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Reflexión Europa,
Italia y el fantasma Maurizio Fantoni Minnella
va tras el fantasma de la extrema derecha
Si bien el racismo ahora tiene una presencia endémica en muchas partes de Europa, el término mismo se ha convertido en una especie de tabú. Nadie, en efecto, se siente representado por tal definición. Con la misma hipocresía, la derecha italiana se rehúsa a admitir que en su interior existen fuerzas que por tradición se proponen como reaccionarias e intolerantes. En el difícil equilibrio entre las partes que componen la mayoría del Gobierno, el elemento conservador moderado, de derivación liberal, se ha reducido a una exigua minoría, aplastado por el populismo mediático gerencial berlusconiano y, en menor medida, por los otros dos componentes políticos, uno de matriz posfascista y nacionalista y el otro de tipo separatista. Ambos componentes están empeñados en el frente de la intolerancia, no sólo ante las cuestiones de la inmigración, de "cerrar las fronteras nacionales", sino también ante ciertas libertades civiles ganadas en cuarenta años de democracia antifascista, por ejemplo el derecho al aborto, en defensa de los valores de la familia tradicional "cerrada" frente a cualquier forma de diversidad. De tal forma, valdrían menos los derechos de las minorías sociales, y no sólo en sentido étnico, ya que son acusadas de representar un peligro para la tradición cristiano-europea, que a menudo aún es reducida a entidades nacionales y regionales individuales. En realidad, otro fantasma recorre Italia: el del fascismo histórico, que ya no se encuentra en una fase revisionista, sino en cierto sentido operativa. Por ahora se trata de pocas minorías que operan dentro de la mayoría gubernamental y son capaces de influir en decisiones delicadas, sobre todo en política interna. Una peligrosa deriva populista a la derecha, del mito de la fuerza, de la intolerancia y del desprecio por el otro, al cual la derecha no logra poner diques seguros, en nombre de la democracia y del antifascismo. Sobre todo esto se agita el espectro agonizante del comunismo, con el cual se busca principalmente justificar la escasez de ideas de la derecha y golpear a los adversarios. Detrás de la política de la alternancia democrática encauzada por el sistema electoral mayoritario, se esconde la satanización de toda forma de oposición e incluso de laicidad, dado que incluso es posible hipotetizar que pueda existir una nueva orientación "religiosa" capaz de regular la propia vida pública en las escogencias políticas orientadas hacia el regreso al estilo conservador, al rechazo al progreso humano dentro de una sociedad globalizada, aunque favorable a los valores que aseguren el control y el equilibrio de los recursos humanos, la redistribución de las riquezas y el respeto de los derechos del hombre y del trabajador en el mundo. La derrota de la izquierda en Francia, insegura y fragmentada, ha generado un profundo descontento en el seno de los ciudadanos corrientes, los intelectuales y aquellos que no sospechaban en lo absoluto que el país guía de la civilización racionalista y de la democracia albergara en su seno una serpiente como el fascista Le Pen. Quizás ignoraban que este señor de aspecto benigno no es más que la evidencia, la punta del iceberg de un malestar difundido en Europa después de la caída del muro de Berlín, la fachada del ultraliberalismo que en Italia, lamentablemente, disfruta de una amplia aceptación incluso en las clases más pobres, cautivadas por la idea autárquica de un universo cerrado en los propios confines geográficos y culturales y de un bienestar no compartible con los que se encuentran fuera de la comunidad. Esta parte de la sociedad, de la ciudadanía y de los electores de tendencia antieuropeísta pudiera convertirse algún día en la mayoría; sin embargo, si el centro de gravedad del Gobierno insiste en el ultraliberalismo tardo capitalista, no se descarta que en las políticas sociales, al ataque sistemático a los sindicatos se sume una dimensión autoritaria cada vez más intransigente que, en primer lugar, intensifica la conflictividad social ya presente en el país, como lo reflejan las repetidas huelgas declaradas por los sindicatos autónomos y los confederados, lo que impide un diálogo constructivo con las fuerzas de la oposición de centroizquierda y de la extrema izquierda, que son bastante heterogéneas. Si las masas progresistas organizan manifestaciones en cantidades crecientes en defensa del artículo 18 del estatuto laboral italiano, que establece el derecho al trabajo, y para afirmar los valores democráticos, la derecha las acusa -paradójicamente- de utilizar la manifestación como instrumento antidemocrático para acelerar el proceso de caída del gobierno de Berlusconi, cuya fragilidad depende no tanto de la fuerza de la oposición, sino de la propia debilidad, consecuencia de promover una política de masas basada más en la propaganda que en la concreción de la ideas. Su poder, por tales motivos, pudiera igualmente durar mucho tiempo, produciendo daños irreparables, o en cambio caer miserablemente. Si el nacionalismo
y populismo son una vez más el enemigo más temido, ello
se debe precisamente al ultraliberalismo de la coalición mayoritaria
italiana y a su inmenso poder mediático. El actual orgullo posfascista
reencontrado (del cual podría surgir en un futuro un Estado policía
basado en el culto a las armas y la autoridad constituida, un síntoma
preocupante que se ha intensificado por el reciente intento de defensa
por parte del gobierno de los ocho policías acusados de haber usado
la violencia y cometido abusos de toda clase contra los jóvenes
que manifestaban contra la globalización en Nápoles) puede
ascender ese poder mediático a funciones gubernativas (el Le
Pen italiano es hoy un ministro del gobierno de Berlusconi,
que aún continúa rechazando el apelativo de racista) o hacerlo
circular por todas partes sin trabas, en la prensa, la radio, la ciudad,
las sedes de partido, ya sin aquel complejo de marginación que
se mantenía desde el final del fascismo histórico, aunque
con la legitimación de un jefe de Gobierno que a cada expresión
no puede hacer otra cosa que suscitar reprobación moral y de una
masa de electores cuya complicidad con el poder es proporcional al engaño
mediático del cual es víctima. Traducción: José Peralta Maurizio Fantoni Minnella. Escritor italiano |
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