![]() |
|||
|
|
|||
|
CARLOS DUARTE RELATA
"LA VIDA COTIDIANA EN VENEZUELA Mito y olvido de la memoria Una suerte de relato
hecho con documentos, diarios de viajeros ilustres, archivos
De manera bella y armoniosa Carlos Duarte hilvana los distintos aspectos del acontecer, del sentir, el hablar y el hacer de una época a través de documentos, diarios de viajeros ilustres, archivos y recuentos en un relato que nos hace a veces sonreír ante la ingenuidad de sus gestos y otras nos sacude frente a la similitud de hechos recientes, que ya tenían sus antecedentes y que seguramente se volverán a repetir. Este es el caso de los relatos en torno a las catástrofes naturales. Aparte de los sucesivos terremotos que durante el año 1812 sacudieron a Caracas, reduciéndola prácticamente a escombros, lo que sacude el vivo recuerdo de hace apenas dos años es el testimonio de don Juan Nepomuceno de Pedroza, Oidor de la Real Audiencia de Caracas, ante las inundaciones a raíz de la lluvia constante que golpeó La Guaira en 1798. Así nos cuenta: la lluvia arrastró "piedras, árboles y tierra no quedó puente alguno ni más comunicación entre las dos partes del pueblo se tiene noticia de que todas las obras nuevas se han arruinado se ignora el número de muertos lo mismo sucede con lo que respecta a las casas ". El padre fray Juan Antonio Navarrete añade: "'En nuestro Puerto de La Guaira' sucedió 'tan impensada y tan espantosa ruina, que no hay palabras con qué pintarla. La mano airada de Dios casi se hizo visible La tropa ha quedado desnuda y no podrá hacer el servicio Mi corazón llora a la frente de tanta desdicha'". Y así podríamos continuar ante los relatos de incendios accidentales y quemas intencionales. Hemos olvidado lo
que apenas dos siglos atrás significaba viajar por las distintas
zonas del país, como narra el Conde de Dumas en el relato
del viaje que hiciera junto a los viajeros franceses de la misión
secreta desde Puerto Cabello hasta Caracas en 1783, donde tuvieron que
atravesar montañas por senderos solitarios y escarpados a silla
de mula con la sola perspectiva, a veces, de desfiladeros "cubiertos
de bosques y con precipicios de profundidad espantosa", por gargantas
estrechas hasta llegar a la llanura de bosques salvajes, acompañados
de los gritos de los pájaros, de los colores de sus plumas y también
a veces del rugido de algún tigre. El Conde de Dumas desde 1783 da relación de las regulaciones y normas que regían las distintas mezclas de razas y castas y el beneficio que la Real Célula, llamada Gracias al Sacar proporcionó a muchos. Se narra el caso de Diego Mexías Bejarano quien pagó quinientos reales de vellón para poder ser dispensado de su condición de pardo. Aunque los testimonios muestran la reticencia de la sociedad a aceptarlo plenamente. Su hijo tuvo que apelar al Rey para que la Universidad lo aceptara y lo tratara "con el amor y atención que a los otros cursantes, y no permitiendo se le veje, ni mofe, o ultraje a pretexto de su color diferente". El anhelo de diferenciación y exclusión tenía muchas variantes. Francisco Depons narra en 1806 sobre los privilegios de las mujeres blancas "de colocarse, en los templos, sobre alfombras de lana, las cuales alfombras se hacen llevar por sus sirvientes". Y observa también la actitud hacia el trabajo del criollo, el cual "se siente deshonrado si se gana el sustento con el sudor de su frente Aguanta el hambre, la sed, las inclemencias del tiempo con admirable estoicismo, movido sólo por el horror a la fatiga; nada, según su criterio, puede degradar tanto a un hombre como el trabajo ". En donde la investigación de Carlos Duarte llama más la curiosidad del lector es en el recuento de los hábitos, usos y costumbres de la sociedad colonial, muy lejos de ser lo recatada y religiosa que se pensó que era. Más que la hipocresía, la norma servía para encubrir licencias que presentan a Caracas muy lejos de ser un "convento", como la vio Arístides Rojas. En relación a las costumbres laxas e infidelidad femenina comenta Louis-Alexander Berthier en 1783. "En cuanto a las mujeres, ellas sólo piensan en dos cosas: Dios y los hombres. El primero por costumbre y lo segundo por placer. A las siete de la mañana van a la iglesia vestidas de negro, ocultas por un velo, cubiertas de escapularios decorados en oro y armadas con enormes rosarios Después regresan a sus casas donde inmediatamente se cambian y se ponen las batas más coquetas, en espera de la llegada de sus amantes, que todas tienen Los maridos están acostumbrados a ver cómo los amantes pasan como amigos de las esposas, y tranquilamente les permiten jugar el papel que ellos mismos juegan en otro escenario. Cuando los esposos aparecen, son acariciados, sólo porque están siendo engañados. De este modo, creo que cada quien sale ganando". Carlos Duarte explica que "tal y como sucedía en España, los matrimonios por amor no existían o eran muy raros. Se hacían siempre atendiendo a las consideraciones de la igualdad de clases y fortunas. Por esa razón era costumbre aceptada en la alta sociedad que una mujer casada de cualquier edad tuviera un amigo soltero, a quien se le daba el nombre de 'cortejo'. A éste se le permitía entrar libremente a la casa, acompañarla a los paseos, al teatro, a la iglesia, a los bailes, 'llenarle sus ocios', conversarle de superficialidades, ser su confidente, aconsejarla en sus vestidos y peinados, así como otras banalidades. Dentro de sus obligaciones estaba, además, obsequiarle flores, regalarle abanicos, dijes, encajes o batas y pagarle cualquier capricho o diversión que se le antojase. Por ello, ante esta ventaja económica, ciertos maridos se hacían la vista gorda, o lo aceptaban mientras que otros no lo toleraban. La primera actitud se consideraba de buen tono; la segunda anticuada". A la manera de una historia novelada Carlos Duarte relata las distintas formas de matrimonios, edades, etiquetas, preparativos, fortuna, la honra, la pérdida de virginidad, los casos de matrimonios entre blancos y pardos, la prohibición, el castigo, el abandono. Y también las cartas de amor, el erotismo, la pasión, la esperanza, el desengaño, la tristeza. La ingenuidad y el candor se reflejan, por ejemplo, en el rencor y la sospecha del engaño con la que María Jesús escribe a Don Francisco: "Muy señor mío Habrá usted dormido a gusto con el consuelo del desengaño que anoche me dió, pues para que yo no estubiere dudosa se dispuso Usted pasar por mi bentana con una madamita hasta mi Mamá me dijo, él és, mira que acción esa, es para que no seas sonsa que estás pensando que te quiere, sóplate esa pescosada ". El amor familiar, las malas avenencias matrimoniales, el sentimiento e incluso los testamentos, son testimonios de una vida que, vista desde la perspectiva actual, no deja de provocar una cierta sonrisa. Era una época en la que algunos de los desacatos y rebeldías las producían las mujeres. Tal es el caso del rechazo de la pastoral del arzobispo ante la prohibición de llevar en público los brazos desnudos, entre otras cosas. Las polémicas y pleitos que se desataron entonces entre las autoridades eclesiásticas nos hacen sonreír hoy, pero en su momento fueron cosas muy serias. Todas las épocas han tenido sus excomulgados. La Inquisición en el siglo XVIII se preocupaba por posibles herejías, blasfemias o lujurias incitadas. Hoy el equivalente del Tribunal del Santo Oficio sigue condenando posibles herejías y blasfemias, movido, más o menos, bajo los mismos temores de desestabilización del orden impuesto, independientemente de cuál sea ese orden. El carácter abierto del venezolano, del que tantos ejemplos tenemos, lo vio Richard Bache en 1822 entre los criados del servicio doméstico. Así comenta: "Al servir la mesa sostienen largas conversaciones con sus amos y amas, ríen sin empacho a las buenas cosas dichas, y no dudan en poner sus cucharas, aun cuando la conversación es entre un extraño y el anfitrión". Los vínculos que se establecían con los numerosos esclavos domésticos, de los que se hacía alarde en las casas ricas, eran en su mayoría vínculos de afecto y de cercanía, como lo prueba el testamento del último Conde de San Javier. En realidad en Venezuela y en el resto de las colonias españolas, la esclavitud no fue promovida al igual que lo fue en Brasil o en Norteamérica. El barón Humboldt indica cómo las leyes españolas no favorecieron nunca el comercio de esclavos. La vida cotidiana en Venezuela durante el período hispánico nos habla de unas casas de vacaciones en los alrededores de Caracas, en Chacao, Sabana Grande, Altamira, las riberas del Anauco; de teatros al aire libre, de corridas en donde se llegaba a matar doce toros por corrida; nos habla de las revueltas, sublevaciones y conspiraciones que antecedieron a la Independencia y nos habla también del abuso del poder, las injusticias y la corrupción; de funcionarios cuyo "modo de vida era ostentoso y sus gastos no correspondían a su sueldo" y de la viveza ante "la adulteración de pesas y medidas, la falsificación y mezcla de los frutos y de los víveres". Nos habla de un tempo que ha quedado en el olvido pero cuyos rasgos prevalecen. María Ramírez Ribes. Ensayista |
|