Anotaciones

DIALOGO Y COMPRENSION: ¿HACIA LA RECONCILIACION POSIBLE? (I)

Una condición inicial: la defensa
del libre diálogo

Con la intención de rescatar una visión extraviada del humanismo, y apenas rozando lo político, el ensayista Cristian Alvarez emprende hoy una serie de reflexiones (en cuatro capítulos) que proponen una revisión de lecturas de autores en filosofía y en literatura a manera de diálogo con la situación presente. "Ante la amenaza de la esencia humana, no se me ocurre sino pensar en cómo poder alcanzar la reconciliación que desde cada sector se pregona", apunta Alvarez


Anselm Kiefer / Rafael López Pedraza / Festina Lente, 1998
Controversia Iconoclasta II, 1980

Tal vez deba empezar admitiendo mi escasa visión política, así como mi poca perspicacia para comprender el sentido de tácticas y estrategias cuyos fines apuntan al logro de objetivos para el "vencer al contrario" o para la obtención y consolidación del poder, aunque estoy consciente de que hay seres con este tipo de vocación y que son muy hábiles para calcular los pasos que deben seguirse para la conveniencia o la afirmación hegemónica. Tampoco pretendo ser experto para describir los problemas políticos, sociales o económicos -y mucho menos los militares- que aquejan a nuestra noble nación. Pienso que en los distintos medios de comunicación social pueden encontrarse analistas más avezados que con agudeza y sentido de los acontecimientos, buscan colocar las cosas en su sitio, cuestionando con acierto acciones y decisiones, y develando el ocultamiento y la mentira goebbeliana. Así, en sus trabajos uno podrá encontrar provisionales respuestas ante los hechos y circunstancias según los gustos e inclinación de cada quien: con énfasis, con acidez irónica y desencanto, o con ponderación. La labor descrita resulta, por ende, muy necesaria. Mi intención, sin embargo, tan sólo aspira ser la de un simple ciudadano que trata de entender nuestra situación con una personal visión sobre las cosas y con el deseo de comprensión, que en la limitación humana anhela ser sincero. Es en esta dirección que apuntarán las líneas siguientes.

Parece claro que los muy lamentables sucesos del mes de abril, reveladores en más de un sentido, se han extendido en una nefasta radicalización y en algunas ocasiones, más de las que uno pudiera imaginar, a la más evidentes manifestaciones de odio y resentimiento, al hecho de arrogarse algunos grupos la posesión de la verdad exclusiva (adjetivo que implica las consecuencias de intolerancia y sectarismo, de rotulación y acción inquisitorial consciente o inconsciente), y al anuncio, no sé si como amenaza expresa o como advertencia preocupante, de un no muy lejano enfrentamiento civil con características de guerra. ¿Cómo podemos quedarnos impasibles ante tal horror de la división nacional, que se repite en cada escala comunitaria que pasa por la familia, los hermanos, los antiguos amigos, barrios, aun pueblos y ciudades? ¿Cómo, olvidando los entrañables vínculos, puede hablarse con tanta ligereza de cierta necesidad de una "acción de limpiar" para alcanzar la "pureza revolucionaria" o, en el caso contrario, de "extirpar" a aquellos cuyo pensamiento"jamás se modificará"?

Ante la amenaza de la esencia humana, no se me ocurre sino pensar en cómo poder alcanzar la reconciliación que desde cada sector se pregona, a veces sólo como palabrería falaz y estratégica, y otras como aspiración honesta de una reconstrucción futura. Quienes pensamos en esta última opción, acaso tengamos que indagar en la responsabilidad más honda sobre nuestra actuación como ciudadanos y habrá que considerar con mayor atención algunos elementos en nuestra visión siempre parcial de una realidad que no permite encasillarla o ser reducida a esquemas.

Además de la importancia de que se haga verdadera justicia ante el horror de la masacre de El Silencio, casi todos los venezolanos coincidimos en la necesidad de dialogar, en buscar ponernos de acuerdo para intentar hallar salidas a la crisis nacional que se expresa en múltiples facetas. Es obvio que el diálogo que buscamos debe partir del deseo común de bienestar compartido, de puntos de encuentro en los que todos más o menos coincidimos para hallar salidas y respuestas que en los distintos caminos plurales se trazan como metas. No creo que sea necesario abundar sobre cómo un gran sector del oficialismo en su informe palabrería reiterativa adultera el sentido del diálogo deseado con un fin estratégico y cómo algún sector de la oposición, como una réplica en el espejo, responde de igual manera. Y es claro por qué ello ocurre: hay un convencimiento por parte de los interlocutores de la "posesión" de la verdad; posesión, obviamente, a la que no se va a renunciar. ¿Por qué habrían de hacerlo si se "sabe" que, a pesar de los desvíos y tropiezos, se está en el camino cierto? En esta creencia que se afirma en militancia, cualquier mirada que amenace a la verdad poseída constituye, por definición, un ataque al que hay que neutralizar y defenderse de su posible acción cuestionadora que abra otros rumbos o quizás grietas en la frágil visión de las cosas. Ante tales posiciones, el diálogo es imposible. Ello indicaría que si se quiere en verdad un diálogo real, la actitud sorda y de cerrado convencimiento militante que acabamos de describir no puede estar presente en una mesa de conversación y quizás, con todo respeto a su opción, tampoco los interlocutores que practican semejante actitud. Esto último parece fundamental. Porque el pensar que la creencia en la "posesión de la verdad" es más importante que el diálogo no sólo es una equivocación que prefiere el empecinamiento e impide la conveniente construcción de una comunidad, sino un gravísimo error que ignora precisamente el genuino origen de nuestro acercamiento a la realidad. "El lugar natural de la verdad es el intercambio verbal entre los hombres; la verdad brota del diálogo, de la discusión, de la conversación", nos dice el filósofo alemán Josef Pieper, recordando este hecho, cuyo reconocimiento es tan antiguo que ya se registra en las tesis antisofistas de Platón. Y lo dice justamente en un ensayo titulado "La defensa de la libertad", como evidenciando que el fundamento de lo humano reside en la afirmación consciente de su singularidad libre y a la vez de su indisoluble vinculación con la comunidad. Insiste así en la necesidad de que el diálogo, esencial en la democracia, en la academia, en el foro de la comunicación pública, debe garantizar un espacio de libertad, no sólo en la oportunidad de expresión de cada quien, sino también en el modo de ejercerlo, defendiéndose muy firmemente de "todo cuanto perturbe o destruya la pura franqueza de nuestra relación con la realidad y el carácter comunicador de la palabra", lo que implica enfrentarse, "por ejemplo contra la simplificación partidista, contra el acaloramiento ideológico, contra cualquier tipo de afectividad ciega, así como contra lo simplemente bien dicho y los espejismos formalistas, contra la terminología arbitraria que rehúye el diálogo, contra los ataques personales como recurso estilístico (cuanto más brillantes, peor), contra el lenguaje del disimulo tranquilizador al igual que el de la rebeldía, contra el conformismo y anticonformismo de principio, etcétera". ¿No presenta esta enumeración las características más generales de lo que hemos llamado nuestra "conversación política" más reciente y también la de los últimos años? ¿Cada uno de nosotros sería capaz de afirmar que ha sido ajeno de caer en la tentación de alguna de las formas de la perturbación del diálogo como las que enumera Pieper? Sería iluso negarlo porque precisamente somos humanos; es decir, tendemos a esa afectividad y a la sobrevaloración de lo que pensamos que es cierto, una venda que ciega los ojos y un ruido que anula el escuchar. Claro que no hablo de una convicción más íntima y auténtica que se manifiesta en una creencia de lo que percibimos verdadero, sino de nuestra indisposición a dialogar, a intercambiar honestamente las diversas miradas a lo real. Creo que por esa misma razón Pieper llama la atención sobre la necesidad de esta conciencia, de defender la libertad, muy especialmente, de la que hace posible el diálogo.

Cristian Alvarez. Profesor de Literatura USB

 
N 5 Año VI
Caracas, sábado
03 de agosto
de 2002
 
 

Armando Romero cierra su trilogía de novelas,
de ciudad
en ciudad

En continuo flirteo con lo extremo
(Rafael Courtoisie)

 
 

Creación
Profetisa
y deseosa Mercedes Roffé indaga

Hace no sé cuántos sueños se inició
este viaje

(poemas)

 

Tributo
Rafael José Alvarez abre una rendija a lo vivo

Y su voz
cruza el viento

(Luis Alberto Angulo)

 
 

Anotaciones
Diálogo y comprensión: ¿hacia la reconciliación posible? (I)

Una condición inicial: la defensa del libre diálogo
(Cristian Alvarez
)

 
 

Apuntes

La tarea de pensar nos convoca
(Laura Arias
)

 
 

Libros, Lecturas y Lectores
Ante "El libro, tras la duna"
de Andrés Sánchez Robayna

Una fértil andadura espiritual
(Gustavo Valle
)

 
 

Libros, Lecturas y Lectores
"La casa sin sombrero"
de Jacqueline Goldberg

En conexión con el alma del niño
(Laura Antillano
)