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Tributo Groucho: el otro Marx El nombre del gran
personaje cinematográfico Groucho Marx,
Ahora, en pleno y caluroso verano, se acaban de cumplir 25 años de la muerte de Groucho Marx, acaso la más importante figura del humorismo judío en la primera mitad del siglo XX. La fecha ha quedado algo borrosa, aunque no imperceptible, ante la avalancha ruidosa y tumultuosa que ha acompañado el que en esos mismos días se haya arribado también al cuarto de siglo de la desaparición física de Elvis Presley. Tal circunstancia, sin que ello signifique menosprecio hacia el hijo predilecto de Dixieland, hace más obligante que resaltemos el arte perdurable de Groucho, más perdurable a medida que el tiempo pasa, porque ido su cuerpo -y con él su gestualidad exterior y lo efímero de su ser- lo que nos queda es la esencia de su gracia intrínseca. A esa gracia, a ese humor indestructible, dirigiremos ahora nuestra atención, vale decir, el homenaje de nuestra admirada reflexión. Si estas líneas se hubieran escrito momentos después de su muerte, seguramente hubieran resaltado al gran personaje cinematográfico que fue Groucho Marx. Su histrionismo superlativo para la sátira le permitió, acompañado por el genio y la versatilidad en escena de Chico, Harpo, Gummo y Zeppo, sus talentosos hermanos, concebir films que hoy son clásicos bien preservados en cualquier cinemateca bien acreditada, tal el caso de Sopa de ganso y Una noche en la ópera. Ya eso le hubiera garantizado a Groucho un sitial destacado en la historia del cine, aunque inseparable del que también ocupan sus hermanos. Es su labor en la radio y en la naciente televisión la que va a agigantar en el tiempo el nombre de Groucho Marx, sin que eso desmerite en un ápice al astro del celuloide . Era obvio que Groucho, para hacerse notar en el cosmos del espectáculo, se caricaturizara a sí mismo. De allí la intencionalidad expresiva hacia su público de aparecer siempre aderezado de contrastes: su calvicie y sus gruesos bigotes de utilería, sus lentes sin gafas y su largo habano mascullado con fruición por sus dientes. Era una forma de establecer en el escenario una identidad inconfundible y amable. Sin embargo, todo eso era preconcebida parafernalia, conformación de una imagen simple y grata a los ojos de su público: era el señuelo para que se estuviera bien avizor ante lo que iba a salir de sus labios, expandido acústicamente por los micrófonos. El arma secreta de Groucho era su palabra, las sugerentes parábolas que entrelazaba en sus frases, eso que ha pasado a la historia del humor con el nombre de Groucho's One-Liners. Lo más cercano a estos One-Liners que conocemos, en concepción idiomática y literaria, son las inmortales Greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Aclaramos de inmediato que no estamos estableciendo un parangón creador entre ambas manifestaciones intelectuales del humor; esto es, pocas palabras y mucho mensaje sugerido, en el que se aúnan la inteligencia y la gracia en su más aquilatada expresión. Ambas, por supuesto, tienen un sustrato idiosincrásico que se concentra en la lengua que sirve de correa transmisora en cada caso: el inglés en los One-Liners de Groucho Marx y el castellano en las Greguerías de Gómez de la Serna. A veces, inevitablemente, esta circunstancia conlleva cierta pérdida del elán que es intrínseco a la frase original, cuando el texto es traducido a otro idioma. De cualquier manera lo que al paso de los años se ha macerado, como los buenos cogñac y los buenos whiskys, es la esencia de esa alquimia entre la palabra y el contenido del humor de Groucho Marx. Cada vez que se vuelven a releer sus locuciones, sus aforismos, o como se les quiera llamar, aprehendemos y nos solazamos más y más en ese intransferible axioma creador que va implícito en cada una de ellos. Si lo dudan, presten atención: "Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente" "Una mañana me desperté y maté a un elefante en pijama. Me pregunto como pudo ponerse mi pijama" "¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú". Y como estos desgarrones de humor y de decir sin par tomados al desgaire, piezas de pensar profundo en las que la abstracción y la certidumbre expresiva se dan la mano para sugerirnos -más que una verdad definitiva- una respuesta fulgurante al rompecabezas sin fin del convivir, así son todos los One-Liners de Groucho: crípticos, lacerantes, parabólicos, sugerentes, provocadores y, antes que nada y después de todo, inolvidables por su insuperable creatividad comunicacional. Y es que ellos, como las Greguerías, son ubicuas e intemporales: valen para cualquier sitio y cualquier tiempo. Hasta la aparición de Groucho, el único Marx que aparecía en las enciclopedias era Karl, el del materialismo histórico y la dialéctica, el que escribió El capital, la biblia profana que llevaban en el bolsillo, cada uno en su momento y sus circunstancias, Lenin y Mao cuando implantaron el comunismo en la Unión Soviética y China, respectivamente. Ese Marx, que por casi un siglo puso al planeta patas arriba, nunca será olvidado. Como progresivamente, por razones más gratas y humanas, no lo será Groucho. Por eso ya su nombre empieza a estar presente en esas enciclopedias. El es, ya, el otro Marx. Aunque para nosotros siempre será Groucho. Gustavo Arnstein. Ensayista |
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