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Apuntes Los hijos de la patria "Muchas veces, los mitos subsisten negando sus cualidades más obvias", como ocurre con Bolívar, a quien se le erige como padre sin haber tenido hijos. Pero sucede que Bolívar, como figura mitológica, según subraya Federico Vegas, "tiene mucho más de hijo que de padre (...) Invocar al Bolívar-padre, olvidando al Bolívar-hijo, es un error histórico que ha alimentado diversos complejos que ciertamente dificultan la ratificación y rectificación de una herencia extraordinaria"
Al padre de nuestra patria yo no le conocía gestos paternales -me refiero a los típicos aciertos y desaciertos de la relación entre el hombre curtido y el adolescente-, hasta que leí la recopilación de las cartas de Bolívar realizada por Carrera Damas. Me resultó conmovedor asomarme a un Bolívar, incluso, excesivamente paternalista. En octubre de 1828, preocupado por "los escandalosos sucesos" ocurridos en Bogotá y por la participación que tuvieron en ellos algunos jóvenes estudiantes universitarios, Bolívar propone, "para curar de raíz los males que presagian a la patria los vicios e inmoralidad de los jóvenes", una reforma en el plan de estudios de la Universidad. Bolívar ha creído hallar el origen del problema en las Ciencias Políticas, "que se han enseñado a los estudiantes cuando aún no tienen suficiente juicio". Por lo tanto dispone, entre otras medidas: "Que queden suspensas y sin ejercicio alguno, por ahora, las cátedras de principios de Legislación Universal, de Derecho Público Político, Constitución y Ciencia Administrativa, y por consiguiente que ningunos sueldos se paguen a sus catedráticos". Y, para complementar este vacío en los horarios, "Que se obligue a los jóvenes a asistir a una cátedra de fundamentos y apología de la religión católica romana, de su historia y de la eclesiástica para que los cursantes se radiquen en los principios de nuestra santa religión, y puedan así rebatir por una parte lo sofismas de los impíos, y por otra resistir los estímulos de sus pasiones". Un texto aún más revelador de la visión que Bolívar tenía de una paternidad doméstica lo encontramos en una carta, sin fecha, donde establece el "Método que se debe seguir en la educación de mi sobrino Fernando Bolívar". Aquí sí tenemos a un padre desplegando una sabiduría basada en experiencias de su propia vida. "La educación de los niños debe ser siempre adecuada a su edad, inclinaciones, genio y temperamento. La geografía y la cosmografía deben ser los primeros conocimientos que haya de adquirir La historia, a semejanza de los idiomas, debe principiarse a aprender por la contemporánea, para ir remontando por grados hasta llegar a los tiempos oscuros de la fábula Jamás es demasiado temprano para el conocimiento de las ciencias exactas, porque ellas nos enseñan el análisis en todo, pasando de lo conocido a lo desconocido, y por ese medio aprendemos a pensar y a racionar con lógica La memoria demasiado pronta, siempre es una facultad brillante, pero redunda en detrimento de la comprensión; así es que el niño que demuestra facilidad para retener sus lecciones de memoria, deberá enseñársele aquellas cosas que lo obliguen a meditar, como resolver problemas y poner ecuaciones; viceversa, a los lentos de retentiva, deberá enseñárseles a aprender de memoria y a recitar las composiciones escogidas de los grandes poetas Siendo muy difícil apreciar donde termina el arte y principia la ciencia, si su inclinación lo decide a aprender algún oficio yo lo celebraría, pues abundan entre nosotros médicos y abogados, pero nos faltan buenos mecánicos y agricultores que son los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar". Para que el joven sobrino se inicie en los principios y modales de un caballero, Bolívar recomienda las cartas de Lord Chesterfield. Deberá además practicar, "si es su gusto, el baile, que es la poesía del movimiento y que da gracia y soltura a la persona, a la vez que es un ejercicio higiénico en climas templados". Y, "sobre todo, recomiendo a usted inspirarle el gusto por la sociedad culta donde el bello sexo ejerce su benéfico influjo; y ese respeto a los hombres de edad, saber y posición social, que hace a la juventud encantadora, asociándola a las esperanzas del porvenir". Es difícil resumir en una sola carta la educación ideal para un adolescente. La paternidad es como un doctorado que, apenas lo finalizamos, nos abandonan los clientes. Hasta el oficio de hijo resulta complicado. Decía un tío al que aprecié mucho: "Un padre mantiene cinco hijos, cinco hijos no mantienen un padre". Este proverbio español tiene relevancia en un país donde la relación entre padres e hijos siempre anda a la deriva. Se habla mucho de la paternidad irresponsable, pero poco se explora la irresponsabilidad filial. Abundan los casos en que los bienes, o la buena fama, acumulada por el abuelo no llega hasta los nietos. En Venezuela las fortunas no suelen durar tres generaciones; una la produce, otra se la gasta, y la tercera la malgasta. Son notorios varios casos de parricidio empresarial. Nos ocurre que carecemos de tradición en eso de transmitir conocimientos y experiencias paternales. Los casos de vocaciones heredadas de padre a hijo son excepcionales en nuestra historia. Si acaso el nepotismo nos perjudica es por su total ausencia. En su libro, Elipse de una ambición de poder, Ramón Díaz Sánchez examina la influencia que tuvo Antonio Leocadio Guzmán sobre su hijo, Antonio Guzmán Blanco, y concluye que "éste fue un producto positivo de sus complejos psíquicos, al ser a un mismo tiempo la ratificación y la rectificación de su padre". Otro caso notorio es el del binomio Vallenilla Lanz. En el libro escrito por el hijo, Escrito de memoria, vemos, paso a paso, cómo el padre planificó la formación del vástago para que éste fuera su fiel copia. De hecho uno fue a Gómez lo que el otro sería -aunque con menos lucidez- a Pérez Jiménez. Entre abogados y médicos hay casos semejantes, pero rara vez se llega a la obsesión sajona -a nadie conozco que ponga en su tarjeta: Luis Rodríguez III-. Entre nosotros esas heráldicas resultan sospechosas. Hablemos de paternidades más institucionales, más complejas, y de reconocido fracaso. Las familias adecas y copeyanas se han extinguido a causa de parricidios y filicidios. En esta vorágine, que en política resulta tan apetitosa, Caldera ha sido el más freudiano e insaciable. Los padres no supieron delegar, hacer sitio -con la sensata excepción de Betancourt-; y los hijos quisieron heredar los derechos sin los deberes. Pero hay una paternidad que reina sobre todas las demás, tanto en posibilidades como en confusiones. Se basa en una imagen de extraordinaria carga espiritual, justamente la de Bolívar como "Padre de la Patria". Aquí está quizás la esencia de nuestro recurrente drama edípico y el eslabón perdido que tantos procesos psíquicos desarticula. Ocurre que Bolívar, como figura mitológica, tiene mucho más de hijo que de padre, y sólo equilibrando el mito desde esta segunda perspectiva, podemos asimilar la significación de su verdadera fuerza. Bolívar en su contenido arquetipal es acción más que fundación. No sugiere al padre que construye un hogar, sino al hijo, que abandona lo establecido en busca de una casa más justa. Es un hombre sin tiempo para procrear, para construir. Es difícil asociarlo incluso con la actividad más sencilla de hacer casa: la verdadera casa de Bolívar es aquella donde nace; el resto parecen ser siempre lugares de paso. El es quien más se angustia y sufre con los dictados de su espíritu incesante. En su Discurso de Angostura nos dice: "No aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región de la Libertad, descendamos a la región de la tiranía". "Hagamos que la fuerza pública se contenga en los límites que la razón y el interés prescriben: que la voluntad nacional se contenga en los límites que un justo poder le señala ". Aquí Bolívar nos revela sus ansias de equilibrio, su deseo de reconciliarnos con la realidad, su anhelo de estar en paz con el mundo, su preocupación por evitar "esa complicación que traba, en vez de ligar, la sociedad". Sin embargo, al tratar de ser árbitro entre el pasado colonial y la futura república, terminó consumido por ambas fuerzas. Inserto en tiempos de transición siempre asumió lo inmensurable y jamás encontró un presente donde reposar. De su testamento es importante no sólo su pensamiento y acción, sino el drama de su incandescencia. Las palabras "padre" e "hijo" tienen un peso enorme. Ciertamente se complementan, tanto que no existe una sin la otra. Los católicos hemos creado una Trinidad, convocando al Espíritu Santo para que equilibre esta difícil dualidad. Invocar al Bolívar-padre, olvidando al Bolívar-hijo, es un error histórico que ha alimentado diversos complejos que ciertamente dificultan la ratificación y la rectificación de una herencia extraordinaria. Por esto, quizás, es que al aferrarnos a la imagen de Bolívar hemos arado en el mar tantas veces. Es difícil la relación con una figura que invita a la desmesura cuando hacen falta el guerrero y el constructor, el pensador y el ejecutor, la siembra y la cosecha, el propósito y el resultado, el pasado remoto y el pasado reciente. Bolívar puede ofrecernos esa complejidad, siempre y cuando aceptemos, no sólo lo que él significó en nuestra historia, sino la carga emotiva que deposita en nuestra alma y los resortes que mueve su figura en nuestra intimidad. Estamos agotados de una sobreexcitación bolivariana que se limita al Bolívar-hijo invocando a un Bolívar-padre. El presidente Chávez, con su caudal de liderazgo popular, ha debido entender su capacidad refractaria en lo que plasma, en lo que despierta, en lo que incita. En un país de hijos, de empresas y de partidos sin una sana y fructífera paternidad, el líder debe revisar las pasiones que lo mueven, debe explorar la fuente de su carga creadora, ¿Cuánto tengo del hijo que se rebela y combate? ¿Cuánto del padre que funda y deja un respetado y perdurable testamento? Chávez
decidió, o su alma no le permitió otra cosa, que ser un
hijo furibundo y malcriado, es por eso que lo ha ido dominando el síndrome
del adolescente: "yo no debo entender al mundo, es el mundo el que
debe entenderme a mí", de aquí su expansión
continua e insaciable, sus imágenes cambiantes e imprecisas, su
rencor hacia un pasado reciente, su enamoramiento por un pasado mítico. Federico Vegas. Narrador y ensayista |
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