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Apuntes JESUS DIAZ Y LA VERDAD COMO FORMA PLENA DE LA FICCION El arte cubano de la fuga Julio Ortega reflexiona
sobre "el instinto de fuga" y "el sabor de la libertad" presentes en la
novela Las cuatro fugas de Manuel de Jesús Díaz,
Quizá ser cubano hoy sea un énfasis, una condición fantasmática en pos de largas reparaciones. En la comedia del exilio, la sobrevivencia prueba el valor del Ego (obsceno y feroz, como dice Lacan) y el fantasma autorizado suele abusar de la primera persona. Pero si el único modo de ser cubano es dejar de serlo, la novela del exilio busca recobrar las nuevas coordenadas de esa condición agonista de la cultura política latinoamericana. Algunos narradores y académicos, casi profesionalmente cubanos, han recaído en el color local, en el neocriollismo populista, que es una opción tópica que recurre cuando el ámbito nacional ya no es pensable o legible, y sólo quedan la picaresca como paisaje desmoralizado y el exotismo light. Otros, con una visión más inclusiva y menos encarnizada, que sitúa la experiencia cubana en un debate más amplio, han tenido el talento de contradecir a la historia, no para expulsar su tragedia sino para instaurar en ella la actualidad indeterminada del relato. Sería meramente académico demostrar que la novela cubana ha sido una larga refutación de la historia porque, tal vez, ha sido además un modo latinoamericano de procesarla, negociando su capacidad de violencia y humanizando su saña fratricida. En su relato, la vida cubana discurre como una forma de la verdad histórica irresoluble, en disputa con la memoria reordenada (la historia oficial), y adelantando la práctica de las reapariciones (fundaciones, recomienzos, negociaciones). Una de las alegorías de este relato es la fuga. El arte de la fuga cubano tiene larga tradición. Entre sus formas más elaboradas está el "viaje a la semilla", pero también está la del "acoso" o persecución. Ambos modelos (pasado y futuro de un presente precario) se deben a la prolijidad de Carpentier; asumen la desaparición como su método, y como su formato la estampa y la música, la escena y el escenario. Las historias de esclavos fugitivos, de rebeldes perseguidos, de destierros, exilios y retornos de todo signo, se cruzan y entrecruzan como la forma de una comunidad a la vez afincada en la tradición de la pertenencia y desahitada en el diálogo constitutivo. Reinaldo Arenas debe haber sido el artista mayor de este arte de huir entre prisiones, disfraces y países, que termina siendo una forma desnuda del cuerpo y del lenguaje. Si la iconografía de la migración tenía al sujeto centroeuropeo como su emblema, revestido de invierno y cargado de valijas, tiene ahora como héroe desvalido al desnudo balsero cubano. Manuel Desdín es un joven estudiante en el Instituto de Física en Ucrania, cuyo talento científico lo confirma como un héroe del futuro, de esa "tormenta" que atrapa al Angel de Benjamin. Acusado por los agentes de la policía cubana que vigilan a los estudiantes becados, decide huir de Ucrania y, con ayuda de su maestro y protección de sus amigos, reemprende el largo viaje de fuga que había empezado ya de niño, cuando los otros lo acusaban de "conflictivo, autosuficiente y extranjerizante". En cuatro capítulos que corresponden a las cuatro estaciones, presididos por la sabiduría transparente de epígrafes de Eliseo Diego, Jesús Díaz narra las aventuras, quebrantos y agonías de Manuel entre una y otra frontera, entre bosques, nevadas y montañas, en busca del tren, el barco, el camino que lo lleven a uno y otro país como refugiado. Invariablemente, cada fuga termina en manos de la policía, que lo reembarca de vuelta a una Unión Soviética que está viviendo sus últimos días. Cada caminata se torna en un camino extraviado y cada frontera en una parábola de vuelta a la temida prisión en Cuba, donde sería acusado de deserción y traición. Pero además de esa aventura, de por sí arrebatada por el instinto de fuga y el sabor de la libertad, estos recorridos en círculo narran la inflexible racionalidad burocrática de las fronteras, que siniestramente se multiplican para negarle al fugitivo, migrante, refugiado o perseguido, su condición humana; condenándolo, más bien, a confirmar en su origen su destino. Sin amparo y vulnerable, el mundo se le hace cada vez más ajeno: ha dejado de habitarlo, afantasmado por su pérdida del origen: "Las nubes estaban cada vez más oscuras, y no necesitó consultar el reloj para saber que apenas media hora más tarde la noche se apoderaría de la niebla y ambas de su alma" (75). Con ser víctima de la envidia y la mediocridad, y sufrir las desventuras de su ostracismo, Manuel no recae nunca en la indulgencia de la víctima ni en el "victimismo"; pero tampoco acepta la identidad contraria: cuando un cónsul norteamericano le sugiere la posibilidad de una visa a cambio del papel de informante, se niega. Para que su aventura sea genuina este personaje sólo puede ser inocente: un sujeto en búsqueda de autenticidad en un mundo que ya no la reconoce, como en la definición de la novela en tanto discurso de restituciones. Por eso, fascinado por la extensión de las pruebas y tareas de su búsqueda, el lector espera que nuestro héroe siga en ella, demorándose un poco más en la incertidumbre, antes de que alguna resolución a su medida lo restituya a la prosa del mundo. Por lo pronto, aprendiendo de su peregrinaje, Manuel adelanta su primera autodefinición de cubano apátrida: "Era infeliz y estaba lleno de odio" (165). Si todas las fronteras en esta novela confirman las funciones policiales del estado moderno, todos los trenes consagran la tradición de la fuga: llevan nombres de escritores y artistas, como para recordarnos que estos trenes literarios circulan en una novela, entre estaciones de paso y fronteras vencidas. Manuel, sin embargo, no es un lector de novelas sino un lector de algoritmos, y el lenguaje le sirve como hilo conductor a una revelación inédita. Por eso, razona: "Estaba convencido de haber hecho bien en inventarse otra identidad, aunque muchas veces le asaltaba el temor de olvidar el guión y ser descubierto, y otras se preguntaba a santo de qué tenía que fingir. Lo hacía por instinto " (167). Pero "si era fugitivo de Cuba y de Rusia, si no habían querido aceptarlo en Suiza, ni en Suecia, ni en Estados Unidos, si no quería vivir en la triste pobreza polaca, ¿qué le quedaba?". Por lo mismo, Manuel recorre el mapa de una Europa arruinada y otra en emergencia (hasta el muro de Berlín se ha convertido en un chiste cubano acerca de dos perros que orinan uno sobre otro sin reparar que el muro ya no estaba allí); y pasa, en uno de esos trenes o barcos de insignia novelesca, de la condición moderna del héroe nómada a la situación posmoderna del sujeto irónico: "Se metió en un gabinete, sacó el pasaporte de tapas rojas y lo desgarró página a página, minuciosamente, experimentando un intenso placer erótico cada vez que rompía la palabra Cuba. Echó los trocitos en el inodoro, tiró de la cadena y el ruido brutal del agua al arrastrar su identidad a las alcantarillas le sonó a música" (182). Escenifica luego un accidente y, con su sangre, bautiza su nacimiento adulto sin nombre y sin patria, libre en el lenguaje. Le espera, luego, el trámite de una nacionalidad sustitutiva, la alemana, a la que se acoge por sus abuelos migrantes en Cuba. La novela reconoce la demanda del lector y le concede nuevas desventuras de su héroe, ahora antiheroico en un taller de contrabando de coches y mafia rusa, ya en la comedia del poscomunismo precapitalista, cuya libertad empieza en el mercado negro. La novela, por lo mismo, nos acerca a la realidad de este mundo, donde la búsqueda de lo auténtico, esa pasión juvenil, parece haber terminado en la comedia de las nacionalidades como profesiones de mayor o menor valor. La era de prosperidad registra ahora extranjeros de familia alemana en campos marginales donde reciben un sueldo y esperan por la ciudadanía. A Manuel le toca, por el origen de su fuga, el campo ruso. Para sorpresa del lector pero con la lógica impecable de un relato de las reparaciones, nuestro héroe es recobrado en el epílogo como hijo de una realidad hecha más cierta por la novela. Una novela, qué duda cabe ya, donde la verdad es una forma plena de la ficción. Julio Ortega. Escritor peruano |
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