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Crónica CON ANTONIO TABUCCHI COMO INVITADO ESPECIAL
Entrelíneas y entretelones La pasión que
despertara en Laura Antillano la lectura de Sostiene Pereira,
Lo primero que leí de Antonio Tabucchi fue Sostiene Pereira, de allí a la pasión creo que no hubo trecho, sólo la absoluta certeza de que Antonio Tabucchi es el narrador contemporáneo más interesante de los últimos tiempos. El desparpajo de su prosa, la capacidad de seducción entre una mirada culta, angustiosa, humorística del mundo y la posibilidad de filosofar sobre el desasosiego, hacen que nos encontremos ante una escritura que nos devuelve nuestra contemporaneidad con pelos y señales. Recuerdo el día en que Laura Nazoa me habló de La cabeza de Damasceno Monteiro, algunas frases suyas me llevaron a buscar con premura un libro que me sumergió, de la manera más exquisita, en la historia de un asesinato, investigado por un periodista de crónica roja y lector de literatura, en una intensa aventura en la ciudad portuguesa de Oporto (acerca de la cual me comentaba el propio Tabucchi que como espacio urbano encierra un misterio particular), de allí pasé a Nocturno Hindú, Sueños de sueños, Piazza d'Italia y otras. Entonces me di cuenta de que construía el universo de una admiración que me llevaba hacia un escritor que ¿podía estar a la vuelta de la esquina? Y, entonces ocurrió. Los cubanos me invitaron a formar parte de su jurado de este año para el Premio Casa de las Américas, en el cual Antonio Tabucchi sería el invitado especial. ¿Se lo pueden imaginar? Recordando experiencias gratificantes que había tenido en el 78 (al lado de Ernesto Cardenal, Chico Buarque de Holanda, Juan Gelman, José Juan Arrom, Hugo Achúgar, Mario Benedetti, Ramón Palomares, y otra gente interesante) acepté. La llegada a La Habana me hizo coincidir en el aeropuerto con dos de los jurados invitados, el poeta peruano japonés José Watanabe, y la escritora norteamericana puertorriqueña Esmeralda Santiago, con ellos hice el recorrido de rigor hasta el hotel, contemplando en la vía vallas y murales, caminos de árboles. La Habana con su fantástico malecón es un poblado de recuerdos que se entrecruza en mi memoria, impresos con efecto polaroid, sensaciones y circunstancias con amigos, desde el poeta Armando Rojas Guardia ante la tumba de Lezama Lima, a la escritora cubana Reina María Rodríguez y las escaleras escritas de poemas para llegar a su terraza, el pintor Mariano Rodríguez y sus gallos milenarios, Daniel Viglietti en el escenario de Casa cuando los 25 años de esa institución, con Luis Britto García, Alfonso Sastre, y esta que escribe a quien tocó leer en alta voz un fragmento de Gran Sertón: veredas de Guimarães Rosa; un enorme cuadro de Amelia Peláez representando a una dama de perfil, encerrada en un vitral, en una pared de la sala de la casa de mi padre y el ensayo que sobre esa pintora escribió Lezama Lima, mi primer mojito bebido en un hotel de Varadero. El poema de Fernández Retamar: "Felices los normales / esos seres extraños". José Saramago, Hugo Niño, Efraín Huerta, Antonio Candido. Silvio Rodríguez y el Unicornio azul. El cine cubano en los festivales de diciembre, Lucía de Humberto Solás y el Fernando Pérez de Hello Hemingway. Como en una película circularon por mi memoria los cuadros de unos espacios sentimentales, contradictorios a veces, de ineludible sustancia. Estamos en el Hotel Riviera, mosaico de la arquitectura de los cincuenta, ventanas abiertas al malecón habanero para disfrutar de su luz y su esplendor diurno y nocturno. De una vez hicimos el primer encuentro en el centro de la ciudad. Llegué al Templo de San Francisco, había una ceremonia ortodoxa griega, la entrada se pobló de automóviles de las embajadas. Los turistas se fotografían con la estatua del Caballero de París, en la entrada al templo, recordatorio impactante para el mendigo de las calles de La Habana. De allí caminando a la Plaza de Armas, con la Catedral, los lugares de artesanía y arte de la Uneac, restaurantes y la Juana, la Cubana, leyendo las cartas en la esquina. Dentro de la catedral el novelista Ignacio Padilla hace interesantes preguntas al arquitecto que nos guía. La estatua de San Cristóbal, patrono de la ciudad, es nicho protector de un grupo de jóvenes con guitarras y bajos que acompañaban los oficios. Las calles conducen al Hotel Ambos Mundos, a la habitación de Hemingway en sus visitas a la ciudad, el Floridita y La Bodeguita de en Medio, el Palacio del Segundo Cabo con las librerías de Grijalbo y Mondadori, nido de balcones cargados de macetas, helechos y el paroxismo múltiple de una vegetación exuberante, callecitas y callezotas de agitación continua. Estamos en La Habana con un grupo que es un privilegio, Fernando Ainsa, uruguayo, ensayista de bella prosa, Satoko Tamura, autora de un libro sobre la Mistral, coordinadora de las cátedras de literatura iberoamericana en la Universidad en Tokio, Dante Liano, guatemalteco-italiano, escritor, profesor en Milano, el poeta Elkin Restrepo de Colombia ("no hablarás sino de tus sueños"), el novelista Jorge Franco del mismo país (el de Rosario Tijeras y Paraíso Travel), los argentinos José L. Mangeri (editor del sello "La Rosa Blindada"), y Alberto Laiseca, cuyas novelas recorren desde Egipto a la Muralla China, con Rogelio Rodríguez y sus aires de reposado profesor universitario (excelente bailarín), el narrador cubano Alexis Díaz-Pimienta, de quien decía Elkin: "-Nunca estuve tan cerca de una estrella de rock" (muy conocido en Cuba como improvisador de coplas, donde llegábamos había una poblada pidiéndole autógrafos), con Jorge Fornet, jefe de investigación de la Casa de las Américas, con Jorge Riechmann, poeta, editor, traductor español, y especialista en tecnologías alternativas, la gente de la Casa: Conrado, Inés, Juvenal, Juan, Irene, Pablo Armando, Lesbia, el poeta mayor: Roberto Fernández Retamar, de cachucha y con el cabello largo, de moda entre los intelectuales cubanos, pensamos que por influencia del ministro de Cultura, Abel Prieto, quien con una estatura de un metro noventa, luce su melena en la espalda, sobre el paltó. Un concierto de piano de un virtuoso: Jorge Luis Prats. El primer encuentro en "sala", de los que integraremos el jurado de este Premio Casa del 2002. Elkin, a mi lado, en el intermedio, me pregunta por Salvador Garmendia, por Caupolicán Ovalles, por la gente que se nos fue, la que está y la que comienza en la configuración de esta Venezuela. Mañana estaremos todos en la Casa de las Américas, para nuestro primer contacto con Tabucchi, y las preliminares de la agenda de Cienfuegos, en donde nos encerraremos en un bellísimo hotel , el Unión, una edificación del siglo XIX, para leer lo que tenemos que leer . Una mesa herradura es el lugar desde el cual se hará nuestra presentación pública, en un salón que decora al fondo el "Arbol de la vida" más hermoso y gigantesco que he visto. La sala está llena, cámaras de televisión, cine y fotografía, periodistas con grabadoras en mano, y las melenas de los intelectuales cubanos. Destaca, en el centro de la herradura, el gran Antonio Tabucchi. No usa medias, apenas sus mocasines sencillos, el paltó sobre la camisa en colores contrastantes, sus lentes de montura fina sobre un rostro de rasgos cansados, siempre amable, con la sonrisa a punto. Tabucchi hablará de "el desasosiego". Leerá en un español perfecto, cadencioso, dulce. Nos dirá de los verdaderos resortes de la escritura: "Si a alguien se le ocurriera recurrir como sismógrafo de cuanto nos ha turbado, a la literatura, que con sus sensibles agujas registra hasta las más leves sacudidas en el trazado de la hoja, podría escribirse una instructiva historia del siglo XX al hilo del desasosiego". Hará un recuento de la mejor literatura europea. De Fernando Pessoa a Baudelaire, de Joseph Conrad a Alvaro de Campos. Tabucchi cierra su intervención con un poema de Baudelaire: "-Pues entonces, ¿qué es lo que amáis, oh, sorprendente extranjero? -Amo las nubes las nubes que pasan allá en lo alto las maravillosas nubes". Los aplausos no se hacen esperar. Viajamos a Cienfuegos en autobús, en La Habana se estrena esa noche: Sostiene Pereira, en el cine Charles Chaplin. Llegamos en la noche
a ocupar el Unión, tengo balcón en la fachada del hotel
y me hace pensar en Simón Bolívar y Manuelita.
Comienzan las lecturas, en mi caso: 152 manuscritos entre novelas, libros
de cuentos, poesía y teatro de toda la América Latina. Me
acompañan en esta tarea el estupendo escritor para niños
cubano Enrique Pérez Díaz y el argentino Luis
Pescetti. El trabajo se nos hará grato, combinando las encerronas
con conversaciones, paseos a la ciudad, extraña y hermosa Cienfuegos,
fundada en el siglo XIX por los franceses, con una plaza central magistral. Regresaremos a La Habana con posibles veredictos. Los últimos días: Satoko con su kimono, hablará de Gabriela Mistral. Intervenciones de Mangeri, inteligente, irónico, lector, poeta y editor. El texto de Esmeralda Santiago sobre la guayaba, en el tono de quien añora algo que ya no verá sino en la memoria de las cosas. Lenay Blasón, jefe de información de la Casa, hace micros para la TV, redacta desde Cienfuegos para la web de la Casa o se mete en el jaccuzzi. Paz Soldán nos habla de sus antecedentes como jugador de fútbol estrella, ahora es profesor de literatura en New York. Patrick Taylor de Barbados expone un análisis de la literatura caribeña en inglés. Resulta audaz e inusitado nuestro foro, los temas difíciles en la literatura infantil (cito el libro del japonés Gomi, Todos hacemos caca). Maravillosa presentación del brasilero Walter Galván de su historia novelada: La nave capitana. Tenemos un encuentro con el joven e inteligentísimo canciller Felipe Pérez Roca. Tengo una grata conversación con Tabucchi sobre su relación con las lenguas y su pasión por la ciudad de Oporto. Comemos ajiaco en la casa dedicada a Mariano Rodríguez. Una visita a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, con la cálida acogida del poeta venezolano Edmundo Aray. Los veredictos son leídos en acto público (con el "Arbol de la vida" como fondo), un entarimado de madera nos acoge a todos, el anuncio de los premios honoríficos se realiza igualmente: el "Lezama Lima" de poesía a José Watanabe (Perú), el "Ezequiel Martínez Estrada" de ensayo al cineasta Julio García Espinoza (Cuba), el "José María Arguedas" de narrativa a Miguel Bonasso (Argentina). Ah, olvidaba decirles que en la sección de libros para niños ganó: Nada detiene a las golondrinas, del escritor argentino Carlos Marianidis. Después: las despedidas, muy rápidas, muy de que nos volveremos a ver, y no olvidaremos los atardeceres y el cielo desde este malecón de La Habana. Laura Antillano. Periodista |
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