![]() |
|||
|
|
|||
|
Libros, Lecturas y Lectores Alfredo
Armas Alfonzo El peso de las imágenes
y del imaginario al que se entregase
Iniciada, en libro, con la publicación de Los cielos de la muerte en 1949, la obra de Alfredo Armas Alfonzo, nacido en 1921, se extendió hasta Los desiertos del ángel, aparecido el mismo año de su muerte, en 1990. Al eje fundamental de su narrativa, renovadora si las hay, se agregaron escrituras no menos esenciales como la de sus crónicas, sus consideraciones sobre artes plásticas, sus trabajos sobre cultura popular y tradicional, su enjundiosa oratoria y la infatigable dedicación periodística que acompañó siempre su quehacer literario. Si el ritmo de publicación de Armas Alfonzo fue tan constante como su actividad de fundador y director de revistas, es un hecho que la atención hacia su obra sufre un eclipse en las décadas de los sesenta y setenta, debido quizás a la irrupción de nuevas promociones de escritores en nuestro país, las cuales, deslumbradas por los aportes mucho más vistosos de lo que por entonces se llamó el boom de la narrativa latinoamericana, acaso no supieron apreciar la más callada y honda transformación que Armas Alfonzo, reelaborando lo rural y lo regional, venía cumpliendo. A partir de 1986, con el simposio que en su homenaje se celebró en la Casa Ramos Sucre de Cumaná, recogido en libro al siguiente año, se comenzó efectivamente a reconocer el lugar central que ocupa Armas Alfonzo en las letras venezolanas. Voces tan autorizadas como las de Domingo Miliani, Jesús Sanoja Hernández, José Antonio Castro, Julio Miranda, Alfredo Chacón, Armando José Sequera, entre otras, propusieron una lectura múltiple que, sobre la base de su rescate de lo regional, identificaba la arquitectura universalizante de su fabulación, en la que la amorosa memoria del cronista se trascendía en la radical aventura del inventor de ficciones autónomas, mientras se le declaraba, al mismo tiempo, fundador de nuestro minicuento o cuento brevísimo y creador de una forma novelesca fragmentaria que, dada la organicidad de su obra, abarcaría en su espeso tejido de personajes y anécdotas a su entera narrativa. Posteriormente, la edición antológica en la Biblioteca Ayacucho de El osario de Dios y otros textos, precedida de un estudio cabal firmado por Domingo Miliani, y la edición crítica de El osario de Dios por la Fundación Alfredo Armas Alfonzo, en volumen de hermoso diseño y con la introducción abarcadora de Julio Miranda, han permitido desarrollar esta nueva valoración de nuestro autor, cuyos ecos se prolongan en los encuentros puntualmente organizados por la misma Fundación AAA, en la publicación de diversos ensayos, en cursos y conferencias, culminando por ahora en esta recopilación que oportunamente ofrece Monte Avila Editores, para que el lector tenga una muestra de lo establecido por la crítica sobre Armas Alfonzo. Cabe decir, entonces, que sin prejuzgar sobre lo que las nuevas generaciones de lectores aportarán a su vez, las grandes líneas de interpretación de esta obra ya están sólidamente trazadas en lo que concierne a la crónica y la narración; lo regional, lo histórico y lo ficcional; el texto brevísimo y lo novelístico que lo envuelve. De todo ello nos felicitamos. (Prólogo al libro Alfredo Armas Alfonzo ante la crítica). José Ramón Medina. Poeta
La voz de una
escritura sabia Nunca estuve en Clarines. Sin embargo, qué familiar esa calle luminosa en un óleo -casi naïf- que lo representa. Al cruzarla, aquella soleada soledad se llena, de pronto, de seres e historias zarandeados por la pasión de vivir, gracias a la voluntad de un escritor que, antes de llegar hasta aquellos alrededores, yo no conocía: Alfredo Armas Alfonzo (1921-1990). Con esa z que se me antoja tan significativa como la x a partir de la cual otro Alfonso -el maestro Reyes- completó su teoría de la encrucijada mexicana. Arcaísmo y novedad, en singular coyunda; mezcolanza de signo y sonido, de donde nace y crece una vida que sólo en la escritura ha mantenido su grandeza ya tan desprestigiada: por quienes la malversan en el comercio de las ideologías; por quienes la ignoran a sabiendas, cuando descubren en ella el rostro de una renuncia y un despojamiento que nunca serán capaces de afrontar. Prefieren la falsedad impostada de su impura literatura. Con demasiada ligereza se habla de mestizaje, para justificar -con su tópico concepto- la escritura de nuestro doble atlántico. Y no es -como se malsobreentiende- una mezcla sin aliento, en la que todo vale. Al contrario, se trata de una forma distinta de respiración para el lenguaje, aireado por vientos diversos y creciendo en una trama sin fin, cuyos hilos se cruzan y superponen hasta conseguir tonalidades insólitas. Verdades y teorías de nada valen en ese espacio arborescente y sugeridor; historia y palabra lo ocupan todo con una fuerza espléndida. En esta tesitura, precisamente, la voz de Armas Alfonzo. Surgida desde un rincón de Venezuela, fluye con el regusto de la oralidad para matrimoniar (tras síncopas y zigzagueo insólitos) con una escritura sabia que nos prende y nos obliga a una necesaria comunión. Su aparente pequeñez, su incontestable humildad dibujan un mundo abigarrado en el cual habitan criaturas maravillosas: ámbito primordial en donde la palabra, el aliento y alimento, salva de la ruina y del olvido a una existencia a la ruina y al olvido condenada. Alfredo Armas Alfonzo escribe de esta derrota, de esa entrega; y al hacerlo, él también se integra en tan radical experiencia: su oficio, de renunciación. Armas Alfonzo, en la mejor -y verdadera- tradición narrativa hispanoamericana. Escritura del fragmento y no de la verba y la charlatanería que nos han dado por liebre. Si desde su principio esa prosa se resistió al envejecimiento y la anquilosis, para resolverse en permanente fecundidad, es porque se atrevió a seguir derroteros que eran abismos. Hasta ahí se alongarían ya los cronistas fundadores. Pues la novela sólo es -desde sus orígenes- en la comunión con la poesía , con la magia del cuento, lugar preciso en que ambas direcciones de la palabra acaban por encontrarse. Si lo sabría Borges Sacudida de la poesía y disgregación del fragmento, en pluralidad de sentidos y sugerencias: la prosa de Armas Alfonzo está hecha del mismo vigor constante que sostiene la vida mientras ésta se consume con toda naturalidad. Y su palabra se profiere y se prolonga y se adelgaza en una melopea sucesiva de ritmo quebradizo, acezante; como cansada pero imprescindible respiración. Semioculto en su provincia, pero muy activo en la escritura y en la defensa del patrimonio cultural de su pueblo, vivió rodeado de imágenes y objetos diversos, de obras de arte y otros tesoros que arrancó a la vejez de la historia y a la acción corrosiva del clima. Esos mascarones con pátina de siglos, como las criaturas de su mundo narrativo: de tanta realidad, que se desbordan en una pulsión mágica difícil de creer. De la estirpe de Juan Rulfo, en su mutismo, allá en Comala, entre murmullos más inteligibles que todas las palabras; de Juan Carlos Onetti, postrado en la suburbial Santa María, mientras redacta su testamento mayor; de Julio Ramón Ribeyro, cuyos fragmentos dieron sentido a su existencia apátrida. De la estirpe de los resistentes. Para ellos, la literatura es una forma de consumación sin paliativos; en todos ellos, la palabra resplandece con su fervor (hervor) poético. Nunca defraudan; nunca traicionan su discurso. En Armas Alfonzo, sin embargo, nada de patetismo. Cuando la muerte se enseñorea de sus historias (que es casi siempre), cuando una violencia inusitada sacude a sus criaturas, todo sigue discurriendo con absoluta naturalidad; y hasta -si se me permite- con mayor ternura. E incluso con humor. Leemos su título emblemático, El osario de Dios (1969), y en él bullen con la misma fuerza erotismo y muerte. Apelamos a otra de sus obras características, Los desiertos del ángel (1990), y la actitud balbuceante y primordial del juego de hablas y de su-cesos que es ese libro, reitera lo brutal y lo deleznable de la existencia; como si de un capricho infantil se tratase. Los rostros de sus retratos de familia, qué espléndido sumergimiento en las tramas del afecto y el laberinto de la memoria. Y el lenguaje, antes de contarlo, manifiesta sensualmente ese padecimiento: un cuerpo despojado y a la intemperie, que no tiene de qué avergonzarse. Materia -todo- de la que estamos hechos. Para qué disimular. (Ensayo inédito incluido en Alfredo Armas Alfonzo ante la crítica). Jorge Rodríguez Padrón. Escritor español |
|