiene la ilusión de haber encontrado una respuesta
que inmediatamente replantea la imposibilidad de una definición
única y permanente. Porque, para Ossott, la identidad nunca
es una respuesta sino una búsqueda que se realiza a través
de su incumplimiento; es la conciencia de saberse inconstante, intermitente,
carente de un contorno que pueda articular y definir lo que uno es.
Pero, a pesar de esta precariedad que desarraiga al sujeto y lo condena
al exilio de sí mismo, el yo posee una memoria: la memoria de su
origen que es el origen de su memoria, el núcleo de su identidad
inestable. Allí, en el estanque de la infancia, en las paredes
de la casa de Altamira, en el cuarto "poblado de libros, cajitas,
souvenires, postales fotos", la niña-mujer se
reconoce, halla en el traje negro de lentejuelas de la madre su "más
propio traje", "mi decir", una herencia "inscrita
en la más oculta piel". "La fuerza de la sangre"
la inscribe, la "hila", la "ata" a esa raíz
que se renueva a través del diálogo con los ausentes: "Cada
muerto, en cada casa es un habitante más", "sólo
los fantasmas nos acompañan", "quiero recobrar a todos
mis muertos", dice el yo poético en su afán por asumir
la responsabilidad de esa herencia que hay que preservar, llevándola
a cuestas, defendiéndola del olvido, padeciendo la deuda que reclama.
Porque el yo que construye la poesía de Ossott elige la
melancolía como manera de habitar la realidad: ese yo nunca entierra
a sus muertos, nunca visitó la tumba de sus padres porque "la
llev(a)" consigo. Y llevar los ausentes con uno mismo significa estar
en la realidad a medias, en un entre-lugar donde la vida y la muerte se
confrontan todo el tiempo, en un espacio aferrado a su propia indecisión
y "retardo" en el que la pérdida es una forma de posesión,
una afirmación de lo poseído, "una segunda adquisición
-esta vez toda interior- y mucho más intensa", como quería
Rilke.
Quizás podríamos decir, entonces, que ese "deshacerse"
que puebla los versos de Hanni Ossott y que fue para ella motivo
de reflexión y duda constantes es una forma de permanencia y de
"adquisición", una suerte de conciencia y lucidez que,
más allá de su despiadada verdad, nunca paralizó
su canto y su deseo de escribir ese "gran poema" "único",
capaz de contener todo el universo y que deriva sólo de la "carencia
y de la pobreza".
Nunca conocí a Hanni Ossott. La vi una sola vez, hace más
de diez años, en la Escuela de Letras de la Universidad Central.
No puedo olvidar su mirada. En ese entonces comencé a leer sus
poemarios y cada vez que los he releído ha sido un descubrimiento
y un deslumbramiento, un estímulo para mi escritura.
La noche del 31, antes de acostarme, entre los numerosos libros apilados
cerca de la cama, elegí Casa de agua y de sombras y leí
algunos textos. Al día siguiente supe que había muerto la
noche anterior. Tuve un escalofrío y recordé el "Prefacio"
de El circo roto. Allí Hanni cuenta que la noche en que
Borges falleció, ella sacó de la biblioteca sus Obras
completas y, mirando la noche, desde la ventana, "sintió"
que su poeta había muerto: "Nada del mundo exterior me lo
había confirmado (al día siguiente salió en la prensa)".
Al final del prefacio, dice de Borges lo que yo hubiera querido
decir de ella. Ese homenaje y esa despedida que no he podido escribir,
esas palabras que no he podido hallar para confesar mi deuda, llegan en
mi auxilio de la grandeza de su voz:
" lo más importante es cuidar a un poeta, mimarlo,
secretamente. Rezar por él al paso de las Noches. Para que
se nos aparezca, no sólo como un fantasma, sino con el aliento
y la fuerte voz que da el coraje. Y con esto poder decir después
que una ha dormido en paz con él. Abrazada, en Amor".