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LO QUE AUN RESPLANDECE DEL HOMBRE BAJO LA MELANCOLIA DEL TROPICO Visiones de Araya "Es tiempo de
reencontrar las huellas dejadas por los fotogramas en blanco
Es tiempo de reencontrar las huellas dejadas por los fotogramas en blanco y negro de la obra de Margot Benacerraf dedicada a los trabajadores del mar y la sal de Araya, la árida y solitaria península situada a más de 24 kilómetros de las costas de Cumaná, en la antigua Tierra de Gracia. Desde la altura del Castillo de San Antonio de la Eminencia, que domina la ciudad vieja, casco colonial de fundación antigua, Araya es una línea de horizonte bien definida en su arisca pureza. Aunque la película hoy nos parece suspendida en su casi legendaria belleza, el tiempo ha mutado los espacios, las cosas, los seres humanos. No hay ningún sortilegio en esta ciudad hispana, donde otrora la mayoría era gente de color, sólo había unas cuantas calles estrechas y vacías, casas bajas pintadas de colores pastel sin grandes pretensiones arquitectónicas, aunque con algunas hermosas decoraciones externas y niños semidesnudos sentados en el umbral de la casa, indiferentes al calor que obliga a la siesta, a la calma, a la inmovilidad. No obstante, apenas más allá del perímetro del silencio crece la fiebre del mercado; es el triunfo del vendedor ambulante, no importa que sobre la mesita tambaleante haya arepas, fruta o pescados, o que en cambio sea la fuente de una pésima música de baile. Sobre la otra ribera del pequeño río amarillento se asoma un tupido jardín que casi siempre está vacío, mientras que al atardecer se puebla de espíritus de los antepasados de los habitantes de Cumaná, quienes a su vez se mezclan con los miedos irracionales y las incertidumbres en las cuales hoy vive todo el país. En la parte trasera del ferry, que se dirige a Araya y está listo para soltar las amarras, algunos pasajeros intentan en vano abrirse paso entre los automóviles y los camiones que transportan diversas mercancías: comienza una disputa entre dos personas: el chofer de una camioneta y una mujer obesa con un niño en los brazos; es el caos del trópico, la normalidad del trópico. Una enorme mancha de aceite oscura causada por el motor del ferry se extiende en el mar; es una estela maldita a la cual se une la insolencia de los niños, que no vacilan en deshacerse de las latas de Coca-Cola apenas han vaciado su contenido arrojándolas al agua frente a la mirada indiferente de los padres. La brisa marina les acaricia el rostro, que tiene la dulce sonrisa de la espera; la larga lengua de tierra árida interrumpida apenas por pequeñas manchas de palmas es Punta Arenas, sobre cuya cima se encuentra como acostado sobre la tierra rocosa un edificio largo y bajo pintado de amarillo, quizás un restaurante, al cual se le llega más fácilmente por tierra, lo que muestra bastante bien su propia inutilidad. Apenas el ferry haya doblado el promontorio se verá el pueblito de Araya, la antigua fortaleza y la nueva salina, situadas en los polos opuestos del pequeño golfo. Delfines alegres se burlan de la lentitud de la nave que prolonga la fiesta de los niños, absortos en bandadas de cormoranes enloquecidos en la brisa resplandeciente, que es para ellos como una fiesta frente al tedio de las madres y los padres, siempre en espera de que cada día o bien cada vez se cumpla el pasaje necesario en el orden cotidiano: la tiranía del tiempo. Una única carretera costera une la salina con el pueblo y el fuerte. Este último fue construido por los españoles a fin de defender el único recurso valioso del lugar, la sal, de los posibles ataques de las naves holandesas. Pero su destino, compartido por numerosas fortificaciones similares, fue convertirse en una única ruina de piedras cuadradas. Todavía se respira una atmósfera cercana al mito: historias de piratas del Caribe, de luchas cruentas por el control del mar, por la posesión de la salina. Una fea escalera de cemento facilita a cualquiera el acceso, pero para los numerosos niños del pueblo no existen caminos obligatorios; ellos son los verdaderos señores de la fortaleza: no vienen aquí todos los días para refugiarse entre las piedras o a lo largo de la pendiente que conduce a una playa lejana, sino para gritar al mundo entero "¡Estamos aquí!". Las grandes piedras protegen sus juegos, las siluetas oscuras de sus ágiles cuerpos a la luz del ocaso sobre lo que queda de una de las atalayas. A lo largo de las inclinadas paredes del basurero público, abismo abierto más allá del muro del cementerio, los muchachos, de nuevo, se toman en juego cualquier orden estético por el mismo rechazo hacia el inmenso río de basura, una vez más en nombre del juego hecho de la nada.
Casi encima del barranco que se ha devorado poco a poco todas las esperanzas de progreso del pueblo de Araya, hay un pequeño barrio con casas pobres de cemento gris que se asoman sobre un área común de tierra pisada y sin un árbol. Por haber sido construidas en una noche, quizás nadie se preocupó de darles color ni de la presencia del cementerio, del cual realmente parecen ser el guardián. Esto no se parece en nada a lo filmado por Margot Benacerraf; han desaparecido las viejas y sencillas tumbas sobre las cuales las viejas del pueblo, en un signo de esperanza, colocaban cestas colmadas de conchas que pasaban a ser de inmediato preciosas para la memoria de los vivos; su belleza, oculta en un blanco de intensa luminosidad, mitigaba el sombrío misterio de la muerte. Ahora al cementerio le han arrebatado su propia soledad y el silencio roto por los gritos de los habitantes del barrio. En su lugar emergieron horribles jaulas de metal que tienen la función de proteger la tumba, de elevar la dignidad del difunto mientras se podría ver como repentinamente un ave marina u otro animal queda prisionero en ellas. Por suerte, no todas han sido reducidas a una jaula en una tierra cerrada por un muro y una reja donde reina el desorden. El pueblo aún vive de la economía pobre del mar y la sal. Esto se extiende por algunos kilómetros entre la Laguna Madre y la playa. En esta última, entre los habitantes es fácil descubrir automóviles de forasteros, casi todos rústicos, y cabras. Asnos, cabras y perros errantes forman una verdadera comunidad, aunque los perros, como en casi todas partes en América Latina, están solos en la calle o cerca de casas habitadas. La estructura sencilla del pueblo refleja el modelo de vida que aún se sigue entre el espacio cerrado de la Laguna Madre, mar cerrado, protector, que fascina por el color rosado del agua cuando el sol está en el cenit, sol enceguecedor, calor insoportable unido a la sal, que se encuentra por doquier, incluso el aire está impregnado de ella. Sobre la sal se asoma la Unidad I, la legendaria salina, y el Mar. Las pocas calles mal asfaltadas que se entrecruzan forman algunos espacios aislados donde no es difícil reconocer la plaza principal, un intento incompleto de crear una enésima plaza Bolívar. No hay otras plazas; la gente de los barrios vive por las calles cerca de las cervecerías, de las areperas y de las panaderías. Pero también hay negocios donde reparan automóviles y un local bastante modesto en el cual se juega una lotería popular que cuenta con numerosos apasionados. En el momento en que se sortean los números no hay lugar más feliz en el pueblo. Por último, hay un carrito que presta un servicio cotidiano desde la población y a lo largo de la costa, donde frente al mar, frente a la fortaleza, surge desde hace más de cuarenta años la nueva salina, grotesca y descomunal. Es realmente el nuevo símbolo de Araya: se ve desde todas partes y a gran distancia, y de hecho los arayeros están en el fondo orgullosos de ella. Y la música de baile es su compañera por doquier: ritmos caribeños de distinto origen se difunden en la península, creando lo que es la única fiesta verdadera, la única verdadera fiesta colectiva. La calle que conduce a la Unidad I es un inmenso descampado desnudo donde hay huecos profundos y armazones de automóviles, casi totalmente privado de vegetación, donde las casas, algunas semiocultas por minúsculos jardines, parecieran haberse retirado hacia el fondo en respeto de la salina y de sus trabajadores. A la Unidad I se entra por una reja que está abierta todo el día; la gente recuerda, la Laguna recuerda. Sobre las barcazas, viejas y herrumbrosas, se acumula el salitre; la playa no esconde sus restos de naufragios bajo el manto de hierba selvática. Todavía se trabaja en la Unidad I, nada puede herir la melancolía de la Laguna Madre, que cada noche sueña el mismo sueño, orgullo infinito del pueblo de Araya la pirámide de sal. Traducción José Peralta Maurizio Fantoni Minnella. Escritor italiano |
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