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Ensayo LA VUELTA AL MUNDO DE LA VIDA COTIDIANA A TRAVES DE LA ESCRITURA Fenomenología de la literatura Julio Quesada da cuenta de la tarea fenomenológica del escritor y del filósofo, para quienes -al no poder reducir la existencia del hombre a la cosmovisión positivista que expulsa la subjetividad- el "enigma del mundo permanece": desde Proust a Cortázar pasando por Husserl y Merleau-Ponty, Zambrano y Arendt, entre otros, han mantenido una lucha permanente "en contra del análisis 'realista' por su incapacidad para enfrentar la perplejidad del mundo", señala Quesada
Escribía Merleau-Ponty en Sentido y sinsentido (Península, Barcelona, 1977, p. 276 s.) que la obra de un gran novelista está siempre sostenida por dos o tres ideas filosóficas. Por ejemplo, en Proust, el pasado llamando a las puertas de nuestro presente porque ni se quiere dar por muerto, ni el presente es "nuestro" al margen de la constante renovación de ese lenguaje con el que pretendemos re-conocerlo. Escribir es saberse constantemente en jaque desde el lenguaje si lo que queremos es señalar y descifrar el mundo; tarea que tanto el literato como el filósofo saben de antemano tan inacabada como inacabable. Resulta que para el fenomenólogo -y tanto frente a la cosmovisión positivista de la segunda mitad del XIX cuya "visión" del mundo y del hombre es la de las ciencias positivas que, de un cerrojazo, aclaran el "enigma" de la subjetividad mandándola al otro mundo (el sinsentido), puesto que la verdad es la de los hechos en sí (Husserl: La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Crítica. Barcelona, p. 5-7), como en contra del lógico silencio wittgensteiniano, tratado europeo que mejor resumía el sentido y alcance de nuestra Krisis, séptimo día de la desconstrucción Logico-Philosophicus del mundo humano: "7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse" o, lo que es lo mismo pero en positivismo, sólo podemos decir aquello que se puede decir=las proposiciones de la ciencia natural- y también para el escritor el enigma del mundo permanece. Pero no porque haya un sentido fuera del mundo sino que al no poder reducir la perplejidad de nuestra existencia al mundo de lo que sí se puede hablar mediante el método de la objetividad científica, pues en lo que "hay" no sólo aparecen en nuestra visión "cosas" sino "seres", circunstancia que choca con la teoría positivista que reduce el "ver" a "ver-cosas" con la consiguiente expulsión de nuestra subjetividad tanto del paraíso de la matematización y "prosperity" (en inglés en Husserl) como del paraíso utópico de una dialéctica de las víctimas del progreso que acabaría transformando en virtud ontológica el "ardid de la Razón" por cuyo esencial momento negativo el filósofo-búho de Minerva levantaría el vuelo al amanecer para explicarle a Napoleón (que no se había enterado de nada) cómo por sus cañones había hablado el télos de una Razón Universal tan sabia como indiferente ante la "visión" de la filosofía de la historia que transformaba a ésta en el "ara" necesario de la Humanidad, filosofía de la historia en cuyo campo perceptivo la ausencia de realidad del mundo aparente viene ya compensada por la abnegada fe de carbonero del ayuda de cámara de Napoleón, transformando esta dialéctica a la vida de cada uno de nosotros en realidad virtual, el que no se pueda silenciar con teorías estas canalladas ni encorsetar la existencia humana bajo ninguna definición que dé cuenta de ella de una vez por todas, de hecho la historia se sigue riendo de los sepultureros del "Final de la Historia", no es algo que tenga que ver con un "defecto" del hombre por cuya "culpable" finitud aún seguimos soñando con el saber absoluto y la gran síntesis o el ser, o con un defecto del lenguaje racional que debemos salvar, alétheia, alétheia, acudiendo al reino de lo inefable apofántico. De lo que no se puede hablar lo mejor es narrarlo. Si tuviéramos que atenernos exclusivamente a una visión del mundo positivista el pasado, el de cada uno de nosotros, no sería un problema filosófico que pugna por salir a la escritura. Este "salir a" no debe entenderse como situación cartesiana de un cógito con dentro y fuera, sino como necesidad fenomenológica al tener el escritor que "tematizar" cuestiones como el tiempo. Y es que si el tiempo no sólo se puede medir (y debemos hacerlo si no queremos que se nos pasen los huevos o perder el avión) sino que también reaparece, una y otra vez, como parte de una subjetividad e intersubjetividad que no son puros hechos en sí sino materia, aunque no cosa, carne de nuestra carne que nos interpela desde el fondo visible e invisible, ahí brota el enigma del mundo, de nuestras propias vidas cuyo pasado ya sido, qué paradoja filosófica-narrativa, renace continuamente en nuestra consciencia porque aunque ya-sido no lo tenemos y hay que poner otra vez a punto el lenguaje. No se trata del "giro lingüístico" hermenéutico, tampoco de la nietzscheana posmoderna metaforicidad crítica del concepto cuya gaya ciencia -"No hay hechos en sí sino infinitas interpretaciones"- amenaza con un gran carnaval foucaultiano en donde víctimas y verdugos se confunden en el "todo vale", "todo es metafórico". No. El enigma del mundo, que coincide con la tarea fenomenológica deal escritor, quiere velar por las cosas mismas, quiere volver a las cosas mismas, quiere salvar el mundo de las apariencias, y para esta labor debe cambiar de perspectiva. De lo que se trata es de que "En todas las verificaciones de la vida natural de intereses, escribe Husserl, de aquella que se atiende puramente al mundo de vida (Lebenswelt), el regreso a la intuición experiencial "sensible" juega un papel preeminente". (Crisis, p. 110). El desarrollo de la propia "fenomenología" como respuesta a la crisis de las ciencias europeas, crisis que cabe sintetizar como malestar de una cultura que se sabe incompleta por la omisión de aquellos elementos inservibles para una forma de "ver" el hombre moderno que omite de las cualidades del mundo las que no pueden ser reducidas a cualidades "primarias", pesar, medir y contar, cualidades "secundarias" que, y es esto lo que se señala como parte inalienable del "campo fenomenológico", sin embargo, formaría el subsuelo de nuestra percepción del mundo mucho antes que llegáramos a la conclusión científica tal o cual; desde este punto de vista, ¿no podríamos reconsiderar la relación entre "filosofía y literatura" como una necesaria respuesta que la propia historia de la filosofía occidental se da ante sus propios fracasos? En efecto, desde Marcel Proust a Julio Cortázar pasando por Husserl y Merleau-Ponty, María Zambrano y Hannah Arendt, entre otros, el problema de la autenticidad humana se ha visto reflejado en nuestra historia del pensamiento por la lucha permanente que escritores y fenomenólogos han mantenido en contra del análisis "realista" del mundo por su incapacidad para enfrentar la perplejidad del mundo, incapacidad perceptiva que le hace recortar el mundo sensible, substituyendo la tremenda riqueza del mundo de las "apariencias" bien por una fórmula científica elaborada cuidadosamente en un laboratorio antitrágico (véanse a Platón y Aristóteles a la nueva luz de las relaciones filosófico-literarias entre "tragedia", "fortuna" y "democracia" en Pierre Aubenque: La prudencia en Aristóteles y Martha Nussbaum: La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega), bien suplantando las enormes posibilidades y libertad de los sujetos-acción del presente ante nosotros por un futuro tan idolatrado que nos hace ningunear la percepción del presente o instante en que vivimos. De ahí que fuera la "percepción", algo tan habitual y conocido, nuestra fe perceptiva la que tuviéramos que poner en duda. "Oh, Dialéctica -escribía Merleau-Ponty en Lo visible y lo invisible (Barcelona. Seix Barral, 1970, p. 121)-, dice el filósofo cuando advierte que la verdadera filosofía se burla tal vez del filósofo". Frente a la evaporación de lo concreto-real en aras de la abstracción, frente al juego malabar de la "mala dialéctica" que quiso "recompensar al ser con un pensamiento tético, con un conjunto de enunciados, tesis, antítesis y síntesis" (oc, p. 122), nuestro fenomenólogo defendía el mundo de las apariencias sensibles negándole realidad a la síntesis en tanto "nuevo término positivo" porque tanto en el pensamiento como en la historia ocurre lo que en la propia vida: "no conocemos más superaciones que las concretas y parciales, cargadas de residuos y abrumadas por las pérdidas" (p. 123). Pero una dialéctica sin síntesis ¿no es lo que aproxima a la verdadera fenomenología a la tragedia y a la verdad que hay en la percepción de lo concreto? Filosofía y literatura: ¿un problema de percepción? Husserl (Crisis, p. 114 s.) no quería poner entre paréntesis o hacer "epoché" de nuestro mundo de la vida cotidiana porque despreciara el mundo sensible en aras de otro más verídico; tampoco despreciaba el valor de la ciencia por el hecho del cientificismo moderno. El filósofo quería con el método fenomenológico salvar la importancia de las ciencias naturales y formales, en entredicho desde la enmienda a la totalidad que proponía, por ejemplo, su discípulo Heidegger en ¿Qué es metafísica? como una revolucionaria forma de saldar la crisis de Occidente, viendo el mundo más allá del "logos", del "espíritu" y de la "razón", revolución ontológica que conllevaba la "destrucción fenomenológica" de Occidente-o-de-la-metafísica en tanto que, Carta sobre el humanismo, la peor "blasfemia" que le habíamos hecho al ser era pensar según valores. La respuesta fenomenológica del maestro nos invitaba a retomar ese mundo vivido que ya estaba ahí, suelo desde el que, sin saberlo porque lo damos por descontado, se yerguen todos nuestros proyectos pero que en la propia inercia de la vida nuestra cotidianidad pasa por alto, no ve, cree conocer cuando lo único que tiene y vive es la clausura de su riqueza que la especialización tanto científica como humanista (eruditos y ratones de biblioteca, decía Nietzsche desde y contra la filología) ha transformado en letra y vida muerta. Retomar este mundo de la vida cotidiana para sacar a flote sus piedras preciosas es tarea de un buzo, la tarea del escritor. "Una hora no es sólo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas. Lo que llamamos realidad es cierta relación entre esas sensaciones y esos recuerdos que nos rodean simultáneamente ( ), relación única que el escritor debe encontrar para encadenar para siempre en su frase los dos términos diferentes", decía Marcel Proust en En busca del tiempo perdido/VII: El tiempo recobrado (Santiago Rueda Editor. Buenos Aires, 1980, p. 193). Ahora bien, el escritor no bucea en la nada sino en el mundo: tal perfume nos evoca una mujer y unas circunstancias, esta música me lleva a un conocido demonio melancólico y esta otra a las alegrías de una tarde de cine infantil con los amigos, aquel proyecto juvenil no se cumplió pero han venido otros, en fin, este frío siempre me recuerda el internado de Campillos y lo que escribe Primo Levi sobre Auschwitz (es una exageración, pero nos vale si comprendemos que siempre estamos re-creando el pasado) porque perfumes-sonido-proyectos-climas remiten a ese enigma de la subjetividad, vaso lleno de mundos-comunicantes, lo que sólo tiene lugar o es posible como "mundo" en tanto "horizonte universal" porque, escribía Husserl: "Nosotros, en tanto que somos aquellos que viven en la consciencia en vela del mundo, somos constantemente activos sobre el suelo de la posesión pasiva del mundo" (Crisis, p. 113). Ese mundo es lo que el fenomenólogo, el escritor, tendrán que rescatarnos y para llevar a cabo esta tarea, bucear contra la inercia de la costumbre que cree que una hora sólo es una hora, tendrá que poner como entre paréntesis el mundo que nos rodea y somos; pero con tanto cuidado y atención como el que está en vela: cuidando solícitamente de las cosas, los objetos, él mismo, los demás, el lenguaje, porque no consiste en salir de ahí, de ese mundo ya dado pasivamente, sino de redescubrir la riqueza, los numerosos mares que hay en la palabra "mar", la novedad en lo más antiguo y conocido, lo original en medio de la costumbre. Tarea que no puede darle la espalda al mundo de la vida cotidiana porque todo conocimiento, escribe Husserl, toda validez axiológica y todo fin, no son únicamente propiedades que adquirimos, material con el que hacemos el mundo, sino, y al mismo tiempo, "persistentes en nuestra actividad, propiedades de nosotros mismos en tanto que sujetos-Yo, en tanto que personas, y encontrables en la actitud reflexiva como configurando nuestro propio ser" (Crisis, nota 1, p. 114). Proust (que no conoció a ningún fenomenólogo) hizo literatura para combatir la literatura positivista que se conformaba con describir las cosas o desmenuzarlas, señalando la contradicción que arrastra la literatura "realista" queriendo echar luz sobre la realidad para acabar consiguiendo su empobrecimiento y nuestra tristeza, "porque corta bruscamente toda comunicación de nuestro yo actual con el pasado cuyas cosas conservaban la esencia y el porvenir y donde nos incitan a probarlo de nuevo" (oc, p. 189 y 193-4). Su obsesión por recobrar el tiempo perdido es fruto de su lucha contra lo monótomo y uniforme, monotonía que el escritor descubre en sí mismo y que quiere reavivar volviendo a ver algo de otro tiempo; lo que sólo podrá hacer, y así lo escribe, "volviendo a mirar con el pensamiento": evocando una sensibilidad diferenciadora para recuperar la persona que éramos entonces. Una hora no es sólo una hora, es un vaso lleno de porque nuestra persona tiene en su ser algo que lo asemeja a la verdadera obra de arte: ser una cantera cuyas riquezas latentes están esperando ser iluminadas. La grandeza de la escritura se confunde con la tarea fenomenológica porque, como escribe Proust, se trata de recrear la verdadera vida y rejuvenecer las impresiones. Combatir los clisés en busca de la diferencia cualitativa. Epoché literaria: recuperar la raíz personal de nuestra propia impresión sepultada debajo de las palabras y de la materia, "la vuelta a las profundidades donde lo que ha existido realmente yace desconocido de nosotros" (oc, p. 200). Por lo que la pregunta "qué significa esacribir" apunta a la pregunta "qué es la reducción fenomenológica". Es la vuelta al mundo de la vida cotidiana, un viaje que tendremos que hacer a contrapelo de nuestra inteligencia abstracta y de nuestros hábitos ya que el escritor-fenomenólogo quiere recuperar ese horizonte de mundo que es condición tanto para hacer una novela como para investigar en un laboratorio, su propia vida y la de los demás, "la vuelta al día en ochenta mundos", tarea que lo condena a la libertad de tener que restituir sin descanso el significado a las cosas menores entre las que estamos y somos, pues afectados y transformados por un mundo de objetos hacia los que siempre estamos tan volcados como ellos (los objetos y nosotros mismos), suelen pasar desapercibidos. Hasta que, ¡milagro!, una humilde magdalena mojada en el café con leche saca de ti aquella cita en la esquina de Larios de una Málaga que ya no existe. Julio Quesada. Escritor español |
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