El saber poetizante de Hanni Ossott

Hacer la noche, templar el habla

Heredera del pensamiento de Heidegger, Hanni Ossott fraguó en nuestra lengua
un pensamiento poético lleno de oscuras resonancias y de conceptos contundentes como imágenes. En sus ensayos sobre temas poéticos, la poeta que ella era prolongaba la magnificencia de su discurso lírico en el despliegue argumentativo de sus consideraciones acerca del poema y de la poesía. Rafael Castillo Zapata ha releído estos textos para mostrar, como homenaje a la recientemente desaparecida escritora, la fuerza y la vigencia de unas ideas que asumen con coraje el quehacer del poema "en tiempos de penuria"


Foto: Eddy González
Para Hanni Ossott, "la voz poética surge de aquello que la
abruma y la acalla, de aquello que anonada, lo vasto"



1. Del poeta en la penuria
Ya es célebre la pregunta de Hölderlin a Heinze en la séptima estrofa de "Pan y vino": "¿para qué poetas en tiempos de penuria?". Ha sido Heidegger, sin duda, quien, haciendo pie en las palabras del poeta, ha afirmado con incontestable argumentación la pertinencia radical de esa pregunta en la escena moderna, nuestra (romántica y más allá), de la poesía, del poetizar y sus secuelas (la tarea del poema, la tarea de instaurar el ser y realizar el mundo en la palabra). En efecto, el filósofo dedicó fervientes y minuciosas páginas, en "¿Y para qué poetas?", a dilucidar el papel del poeta en tiempos de desamparo religioso, de desacralización y dominio racional de un mundo sumido, así, en la noche de una penuria que se definiría, precisamente, por el estar arrojado, sin resguardo, en el descampado riesgoso de la existencia, en esa experiencia desnuda, a palo seco, del ser ahí en su contingencia y su precariedad. Es en este tiempo de indigencia, dice Heidegger, donde el poeta está llamado a actuar de manera más comprometida y temeraria. El poeta tendría que ser el más arrojado de los hombres: aquel que, en medio de la penuria de los tiempos, alcanza antes el abismo de la "era a la que le falta el fundamento". Esto significa que el poeta está llamado a seguir el rastro del fundamento perdido: ser poeta en tiempos de penuria, dice Heidegger, un poco aparatosamente, significa "cantando, prestar atención al rastro de los dioses". Esta sería una de las razones, míticamente expresada, por las cuales el poeta moderno no puede no vigilarse constantemente a sí mismo en su tarea. Al poeta moderno le viene impuesto, como determinación del tiempo de indigencia ontológica y, en consecuencia, también semiótica del hombre, el trabajo de pensar la poesía, de pensarse a sí mismo poetizando. Heidegger lo dice mejor: "Forma parte de la esencia del poeta que en semejante era es verdaderamente poeta el que, a partir de la penuria de los tiempos, la poesía y el oficio y vocación de poeta se conviertan en cuestiones poéticas. Es por eso por lo que los 'poetas en tiempos de penuria' deben decir expresa y poéticamente la esencia de la poesía". Hölderlin fue el primer modelo que encontró el filósofo para proyectar y definir este dictamen, pues su obra, como apunta en "Hölderlin y la esencia de la poesía", "está cargada con la determinación poética de poetizar la propia esencia de la poesía", lo cual convierte a Hölderlin "para nosotros en sentido extraordinario" en "el poeta del poeta".

Inscribiendo sus filiaciones en la estela abierta por Heidegger en la tierra hölderliniana, arando ella también con laboriosa parsimonia la tierra de Rilke y repasando las zonas que el peine -a veces a contrapelo, muy a su modo- de Blanchot aclaró -o ensombreció, según se vea, y si es que tal cosa es posible- en la tierra del mismísimo Heidegger, con azarosos azadonazos en el tremedal batailleano, Hanni Ossott es, también, sin duda, entre nosotros, y para el mundo y para siempre, un(a) -oh veleidades del género- poeta del poeta. También para ella "la poesía se torna en algo cuestionable": la palabra amenazada constantemente por su propia precariedad, penetrada por el desamparo fundamental del que ella -la palabra, la poeta- trata de dar testimonio haciéndose polvo en el intento, está sitiada en el sitio del poema por un habla que es necesario templar, con temple hondo, en la noche de aquello que, desde el fondo de la existencia, la amenaza, le resta apoyo, la abandona a su suerte, en su ser para la muerte. Para Hanni Ossott, ciertamente, "la voz poética surge de aquello que la abruma y la acalla, de aquello que anonada, lo vasto". Es esta imagen de la noche la que precisamente, ahora, puede orientarnos, como primera baliza en esta brevísima exploración del vado, vasto prado de su conocer poéticamente los poemas -el poetizar mismo como tema-, tal como lo cultivó en sus sabias, sustanciosas, aproximaciones ensayísticas.

2. La noche: saber de la otra claridad
Hanni Ossott fraguó en la tradición heideggeriana un discurso particular, macerado en su propia salsa anímica, que se hace con ciertos términos (imágenes-conceptos, se diría) emblemáticos, característicos de su pensar y, por eso, estilísticamente significativos. Uno de ellos es la noche. "La noche pertenece al fondo originario de las cosas", dice. Ese fondo originario, como fundamento, es, sin duda, aquello que, oculto, constituye la esencia de todo lo existente: dominio de lo oscuro y, por tanto, nocturno, a su modo, de cuya presencia ausente el poeta trata de tantear un rastro. Todos llevamos la noche en nosotros, pero no todos los hombres están conscientes de su noche, dice. El poeta, en cambio, sí; el poeta sabe "de la noche que lo cruza". Esta consciencia, este saber la propia noche que se es, la propia noche que sostiene la existencia -aquello que ignoramos, siempre, y que nos sobrepasa, más allá de todo intento nuestro de acercamiento y de apropiación, de intelección, de ciencia-, implica un ejercicio anímico: la noche es una experiencia que el propio poeta vigilante construye en la medida en que se interna en ella tratando de hallar un claro. Por eso dice Ossott que la poesía "es un hacer noche hacia la consecución de una claridad distinta y otra". Por eso, agrega, "ser la noche para alcanzar el saber de la otra claridad, ser en la amenaza de la noche que arriesga y templa el habla para devolverla más hablante, más esencial o más desgarrada, es […] la actividad del poeta en el tiempo que dura su intimidad con el ámbito de la poesía". Hacer la noche, conceptual e imaginariamente hablando, es propiciar entonces, en el poema, la apertura de un espacio de percepción distinto al cotidiano, luminoso, del discurso asertivo o argumentativo. Hay una claridad otra que nace de lo oscuro, del paso y el traspaso a través de la noche de la conciencia, donde las formas más llamativas de la visibilidad se opacan para dar cabida a otras presencias que surgen sólo así, en este descampado desbastado de toda altisonancia de luz. Porque, en efecto, la noche ossottiana quiere decir también "acallamiento de las formas ruidosas de lo visible". La consistencia sonora de esta nocturnidad nos habla, entonces, de una doble experiencia de sustracción: hacer noche "significa también hacer silencio, deponer el lenguaje", para abrir campo a nuevas formas de revelación, de manifestación de la presencia. Este abrir campo mediante el sometimiento de todo exceso ruidoso o encandilador de la experiencia, que habla de una cierta educación de los sentidos, implica una cualidad especial, receptiva, característica del poeta que atraviesa la noche a la espera de un claro: es una condición paciente y desprovista, una forma de atención y de disposición que determina una modalidad -fenomenológica, tal vez- de conocimiento y de comprensión de lo que se presenta. "Lo esencial surge donde el disturbio de palabra y pensamiento se han acallado", dice Ossott. Una cierta situación de despojo parece, pues, consustancial a este saber que se revelaría a partir de un no-saber, de una ignorancia, en cierto modo, elegida para dejar vacante el espacio de un advenimiento que, entonces, no sólo se invoca sino que se provoca, se tienta: "se trata de deponer todo dominio y de ejercitarse en la vacancia que otorga el silencio del pensar y del hablar. Allí entonces se inicia otro saber y aparece otro iluminar". Este sería, precisamente, el saber poético. Ese saber de la otra claridad que sabe aprovechar el paso por la noche, que hace la noche para que esa otra claridad surja, para que una nueva palabra se temple con temple a partir de esa nueva manera de ver -que es, a la vez, una manera otra de escuchar, es decir, de atender y, por supuesto, entonces, de decir- sería, en efecto, el saber otro del poema. Ese saber poético es un saber, entonces, radicalmente nocturno; pero no sólo porque su fruto, el poema, pueda concebirse, acaso, como "el logro, la consecución de una racha de claridad, un resplandor breve, mínimo", que el poeta rescata en medio de la precariedad de su propio lenguaje, balbuceando "claridades en torno a lo oscuro", sino porque, además, lo que el saber poético abre en la escena de la percepción es el contacto con lo que Ossott llama la "herida esencial", y su lugar de manifestación es el cuerpo: "La obra de arte es la expresión, la voz de la fisura, por ella canta el cuerpo inconcluso que somos, el inacabamiento del deseo". Por eso, como veremos, y en una estela que alimentan las sombras de Nietzsche y de Bataille, Ossott pide restituir "la obra al cuerpo", abrazar una forma de conocimiento capaz de asumir el propio desamparo ontológico, ejercitándose en el peligro, arriesgándose al éxtasis, que sería el propio espacio de la poesía donde se hace de noche la noche. De ahí su necesidad de cuestionar el modo como se ha intentado responder la pregunta acerca del "fundamento de la acción poetizante": "¿Qué se presenta desde el saber como lo más evidente?… la herida y su persistencia. Y donde se levanta un sistema que intenta esclarecer el origen de la herida que impulsa al crear, bajo los escombros de ese sistema se abre y se revela a su vez la otra herida, aquella de quien pregunta porque no conoce y porque sus propios cimientos se fundan sobre la ausencia de unidad, el horror al vacío o la nostalgia de lo pleno".

3. La herida esencial

¿Qué puede ser esa herida persistente, siempre presente, que funda y fundamenta la operación poética que indaga en la noche de la existencia del hombre? "Lo que habla desde la herida esencial", escribe Ossott, "desde el cuerpo, desde la naturaleza y desde el soy que somos es la presencia siempre incipiente y violenta de lo que está más allá de toda habla. Lo que resuena es la parte de nosotros que se resiste al dominio de una servidumbre". Y lo que está más allá de toda habla, lo indecible, aquello que se resiste a todo dominio es, precisamente, el fondo abismal del ser arrojado que somos, del ser abandonado a su propio riesgo que somos. La herida esencial alude al desamparo ontológico que se manifiesta en la entrega del hombre al vértigo indescifrable de su propia existencia precaria, de su propia vulnerabilidad y su propia mortalidad, patentes, precisamente, en ese cuerpo suyo entregado a la intemperie de una naturaleza ignota, impenetrable, misteriosa, nocturna. La herida esencial remite, entonces, a esa "realidad anterior a toda habla, indomable, no pensable" que, no obstante, el hombre necesita pensar. Todos los saberes positivos han tratado de construir un dique racional y conceptual contra esta herida, contra este fondo nocturno y abisal de la existencia. Es esto lo que Heidegger concebía como "olvido del ser" en la civilización. Y es precisamente contra ese olvido contra lo que se alzó su pretensión de destrucción de toda la metafísica: su intento de hacer de la filosofía y de la poesía aventuras de riesgo llamadas a poner al hombre en relación con la radicalidad de su propia carencia ontológica.

Tejiendo con hilos similares, Ossott propone en su reflexión sobre la poesía otras nociones, entreveradas con redes y hebras que entresaca de Nietzsche y de Bataille. La noción de cuerpo en su discurso alude, en este sentido, a la manifestación de esas fuerzas que la razón instrumental, la técnica, la ciencia, el pensar filosófico y hasta el mismo arte cuando se deja contaminar por el miedo a afrontar ese "claro de nada que como fisura" determina todo lo existente, han tratado de evadir o de suprimir. Por eso, Ossott, al pedir la restitución del cuerpo en el saber poético, clama por una poesía destinada a procurar lo desmesurado, a provocar lo que sobrepasa, estremece, pone en relación al hombre con la herida esencial que lo fundamenta: "Lo desmesurado de la poesía como acontecer es que restituye al hombre la posibilidad de vivir el misterio y el éxtasis, por ella somos devueltos también a la memoria del cuerpo". Esta desmesura que devuelve al cuerpo, pone en evidencia que las cosas del mundo habitual, cotidiano, de los objetos y de las representaciones, de los intercambios y de los valores, "se desvelan en la inseguridad sobre la cual están sostenidas y retenidas". Por la desmesura, entonces, dice Ossott, "la poesía nos habla de nuestro desamparo". Pero, aunque, de esta forma, el arte se hace "vía del cuerpo que recupera la energía de un impulso opacado por los códigos de la conciencia", al mismo tiempo no puede dejar de manifestarse como una forma codificada, pues el arte -la poesía en particular- es también "código que contiene", y la palabra "es muro y contención, umbral en retención de los ritmos del cuerpo". Por eso, entonces, es necesario aceptar que la obra de arte, que el saber que genera el poema, es un "movimiento hacia la vida en oposición a la vida, en la medida en que intenta codificar en signos" aquello que es inclasificable, inapelable, incontenible: "La fuerza por la que fundamos el mundo" -dice Ossott, muy heideggeriana-, "la mano que traza el signo, erigen su hacer contra un espacio de escaso amparo. No contra el mal; contra lo que nos desconoce y nos ignora, contra lo que nos tienta y atrae: el espacio del anonadamiento, allí donde todo se des-puebla, allí donde el cuerpo pierde el habla y regresa a su más íntima esencia: su hundimiento en la nada".

Nota
Los textos de Hanni Ossott que se citan a lo largo del ensayo provienen de los siguientes volúmenes: Imágenes, voces y visiones (Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1987) y Memoria en ausencia de imagen. Memoria del cuerpo (Caracas, Fundarte, 1979).


"Hanni Ossott fraguó en la tradición heideggeriana un discurso particular, macerado en su propia salsa anímica, que se hace con ciertos términos (imágenes-conceptos, se diría) emblemáticos, característicos de su pensar y, por eso, estilísticamente significativos. Uno de ellos es la noche"

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

 
N 28 Año VI
Caracas, sábado
11 de enero
de 2003
 
 

El saber poetizante de Hanni Ossott
Hacer la noche, templar el habla
(Rafael Castillo Zapata)


TRIBUTO

Hanni Ossott: fragmentación, desamparo, indagación
Despedida sin adiós

(Gina Alessandra Saraceni)

Canto y muerte
(Judit Gerendas)