ARMANDO ROMERO CIERRA SU TRILOGIA DE NOVELAS, DE CIUDAD EN CIUDAD

En continuo flirteo con lo extremo

Una entrevista de escritor a escritor. El uruguayo Rafael Courtoisie requiere saber
del colombiano Armado Romero cuánto se mimetiza con el protagonista de
La rueda de Chicago, su última y premiada novela, y escucharle confrontar el estereotipo del realismo fantástico con el peligro del "realismo por el realismo mismo de la violencia". Inevitable les resultaría aludir al papel de Romero como cofundador del nadaísmo, uno de los más importantes movimientos vanguardistas del siglo XX en Colombia


Foto: Enrique Hernández D'Jesús
A Romero el nadaísmo le condujo a asumir su "destino de peregrino"


La última novela de Armando Romero (Cali, 1944), titulada La rueda de Chicago, acaba de ser finalista en el Concurso Internacional Clarín de Novela y está a punto de publicarse, en su versión al italiano, en Milán. Esa obra es el cierre de una trilogía de ciudades que se inicia con Un día entre las cruces y La piel por la piel. Romero, además de doctor en Literatura, trotamundos y cofundador del importante movimiento nadaísta, es autor de varios libros de cuentos, colecciones de poemas y numerosos ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea.

RC: ¿Cómo fue su experiencia como nadaísta en Colombia?
AR: Definitivamente el nadaísmo fue el movimiento literario de vanguardia más importante que hubo en Colombia en el siglo XX, si es que hubo otro. En un país de naturaleza violenta como es Colombia, el nadaísmo fue una respuesta violenta a esa violencia. Nada que sea posterior al nadaísmo se puede ver sin conocer este movimiento. Desde la poesía de Juan Gustavo Cobo Borda hasta La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, para hablar de extremos, la literatura contemporánea colombiana tiene raíces que tocan al nadaísmo. Ellos por supuesto negarían esto, pero nada hay qué hacer: está todo claro cuando leemos los manifiestos o proposiciones del nadaísmo.

-¿Y en su caso personal?
-En mi caso personal el nadaísmo fue definitivo para mi formación temprana. No solamente me dio un marco de entendimiento para ver esa realidad tan conflictiva de mi país, sino que me sirvió de escuela para hacer los primeros palotes literarios. Asimismo, su impulso vital, que le debe tanto al surrealismo, fue definitivo para que yo asumiera mi destino de peregrino, no sólo por la geografía física de los países sino por la palabra.

-¿El nadaísmo se constituyó en escuela estética?
-El nadaísmo nunca fue una escuela literaria como podríamos ver al surrealismo o al cubismo o creacionismo, por tanto, cada uno de nosotros tomó el camino que mejor combinaba con sus medias y zapatos. Yo, desde el punto de vista de la prosa, empujaba mi pluma siempre a los extremos. Por tanto, llegué en algunos de mis cuentos tempranos a desafiar la anécdota misma del cuento, algo que no hicieron mis compañeros. Los cuentos de Gonzalo Arango, por ejemplo, son más bien tradicionales desde el punto de vista de su estructura verbal.

-¿Puede explicar eso?
-Yo buscaba romper ciertos límites por medio de una libertad imaginativa que, aliada a la libertad de la palabra, consiguiera una visión interna y externa a la vez del tema. Me explico, una especie de sacarle las tripas a la historia mientras vamos por sus superficies.

-¿En los tiempos activos del nadaísmo, la década de los sesenta, cómo eran las relaciones con Venezuela, Ecuador y otros países en términos de vanguardia y agitación literaria?
-Nosotros en el nadaísmo no fuimos muy conscientes, hasta pasado buen tiempo, de que la presencia inicial del nadaísmo, que empezó en 1958, fue muy importante para otros movimientos de vanguardia como fueron El techo de la ballena en Venezuela, los Tzántzicos en Ecuador, y en cierta forma los de Argentina e incluso Uruguay. Clemente Padín me decía en Medellín hace un par de años que los escritos de Gonzalo Arango influyeron mucho en los movimientos vanguardistas en Montevideo de esos años, Los huevos del Plata, si mal no recuerdo. También podríamos extender esto a Argentina, con Grinberg y Eco contemporáneo. Ahora bien, nuestras relaciones con todos estos grupos y sus poetas o narradores fue siempre de gran hermandad y admiración, algo que se mantiene hasta hoy en día. Yo lloré hace poco cuando en Kentucky el antiguo Tzántzico Abdón Ubidia me contó de la muerte de nuestro común amigo, el poeta Rafael Larrea, hermano del alma. Pero así también es todo risas cuando me encuentro de nuevo con el viejo "ballenero" venezolano Juan Calzadilla. Lo mismo le pasa a Jotamario, que es el poeta de más generoso corazón que conozco.

-Usted recorrió Latinoamérica en esos momentos de particular efervescencia creativa y social…
-En 1967 yo sentí la necesidad de romper ciertas ataduras que el nadaísmo creaba al empezar a cerrarse como movimiento, "encapillarse" como diríamos, no sólo en cuanto a la cantidad de poetas y escritores dentro del movimiento sino en relación a nuestro ser colombiano. Colombia no es lo que digamos un país cosmopolita por excelencia. Con todo lo bello y amable de su gente las circunstancias políticas y sociales lo han convertido desde siempre en un país algo aislado, y ahí caíamos también nosotros en esa trampa. Y yo quería libertad por todos los lados. Así que armado de unos cuantos poemas y de tanto dinero como para llegar a la frontera, me fui a Ecuador y por allí al Perú y luego a Chile, en un viaje que duró cerca de un año. Eran tiempos de la "sinrazón ardiente". Todos éramos "locos, geniales y peligrosos". Algunos de mis poemas en A rienda suelta y Las combinaciones debidas tratan de capturar imágenes y momentos de este viaje. Fue un viaje formidable que me llevó a descubrir desde el cochayuyo en Chile o el pisco en el Perú o los llapingachos de Ecuador, hasta encontrarme una noche tomando vino en el hotel Crillón de Santiago con Pablo Neruda y Mario Abreu o preso en Trujillo, Perú, por asociarme con los poetas de la ciudad. Ese viaje realmente marcó mi vida y abrió el camino para que luego me fuera a Venezuela y después deambulara por toda América, desde México a Buenos Aires, pasando por Chicago, como creo que debe ser.

-Desde Venezuela usted da el salto a Estados Unidos. ¿Cómo vivió ese cambio?
-Yo había pasado un año en Estados Unidos entre 1971 y 1972, viviendo principalmente en Pittsburgh y Chicago. Desde allí regresé, vía México, a Venezuela donde pasé los siguientes seis años, tres de ellos en las montañas andinas de Mérida y tres en Caracas. Venezuela es desde entonces mi país adoptivo, país que adoro aunque mis amigos venezolanos me dicen que estoy realmente loco por eso. Pero en 1979 el azar fortuito me puso de frente al amor y eso movió la brújula hacia el norte. Estados Unidos me dio, fuera de una estabilidad que no tenía antes, la concentración para volver sobre mis cosas y poner a trabajar las cuerdas de la memoria y la imaginación, las dos grandes madres de todo lo creativo. Pero lo que no se gana es un estar, un ser. El exilio sigue siempre moviendo su endiablada cola, y a cada momento me siento allá, al lado de ustedes.

-En las tres novelas de su trilogía se cuentan aventuras e historias de ciudades (Cali, Mérida, Chicago), ¿esta narrativa urbana concreta responde a una necesidad de superar los planteamientos del realismo fantástico?
-Déjame citarte una historia que se inmiscuye en mi novela La piel por la piel. Allí yo narro que Jesús y sus discípulos han llegado a la ciudad de Mérida, y durante casi toda la novela se coquetea con sus milagros, etcétera; bien, resulta que al final nos encontramos que ese grupo no es más que una banda de ladrones que venían a la ciudad con meta fija. Hace poco leí en el periódico El Tiempo de Bogotá de un Jesucristo, con discípulos y todo, que oficiaba en el Caquetá. El periodista descubrió que no era más que un grupo de narcotraficantes camuflado. La diferencia que yo establezco con García Márquez es que yo quiero ir hasta el final de la historia, mientras que él les pone a sus personajes alas o los llena de mariposas amarillas. Para mí lo fantástico está en la realidad imaginativa del personaje, para él en la realidad imaginativa del escritor.

-¿Y con respecto a las ciudades?
-Sí, mi obsesión son las ciudades, citadino desde chiquito como soy. Cali, mi ciudad natal, es tema básico de mi primera novela. Es una novela corta pero muy ambiciosa. Y en ella se mezclan dos décadas, la del cincuenta y la del sesenta, que vieron no sólo la agitación política, el nacimiento de los grupos de narcotraficantes sino la vanguardia del nadaísmo. La novela hace que estos grupos violentos confluyan al final en una cárcel de la ciudad. La metáfora es el encerramiento, la ciudad que no se abre, que se autodestruye como el colombiano mismo. La piel por la piel se arriesga a lo impensable: criticar a la izquierda, a la "intelligentsia" latinoamericana, desde el ángulo de la lucha por el poder en una universidad venezolana, en Mérida. Pero la crítica se hace desde el punto de vista del humor, de la "mamadera de gallo" como decimos por allá. En mi tercera novela, La rueda de Chicago, la trilogía se abre en otra ciudad que da vueltas dentro de sí misma y arrastra en esa tómbola a unos seres que flirtean con la locura, el amor y la búsqueda de sí mismos.

-¿Considera que la nueva narrativa en Colombia debe luchar contra el estereotipo del realismo fantástico?
-Sí, definitivamente. Pero hay un peligro: el realismo por el realismo mismo de la violencia, la carne cruda. No los critico, el cine de Víctor Gaviria (La vendedora de rosas) o la novela La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, cumplen una función: sacan al desnudo el corazón violento del país. Pero yo veo las cosas desde otro ángulo. Creo que hay que hacer el amor con las palabras, con las imágenes, no violarlas. Si ellos se ponen del lado de Zola, yo lo estoy de Flaubert.

-¿Qué papel juega el humor en su obra?
-Te digo sinceramente que si no me empiezo a reír a intervalos cuando estoy escribiendo me aburro un montón y paro. Yo no puedo concebir la vida sin el humor y por ende la literatura. Yo trato de meterle humor a mis novelas desde el juego de palabras, la referencia de guiño de ojo, hasta la anécdota que hace saltar las carcajadas. Mi amiga la novelista Helena Araújo, quien vive en Suiza, me decía que la gente de un bus en que iba la miraba extrañada porque leyendo una de mis novelas se reía a carcajadas, sola. Esa tal vez fue la mejor crítica que me mandó.

-Sus novelas parecen tener cierto carácter autobiográfico.
-Sí y no, como siempre. Hay en todas ellas un personaje central, Elipsio, quien para unos es una forma de alter-ego. Yo no lo niego pero tampoco lo afirmo. Como en toda narrativa que no quiere dejar de lado el hablante lírico poético, lo personal se inmiscuye con lo ficticio. Yo no le tengo miedo a eso, pero sí creo que mi literatura no es confesional en la forma de un Cendrars o un Miller, pero tampoco establece las distancias de un Nabokov o un Durrell. Y perdóname que me compare con modelos tan grandes, pero ellos como maestros iluminan bien lo que quiero decir.

Rafael Courtoisie. Poeta y narrador

 
N 5 Año VI
Caracas, sábado
03 de agosto
de 2002
 
 

Armando Romero cierra su trilogía de novelas,
de ciudad
en ciudad

En continuo flirteo con lo extremo
(Rafael Courtoisie)

 
 

Creación
Profetisa
y deseosa Mercedes Roffé indaga

Hace no sé cuántos sueños se inició
este viaje

(poemas)

 

Tributo
Rafael José Alvarez abre una rendija a lo vivo

Y su voz
cruza el viento

(Luis Alberto Angulo)

 
 

Anotaciones
Diálogo y comprensión: ¿hacia la reconciliación posible? (I)

Una condición inicial: la defensa del libre diálogo
(Cristian Alvarez
)

 
 

Apuntes

La tarea de pensar nos convoca
(Laura Arias
)

 
 

Libros, Lecturas y Lectores
Ante "El libro, tras la duna"
de Andrés Sánchez Robayna

Una fértil andadura espiritual
(Gustavo Valle
)

 
 

Libros, Lecturas y Lectores
"La casa sin sombrero"
de Jacqueline Goldberg

En conexión con el alma del niño
(Laura Antillano
)