LA SINGULARIDAD
INTERNA DE LA NARRATIVA DE LIDIA JORGE
Palabra
de trazos litúrgicos
En
un mundo que se encamina hacia el "momento final de una civilización
de comprensión", Lídia Jorge vierte su experiencia
como testigo de las guerras coloniales que se libraron en Africa y desgrana
la evolución de la literatura portuguesa. La escritora, nacida
en una pequeña región de Portugal, se apropia
de la palabra para saborear la narrativa-poética y la poesía-cerebral
que se construye en su país: "No narramos historias lineales,
tenemos una forma circular, yo diría un poco litúrgica",
señala en entrevista concedida a Verbigracia a su paso
por Caracas con motivo de la celebración del Día Nacional
de Portugal
Foto: Paulo Pérez Zambrano A Lídia Jorge le interesa el aprovechamiento
poético de su lengua
Lídia
Jorge no entiende cómo se pueden escribir "tantas futilidades,
cuando el mundo está queriendo y precisando que se hable de lo
profundo". Y es que para la escritora portuguesa, quien estuvo recientemente
en Venezuela con motivo de la celebración del Día Nacional
de Portugal, la literatura es una transfiguración, la representación
de una metáfora que reduce a lo esencial, y lo esencial es una
meta en su vida: "siempre me atraviesa un gran amor por la gente,
por los personajes". Nacida en 1946, en una pequeña población
de Algarve, esta voz de la literatura íntima deja ver en cada obra
"esa pasión por el otro". En 1980 publicó El
día de los prodigios, y dos años más tarde la
novela merecedora del Premio Ciudad de Lisboa, El muelle de las meriendas.
Noticia de la Ciudad Silvestre obtuvo el mismo galardón en
el año 1984, pero es en 1988 cuando aparece La costa de los
murmullos, calificada por la crítica como una de sus mejores
creaciones. La última dona, El jardín sin límites
y El fugitivo que dibujaba pájaros son sus últimas novelas.
Así, Lídia Jorge profesa una narrativa psicomágica,
sobre la magia poética de la gente, en la que la voz de las mujeres
tiene un amplio papel, y lo más importante es "la perplejidad
sobre la imperfección de los diálogos". Esta es la
ofrenda que su país recibe con los brazos abiertos.
IF: El traductor
Eduardo Naval pronosticó en 1997 que "en los próximos
diez años se produciría un boom de la literatura
portuguesa". ¿Cree que se cumplió esta profecía? LJ: Me parece que se está cumpliendo, pero hoy es difícil
hablar de un boom cuando todos los países quieren que se
dé ese boom. Hay una relativización de todo eso.
Hoy hay cuatro o cinco escritores portugueses que son conocidos en todo
el mundo, entre ellos está Fernando Pessoa, considerado
como el gran poeta portugués del siglo XX. Esto muy importante
para nosotros sobre todo sabiendo que hay una relación entre el
poder diplomático, económico y político de los países
en la divulgación de su literatura. Quince años atrás
los franceses mismos decían que no querían traducir a Pessoa
porque no les interesaba. Hoy existen cuatro grandes editores en Francia
que lo traducen, porque se ha comprendido la importancia de su obra. Hay
una parte de él que sigue despierta aún, y para nosotros
él es como una especie de áncora, de símbolo, de
metáfora. Cuando uno abre un libro y ve un epígrafe de Pessoa
se da cuenta de que es una figura muy importante. Más recientemente,
en el dominio de la novela está Saramago y una escritora,
absolutamente fantástica, no muy traducible, que se llama Agustina
Bessa-Luís y también Maria Viera da Costa, pero estoy
hablando sólo de los más nombrados por las traducciones.
De mi generación hay otros, que no somos tan conocidos; sin embargo,
cuando un extranjero nos lee se da cuenta de que hay una forma no anglosajona
de contar, de narrar, que es muy propia y poética, y que apuesta
a una singularidad interna. Nosotros tenemos una forma particular, difícil
de narrar. Hay gente en el norte de Europa que dice que los portugueses
no saben contar, y eso no es verdad. No narramos historias lineales, tenemos
una forma circular, yo diría un poco litúrgica, no es una
forma barroca del tipo suramericano. Es una literatura circular, repetitiva,
donde la parte poética tiene mucho peso. Estamos haciendo una literatura
de resistencia delante de un modelo generalizado de facilidad. En Portugal
todas las artes son así: hay una especie de aprovechamiento natural
de una identidad muy propia. En mi país, la narrativa es muy poética
y la poesía es muy cerebral. Hacemos una literatura muy difícil
para el pueblo, para la gente, pero que cuando alcanza a ser entendida
es profundamente amada.
-¿Cuál
es el aporte de Lídia Jorge a la poesía de su país?
-Es muy difícil de decir, pero me parece que lo que yo hago es
una narrativa psicomágica, sobre la magia poética de la
gente, donde la voz de las mujeres tiene un amplio papel, y donde el tema
más importante, y me parece que es el aporte, es que hablo de la
perplejidad sobre la imperfección de los diálogos, diálogos
de todos los niveles: de los políticos con la sociedad y entre
los miembros de la familia. A veces me pregunto por qué el hombre
y la mujer no se entienden ¿por qué? Es mi gran perplejidad,
como si en la humanidad hubiera un falla, una brecha que es la condenación.
Yo me cuestiono sobre todo eso. Tengo los elementos romanescos, pero no
hablo en forma romanesca. Me interesa mucho el aprovechamiento poético
de mi lengua. Empecé más barroca de lo que soy, y escribo
siempre con la metáfora, pero reducida a lo esencial. Lo esencial
es una meta en mi vida, esto es difícil porque soy sensorialista.
Siempre me atraviesa un gran amor por la gente, por los personajes, en
ese punto de vista soy antiposmodernista, porque el posmodernismo ha matado
al personaje, pero existe otra posibilidad: hay autores que saben que
el personaje tiene voces que dan conocimiento que el autor original no
posee. A mí no me interesa la calificación. Yo me dejo apasionar
por las figuras porque ellas saben lo que yo no sé.
Foto:
Paulo Pérez Zambrano Jorge da voces a quienes no pueden hablar
alto
-¿Su obra
es feminista?
-Feminista no es, porque yo no conozco la verdad. Para ser feminista es
necesario ser militante por una causa, y no tengo la capacidad de serlo.
No empiezo a escribir un libro con la idea de defender el punto de vista
femenino. Mi visión es femenina y para mí es importante
que la mujer sea un personaje fundamental. Yo conozco a las mujeres más
por la proximidad, y después porque busco un mundo de motivaciones
profundas e intento darle voces a aquellos que no pueden hablar alto.
En todas las situaciones donde están hombres y mujeres, ellas siempre
tienen un grado más tímido que los hombres, lo que no quiere
decir que no haya mujeres malas o despóticas, no es eso, es una
cuestión de habla, de los sufrimientos, de los deseos. Su capacidad
de decir lo que quiere, y adónde va es menor. Hay voces que desean
hablar alto y que no pueden, por eso me siento bien dándoles esa
especie de regalo para que hablen más.
-Usted dice en
su libro La costa de los murmullos que las "mujeres tenían
su guerra que era el embarazo, el amamantamiento, algún pequeño
empleo en las horas frescas". ¿Esta realidad traspasa las
fronteras de Mozambique, escenario de la novela?
-Esa frase fue sacada de una parte donde se habla de la expresión
"guerra", que era muy generalizada. Todo era una guerra: un
negocio era una guerra, y las mujeres también tenían su
propia guerra. Es verdad que existe una parte biológica que uno
no puede sacar por la ventana, no me refiero a una condenación
biológica, porque el embarazo es una riqueza biológica,
es una diferenciación biológica. A mí me gusta decir,
en general, que las mujeres viven diez años de la Guerra de Troya,
son los años de los embarazos, de los niños y todo eso.
He vivido esos diez años en los que no he escrito, y en los que
me entregué a mis grandes amores que son mis hijos, pero después
de "esa guerra" me he sentido más libre para escribir
y leer, para ser yo misma. Es preciso decir que felizmente la civilización
occidental está caminando hacia una ayuda muy grande a la mujer,
no es total, pero es muy buena si se compara con Africa y con otros continentes
donde las mujeres tienen un papel muy inferior.
-¿Cómo
la marcó su experiencia como testigo de las guerras coloniales
que se libraron en Africa?
-Muchísimo, porque en las experiencias límites se conocen
los comportamientos humanos. Precisamente, esa experiencia me ha dejado
la imposibilidad de definir la naturaleza humana. Lo que comprendí
es que delante de situaciones límites uno se revela de manera completamente
diferente: gente que me parecía suave, dulce, tranquila, era capaz
de ser violenta y asesina. No tenían capacidad de respeto por el
otro, y los valores construidos como competencias desaparecían.
Era un escenario tan violento que me parecía que en cada hombre
había un asesino desconocido. En ese espacio de guerra comprendí
tantas cosas: sentí que había sacado una experiencia tan
fuerte sobre el ser humano y sobre las relaciones personales.
-Alguna vez expresó
que lo que más le interesaba de la emigración era "el
encuentro con el otro". En tiempos de guerra ¿es posible "encontrarse
con el otro"?
-Sí, pero era una guerra muy especial porque permitía varios
encuentros. La costa de los murmullos, por ejemplo, es un libro
escrito sobre el encuentro de los guerreros en el campo de batalla, pero
también del encuentro con el otro en las casas. Era una guerra
muy extraña, que no se quería aceptar, era extraordinariamente
hipócrita. Lo más chocante para mí era la incomprensión
total por la diferencia. Hubo un momento en el que estaba llena de deseos
de conocimiento directo.
Una noche estaba con
otras mujeres de oficiales en el bar de un hotel lujoso en Mozambique,
en Africa. Todo era rojo, caliente, muy fuerte, y luego vimos una plaga
de langostas verdes alrededor de las luces. Esto era muy bueno para los
africanos porque podían comerlas. Ellos estaban muy contentos y
danzaban alrededor del fuego. Era un espectáculo absolutamente
maravilloso. Yo estaba conmovida y quería verlos de cerca, y la
gente me decía: no, no, no, que están comiendo los salvajes.
¿Por qué eran salvajes?, ¿porque estaban alegres?,
¿porque comían lo que nosotros no estábamos acostumbrados?
Para mí esto ha sido tan chocante que he llorado y llorado, y mi
marido, que era un militar duro, no comprendía, pensaba que estaba
casado con una enferma. Había una incapacidad de diálogo
tan grande, y me pregunto por qué. ¿Por qué tanta
incapacidad de diálogo? Sentí que estaba viviendo el momento
final de una civilización de comprensión. Hoy entendí
que ese momento no ha pasado, sigue, continúa
-¿Cree en
otra verdad que no sea la que se consigue a través de la correspondencia?
¿Logró contestar esta pregunta formulada en La costa
de los murmullos?
-Si entendemos la correspondencia como el diálogo, no lo creo,
porque el encuentro con el otro es el simulacro del encuentro con la totalidad,
y esto no es posible si no hay un encuentro con el otro. El diálogo,
escuchar al otro, esa forma silenciosa de estar con lo otro, pienso que
es la forma suprema de ese encuentro con la totalidad. Soy muy occidental,
y no acredito que el hombre se haga entero con la totalidad como los orientales.
No comprendo eso, creo que es una forma imperfecta, imposible. Ese encuentro
debe pasar a través del otro que está a mi lado. La totalidad
que no es la humana, me parece abstracta, insensible, no habla, no dice
nada, por más que uno quiera escuchar.
Iralis
Fragiel. Tesista UCAB
N
37 Año V
Caracas, sábado
15 de junio
de 2002
La singularidad interna
de la narrativa
de Lidia Jorge