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Reflexión Universo tecnológico y literatura En una época en que la academia considera que el lenguaje es fundamental para entender la existencia humana, la literatura es vista por Gisela Kozak Rovero como "un reto intelectual que trasciende la inmediatez", por lo que implica "un tipo de experiencia cualitativamente distinta a la de los medios y la informática". Esta diferencia es lo que le concede importancia en el presente y no su valor como representación de la nacionalidad, apunta la ensayista y narradora
Para hablar de esa diferencia, es necesario ante todo distinguir la experiencia "directa" de la experiencia "vicaria": Debido a que toda experiencia está sujeta a la mediación de un "modo entrenado" de percibir cosas (a través del poder estructurador del lenguaje en interacción con diversas ideologías sociales), lo que aquí denomino el carácter vicario de la sensibilidad es la impresión indirecta de esos acontecimientos personales que generalmente se piensa son vividos directamente como las sensaciones físicas, por ejemplo. En la experiencia urbana contemporánea, resulta más efectivo apelar a los sentimientos, las emociones y las sensaciones a través de la imaginería de los medios de comunicación o los simulacros de la tecnología avanzada, que a través de la exposición directa. Esta es una condición que Jameson describió como la "debilitación del afecto". Aquí puede medirse el impacto del capitalismo tardío, porque es a través de la mediación de la tecnología avanzada que la relación entre el sujeto y el objeto conoce su escisión más radical. Es en la debilitación del afecto donde el carácter vicario de la sensibilidad contemporánea se hace más manifiesto. En resumen, si los orígenes de la experiencia vicaria moderna pueden ser identificados en Madame Bovary y Don Quijote, quienes confundían sus propias personas con las de los personajes literarios que tanto amaban, puede afirmarse que la experiencia vicaria posmoderna es un estado permanente de desplazamiento, sustentado en una tecnología que se ha convertido en segunda naturaleza para nosotros (Celeste Olalquiaga. Megalópolis, Monte Avila Editores, 1993, p. 18). Más allá de la postura negativa de Olalquiaga respecto a la tecnología, ¿en qué se distingue la experiencia "vicaria" propia de ésta y la experiencia "vicaria" propia de la literatura? Comencemos por lo, paradójicamente, más obvio e importante: la literatura es lenguaje, la sustancia misma de la que estamos hechos, la carne y la sangre del saber, la reflexión, la creatividad, el espíritu de transformación: Sabemos que el lenguaje, al nombrar, recorta la experiencia en categorías, segmenta la realidad mediante nombres y conceptos que delimitan unidades de sentido y de pensamiento. La experiencia del mundo que verbaliza el lenguaje depende del orden semántico que moldea esa experiencia en función de un determinado patrón de inteligibilidad y comunicabilidad de lo real y lo social. El modo en que cada sujeto se vive y se piensa está mediado por el sistema de representación del lenguaje que articula los procesos de subjetividad a través de formas culturales y de relaciones sociales (Nelly Richard. "Feminismo, experiencia y representación", Revista Iberoamericana 176-177, 1986, p. 734). La literatura es capaz de contener, explorar, explotar, proyectar sus virtualidades y sus configuraciones en el ámbito social: las hablas, el discurso de las disciplinas, las relaciones interdiscursivas, las posibilidades de la significación. De aquí sus potencialidades simbólicas que marcan una diferencia respecto a las peculiaridades y cualidades del mundo audiovisual. La experiencia vicaria literaria implica que al contemplarnos en el "otro", las emociones, sentimientos, pensamientos que tal contemplación suscita, anidan en los terrenos de la complejidad, el cuestionamiento, la reflexión y la dificultad, y no sólo en el disfrute y el placer momentáneos. Y conste que no adelanto una postura romántica o de exaltación de la palabra por sobre otras manifestaciones, sólo insisto en reconocer el sitial de la literatura en una época en que la academia considera que el lenguaje es fundamental para entender la existencia humana misma. Por otra parte, y como dice Raymond William, no es suficiente pensar lo individual y lo colectivo en términos de "ideología" o "concepciones de mundo"; es preciso entender cómo vivimos los sujetos la política, la economía, la cultura, la sociedad, la familia, la pareja. La enorme gama de matices de la subjetividad no cabe en los tratados de historia, economía, sociología o psicoanálisis. Frente a la debilitación del afecto que presupone la falta de exposición directa en lo que a nuestras percepciones de lo real se refiere, la literatura, reconociéndose a sí misma en tanto mediación entre el sujeto y el mundo, pone en escena una pluralidad de registros que remiten a la representación de experiencias subjetivas e intersubjetivas marcadas por el aquí y el ahora, por todas las señas posibles de tiempo y espacio, desde un permanente ejercicio de la memoria y la reflexión que difiere de ese estado permanente de desplazamiento propio de la experiencia vicaria posmoderna, como dice Olalquiaga. La representación literaria se distingue de las representaciones de la tecnología avanzada, la cual ha producido una confusión entre los límites espaciales y temporales, derrumbando las convenciones que anteriormente distinguían a la fantasía de la realidad y creando un tercer espacio cognitivo: el polémico espacio de la simulación ( ) La simulación nos permite comprender, por ejemplo, cómo la memoria colectiva contemporánea se encuentra constituida por programas de televisión en lugar de una noción compartida de la historia (Olalquiaga. Ob. cit. 18-19). La literatura, por el contrario, acepta abiertamente su carácter ficticio, apela a la memoria histórica, la subjetividad, las diferencias culturales, los giros de las lenguas, la identidad y se solaza en la exploración constante de su relación con lo real. En este sentido, la literatura se opone a uno de los posibles efectos negativos de la globalización: los intentos de universalizar nuestras formas de percepción, transmisión e interpretación de la información, sea cual sea la naturaleza y finalidad de ésta, lo cual se llevaría por delante las diferencias y particularidades culturales. Por último, la literatura significa un reto intelectual que trasciende la inmediatez mediática y exige madurez, imaginación, audacia, sensibilidad, preparación, entrenamiento. ¿No son éstas algunas de las cualidades que requiere la gente de esta época para moverse en el mundo? Como dice Jesús Martín Barbero, no hay que lamentarse por el desplazamiento de la lectura en la era electrónica, sino simplemente aceptar que debemos instalarnos en ésta e ir a y venir de la lectura para comprenderla. Una experiencia nos lleva a entender la otra. La literatura, en suma, nos da una vía alternativa de abordaje de nuestro entorno y de nosotros mismos en estos tiempos. El problema aquí no radica en volver a una visión aristocrática y de elite sobre la alta cultura y la cultura de masas, negar los extraordinarios logros estéticos y de cambio de nuestras percepciones del cine o de la televisión, rechazar la tecnología y la globalización (muy positivas en diversos sentidos) o ignorar los privilegios y la hegemonía de las prácticas letradas en un entorno en el que vastos sectores están alejados de dichas prácticas. De lo que se trata es de valorar una forma de vincularse con el mundo que se sustenta en un instrumento de tanto poder como el lenguaje, valoración que justifica la pertinencia de escribir o estudiar literatura en el siglo XXI: la galaxia Gutenberg seguirá entonces flotando en la galaxia electrónica. Gisela Kozak Rovero. Narradora y ensayista |
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