BIOGRAFIAS

Gabriel García Márquez:
retorno a los orígenes

El lanzamiento a nivel mundial del primer volumen de las memorias
de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, se ha convertido en el acontecimiento literario de la temporada en América Latina y España. Y es que
-a juicio de Atanasio Alegre- el desafío que se impuso el narrador colombiano
al escribir su biografía entraña "un peligro considerable": convertir en ficción,
"para ese pueblo llano de lectores", "un asunto tan real como el delicado
contenido de la propia memoria"


García Márquez pone en "movimiento una nueva retórica para la vida real"

Con música de acordeones
Dos veces, a lo largo de estas 579 páginas que componen Vivir para contarla, hace referencia Gabriel García Márquez a los cantos vallenatos. Una de ellas en memoria de Alfonso López Michelsen: "Dictaba su clase sin mirar a nadie, con ese aire celestial de los miopes inteligentes que siempre parecen andar a través de los sueños ajenos. Mejor que cualquier vínculo extraviado nos identificaba nuestra pasión por los cantos vallenatos".

Cuando recibió el Premio Nobel, en Estocolmo, en 1982, entre la escogida lista de amigos invitados se encontraba Rafael Escalona, un compositor de vallenatos. Sobre la primera página de uno de los ejemplares de Cien años de soledad escribió aquel día estas palabras: "Para Rafa Escalona, la persona que más admiro en el mundo".

La razón de esa admiración la había expresado García Márquez con anterioridad: "¿Te imaginas meter toda una cantidad de argumentos en siete u ocho líneas? Esa es la admiración que yo le tengo a Escalona y a todos los compositores vallenatos".

Pues bien, esa es una de las claves para la lectura de este libro. La vida de un hijo de familia pobre, aunque con antecedentes preclaros que le otorga un antepasado que había participado en alguna de aquellas guerras inútiles, las vivencias de la casa paterna, donde el padre no lograba sacar adelante a la numerosa prole que fue procreando, la escuela, el bachillerato, los dos años de Universidad en la carrera de Derecho, el inicio de un escritor que comienza por el cuento, se mete en el periodismo y trata de salir adelante por el arduo camino de la literatura, atento a los placenteros goces que suele proporcionar la juventud entre amigos y amoríos; todo eso no es otra cosa que prosa real, para contar la vida de un ser, descrito de momento sin relevancia, a la que es necesario transformar en episodios, a los cuales, como en los cantos vallenatos, les corresponda un argumento.

La segunda clave para la lectura de este libro de García Márquez se encuentra en la enseñanza que le diera, por imitación, uno de sus mejores maestros en el oficio del periodismo, Germán Vargas Cantillo: "Una prosa tan servicial que podía convencer al lector de que las cosas sucedían sólo porque él las contaba".

No se trata, en consecuencia, de magnificar la vida como un episodio para el cual es necesario inventar un argumento. Es, sencillamente, la tarea de contar inventando una prosa capaz de describir la realidad de una manera subjetiva que haga entender al lector que las cosas pueden ser percibidas y elevadas a la categoría de metáforas nunca antes empleadas. "El paladar que afiné hasta el punto de que he probado bebidas que saben a ventana, panes viejos que saben a baúl, infusiones que saben a misa. En teoría es difícil entender estos placeres subjetivos, pero quienes los hayan vivido los comprenderán inmediatamente".

Una nueva retórica para la vida real
En la historia de la literatura reciente corre un dicho que anula, hasta cierto punto, la pretensión de escribir autobiografías. Hermann Broch había dicho: "En algo me parece que coincidimos Kafka, Musil y yo: ninguno de los tres hemos tenido una auténtica biografía. Hemos vivido y escrito. Eso es todo".

Por cuanto resulta que el desafío que se impuso García Márquez al escribir sus memorias -copando el espacio que el biógrafo podría necesitar para escribir la biografía exhaustiva- admite, al mismo tiempo, un peligro considerable. El temor de escribir, dice ya casi finalizando el libro, en relación a otro asunto, puede ser tan insoportable como el de no escribir. Pero escribir ahora, era escribir para ese pueblo llano de lectores a cuyas manos ha ido a parar alguno de los treinta millones de ejemplares a que ascienden -según cifras- los libros vendidos, convirtiéndolo en uno de los más importantes mitos literarios de todos los tiempos. Juan Luis Cebrián, quien fuera director del diario El País, decía en días pasados que no hay una librería en el mundo que no albergue en alguno de sus estantes una de las obras de García Márquez.

¿Qué tono debía dar a ese relato vital, memorioso? Me atrevería a decir que es justamente el mismo que Juan Sebastián Bach daba a sus fugas, una suerte de descenso en cascada. En la página 77, al final de primer capítulo, se lee: "Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana y con un aguacero torrencial fuera de estación, mientras el cielo de Tauro se alzaba en el horizonte". En ese así y allí se ha descrito previamente al lector la casa de los abuelos en Aracataca que la madre quería vender y por esa razón había buscado al hijo en Barranquilla. Para llegar al lugar donde concluye el capítulo, tuvo que describir el viaje. Revisando las habitaciones, nos introduce en ese allí. Pero el lector ha quedado situado sin esfuerzo en una desolada parte del mundo sin otro interés que el que el autor logra imbuir en el lector, describiendo esa desolación. No hay otra razón. Como en el arte de la fuga, hay un ir y venir de melodías del lenguaje en un sentido y otro, al punto de que el tema puede arrastrar por vericuetos insospechados a la melodía hasta un final deseado o previsto.

"Pepa Botero -una antioqueña sin desbravar- se cuenta en la página 312- tenía la facultad inigualable de conocer el sitio justo en que las malas palabras recobran su estirpe cervantina. Invalorable para una nueva retórica de la vida real". Ese será, cuando se analice, uno de los valores fundamentales de Vivir para contarla, haber puesto en movimiento una nueva retórica para la vida real.

El amor en dos tiempos, la amistad en todos
Dos elementos son igualmente básicos en la existencia del autor: la amistad y el amor. Todo este primer tomo viene impregnado de la devoción por la madre y el respeto por el padre tarambana. Las mujeres que amó y los líos que le ocasionaron esos amores quedan descritos con música de acordeones. Los amigos reciben en este viaje literario un tratamiento especial.

Una de las mujeres fue alguien a quien, para evitar dar el nombre, llamó la Nigromanta. "Iba a cumplir veinte años. Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados y un instinto para el amor que no parecía ser humano sino de río revuelto".

El marido era un sargento que trabajaba en otra población. A la segunda vez de estar con ella les sorprendió el marido. Ella trató de interponerse, pero el marido la apartó con el cañón del revólver.

-Tú no te metas -le dijo-, las vainas de cama se arreglan con plomo.

Destapó luego una botella de ron y lo invitó a beber. Después de haber vaciado la segunda botella, el sargento se puso el revólver en la sien y apretó el gatillo, pero martilló en seco.

-Ahora te toca a ti -me dijo-.

"No se me ocurrió dispararle, sino que le devolví el revólver.

Entonces abrió el tambor, sacó la única cápsula y la tiró sobre la mesa; estaba vacía.

- ¿Sabes por qué te vas vivo?- me preguntó y se contestó él mismo: Porque tu papá fue el único que pudo curarme una gonorrea de perro viejo con la que nadie había podido en tres años" (p. 262).

Eran los días en que había comenzado a escribir La casa, una novela que sería el germen de lo que iba a venir.

Amores y amistades.

En torno a los amigos se percibe en esta obra una suerte de culto. De uno de ellos, Alvaro Mutis, dice lo siguiente:

"No bastó con vernos para que iniciáramos una conversación que todavía no ha terminado en incontables lugares del mundo durante más de medio siglo". García Márquez coincide con Hölderlin en el fondo: no somos más que una conversación, con nosotros, con los otros y con Dios.

A Luis Carlos López, un poeta admirado en sus días iniciales de periodista, lo describe así en su tránsito: "Murió dos años más tarde y la conmoción que causó entre sus fieles no fue como si hubiera muerto sino resucitado. Expuesto en el ataúd no parecía tan muerto como cuando estaba vivo".

Pero tal vez lo que va dar una fisonomía de estilo y llevar su forma de contar a límites insospechados es uno de los sucesos más contados -y en consecuencia más manidos- en la historia contemporánea de Colombia, la muerte de Gaitán y lo que sucedió en días posteriores. Ese relato ocupa buena parte del capítulo quinto.

La finura con que se describe al hombre misterioso, vestido con una elegancia fuera de hora, al que recoge un auto nuevo inmediatamente después de haber entregado a la masa, para que lo acaben, al presunto asesino de Gaitán, es de un realismo escalofriante en la recomposición del suceso. Como lo es la descripción de la parsimonia del presidente Ospina Pérez entreteniendo a quienes le pedían la renuncia hasta que tuvo la certeza de que las tropas venidas del interior se habían hecho cargo de la situación. "Para la democracia colombiana más vale un presidente muerto que un presidente fugitivo", frase que si no era de Ospina Pérez, sirvió para que el tiempo corriera en su favor y no en el de sus adversarios.

Hay capítulos y pasajes más fluidos que otros, episodios como el de los viajes de Barranquilla a Cartagena o de Bogotá a Barranquilla que cargan en el correspondiente capítulo con la fuerza de la simetría, con el aprovechamiento de tiempo y paisaje destinado a evitar al lector el aburrimiento.

La manera de describir las ciudades, el acceso a ellas en aquel tiempo y dentro, la vida que bulle, forma parte de la manera de contar de siempre de García Márquez. "Bogotá era entonces -escribe al comienzo del capítulo cuarto- una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna insomne desde principios del siglo XVI. Me llamó la atención que había en la calle demasiados hombres de prisa, vestidos como yo desde mi llegada, de paño negro y sombreros duros. En cambio, no se veía una mujer de consolación cuya entrada estaba prohibida en los cafés sombríos del centro comercial, como la de sacerdotes con sotana y militares uniformados. En los tranvías y orinales públicos había un letrero triste: 'Si no le temes a Dios, témele a la sífilis'".

Cartagena, Barranquilla, Sucre, Aracataca y las poblaciones de paso quedarán inmortalizadas en su su época correspondiente en la pluma de García Márquez.

Vivir para contarla tendrá, sin duda, detractores, por el desafío que supone, como ya dije, haber comenzado a convertir en un asunto de fantasía un asunto tan real como el delicado contenido de la propia memoria. Pero tal vez la comparación o la exigencia crítica se limite a establecer comparaciones con obras anteriores. Los críticos tienen, en todo caso, una ardua labor por delante.

Juan Luis Cebrián recordó en estos días una frase que García Márquez suele repetir en alguna de las contadas ocasiones en que ha tenido que intervenir en público: "Ruego a los que se aburran con mis palabras, y decidan abandonar la sala, que no hagan ruido al salir, a fin de no despertar a los que están dormidos".

Atanasio Alegre. Ensayista

 
N 15 Año VI
Caracas, sábado
12 de octubre
de 2002
 
 

Documenta XI
en Kassel

El discreto encanto
de la figuración

(Alejandro Oliveros)

 
 
 
LIBROS, LECTURAS
Y LECTORES
"La salud"
de Jacqueline Goldberg


Las vastedades del adiós
(Gina Alessandra Saraceni)