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Libros, Lecturas y Lectores LOS "CUENTOS COMPLETOS" DE ANA TERESA TORRES Retrato de una joven escritora
Este libro de Ana Teresa Torres que esta noche estamos ofreciendo a ustedes, estos Cuentos completos (Mérida: El otro, el mismo, 2002), son para sus lectores una especie de recuento y balance de la obra escrita, dentro de los moldes del cuento, por ella. Y son, claro está, la revelación de una cuentista que había pasado prácticamente inadvertida dentro de nuestra literatura, ya que apenas cuatro de estas ficciones se habían editado en periódicos y revistas, tales las piezas "Los quehaceres de la tarde", "Al paso ni a Colombia", el memorable "Retrato frente al mar" o el angustioso "El vestido santo". Recuento en el sentido de que gracias a los textos reunidos en este libro podemos seguir las huellas de esta escritora, su formación, el "retrato de una joven escritora", que ella dice, desde sus primeras páginas, redactadas en 1966, hasta relatos pergeñados en el 2001. Así, gracias a estas páginas, conocemos la entraña de esta escritora, sus razones primeras, sus balbuceos, sus tentativas, sus dudas, como sucede en "La desmemoria"; sus logros, sus altos momentos, sus modos más recientes en el campo de la narración corta. Nuestro conocimiento de ella, que poseemos gracias a la lectura de sus seis novelas, se agranda y amplía al poder entrar, gracias a estos textos a lo que podríamos llamar su escritura secreta, su taller de hacedora con la palabra, las pausas con las que escribió, el tiempo que se dio para dar a conocer lo hecho, ya que por ejemplo, si bien redactó el primer texto de este libro en 1966 no fue hasta el 19 de agosto 1973 cuando imprimió el primero, "Los quehaceres de la tarde". Ese día es su fecha natal como escritora. Decimos esto porque se escribe en busca de un interlocutor, una narración no está completa hasta que un lector no la hace suya a través de la lectura, la rescata de la tumba del libro, como alguna vez anotó el maestro Octavio Paz. El segundo cuento, "Al paso ni a Colombia", lo publicó a los pocos meses, en 1974, en la fugaz revista Extramuro que dirigía María Elena Huizi, para luego guardar silencio. Silencio laborioso porque siguió redactando sus textos hasta que una década más tarde publicó el insuperable "Retrato frente al mar". Balance, hemos anotado, porque este precioso libro nos permite seguir paso a paso el proceso de una escritura y también el periplo de una escritora quien, si bien escribía sus hojas desde niña -"tengo memoria de haber escrito tempranamente" (p. 9), nos confiesa en el prólogo-, tomó conciencia de su inclinación en la adolescencia y llegada a los veinte años inició su labor con percepción de su vocación por la palabra. Es la época en que escribió sus primeros bocetos de futuras narraciones. Pero ya tiene, en esos días, un estilo que le será propio, una voz que perfeccionará en su largo y sazonado trabajo novelístico, pero que ya es evidente, se distingue, la singulariza, es personal, desde las hojas del "Diario del Jalabar", pieza con la cual se inician estos Cuentos completos. Tenía entonces su autora veintiún años. Por ello tiene razón al confiarnos en el galeato: "Aprecio estos papeles con una mirada tolerante, sin ninguna convicción, pero a la vez encuentro en ellos modos de sintaxis, formas de estilo, líneas temáticas, rupturas de lenguaje, vueltas de fraseo, dibujos de personajes, y cierta manera de contar que reconozco como propios. En algunas de sus voces escucho el tono de quienes serían después mis personajes novelescos. Diría que en cierto modo son el origen de casi todo cuanto he escrito. Acepto, pues, la herencia de esa joven escritora y finalmente le otorgo el derecho de presentarse en público. La he respetado, aun en las frases tachadas, sin pretender revisarla porque simplemente hubiera sido imposible en beneficio del lector me he permitido mejorar en algunos momentos su desastrosa puntuación, empeorada por ciertas travesuras sintácticas propias de la época, eliminar algunas repeticiones excesivamente descuidadas y desechar los papeles que eran solamente un ejercicio autoexpresivo, conservando únicamente los que me parece tenían alguna, aunque ingenua, intención literaria. En aquel tiempo, me doy cuenta ahora, escribía en la inocencia de un lector imaginario Pienso hoy que aquella era verdaderamente una escritora porque supo mantenerse en soledad, sin ningún tipo de apoyo o de respaldo, únicamente movida por el deseo de escribir Sin ninguna duda a ella debo lo que tengo" (pp. 11-12). Este volumen es también balance de una vocación, de una creadora que supo trabajar constantemente, vigilantemente, cada día varias horas y esperar la hora de la cosecha, el momento de dar a la luz lo concebido. Tan honda es esa vocación literaria, ahora lo sabemos, que la mayor parte de estos escritos permanecieron inéditos hasta hoy, sirvieron para trabajar la escritura y macerar el estilo hasta que diera los frutos que hoy ya conocemos. Al leer este libro, además de la belleza exquisita de estos escritos, al menos tres hechos pueden ser anotados: El primero, la autobiografía de la escritora: desde cuándo escribió, por qué lo hizo, cómo logró persistir en ello hasta colocarse a la cabeza de nuestros mejores creadores. Segundo, los evidentes rasgos de una generación venezolana de la cual sin duda forma parte ella, pese a que su primer libro impreso sea de 1990. Esa promoción es la que aparece hacia 1968 en nuestras letras, formada por escritores quienes eran veintiañeros en aquellos días, hoy inolvidables por muchas razones, entre otras por lo que significó la consigna del mayo francés de aquel año: "Prohibido prohibir". Ese 1968 es el año de Piedra de mar de Francisco Massiani y de La bella época de Laura Antillano, aparecida a los pocos meses, obras que dieron un tinte imaginativo a la época que se iniciaba. Quien lea estas ficciones de Ana Teresa Torres, redactadas en esos mismos días, encontrará ecos, paralelismos, desarrollos, observará las lecturas apasionadas que ella hizo de estos escritores, sus coetáneos, algunos de los cuales nombra en el proemio. Todos ellos son los creadores de los años setenta y se encuentran cercanos a Ana Teresa Torres aquellos, como Antonieta Madrid, por ejemplo, que sintieron pasión por la anécdota, quienes supieron que una novela o un cuento se escribe para que el lector se apasione con los hechos que se le narran, como nos sucedió a muchos, en esos días, con Un regalo para Julia, el gran cuento de Pancho Massiani. Pero también fue esta una generación de palabras angustiadas, que tomaron su impulso en pasajes de País portátil, también impresa cerca de la primavera gala, congojas que están en la primera novela de Laura Antillano; generación literaria a la que la guerrilla de los sesenta marcó como lo vemos en No es tiempo para rosas rojas de Antonieta Madrid y en Los últimos espectadores del acorazado Potemkin de la propia Ana Teresa Torres. Generación a quien la revelación y las vivencias de la sexualidad libre dejó su huella indeleble como podemos observar en Mientras hago el amor de Irma Acosta o en El bosque de los elegidos de José Napoleón Oropeza; generación en la cual se desarrolló lo intuido, en aquellas mismas fechas, por Armas Alfonzo y Orlando Araujo: el neorregionalismo, que aparece ya en los primeros cuentos de Ednodio Quintero. Y la ciudad, dura, atroz, deteriorada, angustiada, llena de pesadillas, que nos había mostrado Salvador Garmendia, La mala vida, una de sus novelas mayores, que es también de 1968. Urbe que es también sitio para el amor como nos la dibujó Carlos Noguera. A todos estos territorios, a estas imaginaciones, a estas fantasías, a estas dudas, a estas zozobras, nos llevan también muchos de los cuentos que están en el libro de Ana Teresa Torres que estamos poniendo en manos de ustedes. Quizá por ello su autora decidió reunirlos en un volumen, para no ser una apátrida literaria, tener un lugar de pertenencia, una generación, unos compañeros, unas concepciones desarrolladas a través de la ficción. Es ya una escritora, tiene interlocutores, se ha escrito crítica sobre ella, cuando en el 2001 redacta los relatos finales de ese libro. En ellos nos pone ante un ámbito peculiar: no son solamente ficciones imaginadas sino que en todas parte de hechos vividos, los cuales se incluyen en cada narración. Y fíjense bien no decimos que son autobiográficos solamente. En ellos la autora parte de una vivencia, de un recuerdo, para la elaboración de cada cuerpo. Puede ser la historia de un perro, una persona solitaria, la memoria de lo que el cine representa para una persona como experiencia personal, los avatares del vivir de una psiquiatra o una fascinante pugna entre eruditos, en el jovial apólogo que es "Buscando a Hirst", anécdota muy cara para la gente de libros que más de una vez ha visto enfrentados a dos grandes especialistas en un mismo tema, que ha observado las triquiñuelas que hacen para no confesar sus últimos hallazgos documentales, o para disentir siempre de los logros de un competidor, generalmente uno tan sabio como el otro. En el caso de este cuento, que tanto nos ha divertido, una de las dos lumbreras le pasa al otro unas fotografías apócrifas como si fueran verdaderas. Así lo enreda en nuevas búsquedas. O lo denuncia, como sucede en el relato, por comunicar noticias falsas. En fin, esta que presentamos es una obra para pasar ricas horas de una lectura llena de preguntas, como las que se sugieren en las últimas cinco líneas de la página 54; en este volumen una joven escritora parece decirnos, como leemos en "Exposiciones", "Estamos preparadas, tenemos los ojos jóvenes para conocer, queremos ver el misterio" (p. 42), nos muestra que es detrás de las palabras donde está el sentido de lo que buscamos. (Texto leído
en la librería Monte Avila, Teatro Teresa Carreño, R. J. Lovera De-Sola. Ensayista |
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