Artes Visuales

ROLANDO PEÑA EN SALAMANCA

Volúmenes, espacios,
barriles que fulguran

Alfredo Pérez Alencart reflexiona sobre la importancia del "oro negro"
en la obra del artista venezolano Rolando Peña, quien inauguró recientemente
en el Espacio Contemporáneo "El Gallo", en la ciudad española de Salamanca,
la exposición Ruptura espontánea de simetría: el barril de Dios,
a presentarse en Venezuela en Junio de 2002, en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. "Peña hace con el petróleo
un examen sobre el precipicio", concluye Pérez Alencart


Foto: cortesía Rolando Peña
Ruptura espontánea de simetría: El barril de Dios. Video instalación / 2002

Constante es la búsqueda del fluido providencial en las entrañas del orbe. No hay pereza en el despliegue de artilugios para sondear y extraer ese oro negro necesario que tantas codicias despierta. La Historia ignora muchas veces los pasajes truculentos que rodean la puesta en marcha y el mantenimiento de explotaciones petrolíferas en el mundo entero. Y es que el mencionado líquido -y sus derivados- genera riqueza y miseria, arte y carroña, crecimiento industrial y una patente depreciación de valores morales. Los gobiernos se hacen fuertes o débiles al regazo de exportaciones o importaciones de crudo…

Así estaba reflexionando nada más vislumbrar la video instalación que Rolando Peña (Caracas, 1942) inauguró recientemente en el Espacio de Arte Contemporáneo "El Gallo", bajo el título Ruptura espontánea de simetría: El barril de Dios. En ese local de la Gran Vía salmantina, calculadamente en penumbras, pude apreciar la latitud profunda y el vuelo ingrávido de esos contenedores tradiciones de la oscura forma de la riqueza. Y en ese brotar de imágenes intangibles y en esos instantes que avanzan sobre uno como si del magma de un sueño se tratara, zas, se hace visible un caballero totalmente vestido de negro que hace su presentación con los labios manchados de alegría, de reminiscencias de un amigo caído, del corazón doliente de Caracas.

Es la mañana del primer sábado de marzo cuando realizo la visita. Luego de las actividades académicas y los avatares propios de cualquier semana laboral, lo más frecuente es que nada ni nadie me prive del descanso merecido. Pero este artista -al que no conocía- supo dejar en el contestador una de las pocas contraseñas que siempre me motivan: "Vengo de parte de Carlos Contramaestre". Ese inmenso pintor y poeta venezolano murió hace cinco años, pero su bondad infinita sigue haciendo posible nuevas amistades, otros conocimientos, una marejada de empatías. Peña me contó que fue su madre quien alquiló el garaje para el primer local de esos beligerantes artistas y escritores de El Techo de la Ballena. Le conté que a unos doscientos metros de donde estábamos, en la misma Gran Vía (antes Ramos del Manzano), Carlos Contramaestre y Caupolicán Ovalles habían gestado ese grupo de singular importancia para las artes y las letras venezolanas.

Así fue mi primer encuentro con "El príncipe negro", como suele conocérsele en los ambientes artísticos de Estados Unidos, Europa y América Latina. Vestido con el color de la noche (y del petróleo) desde hace más de cuarenta años, Rolando Peña explicaba nada más verme: "El barril de Dios es una obra aleatoria, sin fin, tanto en las imágenes como en el sonido. Me propuse hacer un caleidoscopio con un barril y dividí la pantalla del ordenador en cuatro para que las imágenes rebotaran entre sí, creando una sensación de espejo".

Más que de espejos, yo diría que con esta propuesta se alcanza la precisión del tiempo, siempre madurando, siempre buscando la incierta grieta que nos circunda y nos transparenta y nos compacta. El barril de cada día desembocando en la pupila, desandando su curso, cayendo en otro destino, haciendo múltiples los instantes, haciendo llaga en la simetría, expandiéndose hacia nosotros desde su remoto nido. El barril de Dios (el que apreciamos en el video) deja estelas iridiscentes, porque el artista lo tiñe de amarillo para que salga de sus meandros de sombra. Esa metáfora del oro, vuelve al negro indeleble en la instalación salmantina, en los barriles cotidianos, ya instalados en nuestra memoria.

Este mundo que roza la imaginación de Rolando Peña es una mezcla de arte, ciencia y tecnología. En él se estremece hasta la duda, hasta la presencia inminente de la luz. Y hay desorden y hay imágenes que algo significan porque lo enseñado anega nuestros ojos de misterio. Peña hace que la oscuridad, opresiva muchas veces, resulte la flor de un lenguaje que prende velas y alborota los sentidos. Peña oprime el vacío, ahonda en lo que no se extingue y, desde la mudez del desasosiego, nos hace entablar un diálogo secreto con los pliegues del tiempo y con las exudaciones de la tierra. Petróleo que sostiene el anfiteatro del infortunio. Peña que hace con el petróleo un examen sobre el precipicio. Petróleo que baila ante los ojos en el interior de inquietos barriles, siguiendo el compás de los ruidos del mundo. Peña que sabe que nunca pasa el tiempo: podrá echar humos, podrá chorrear sus gotas, podrá simular su despedida, pero siempre estará atascado en cualquier parte del universo.

Me satisface haber conocido esta poliédrica obra patrocinada por Pdvsa y el Conac. También porque en junio haga acto de presencia en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas "Sofía Imber". Sigan al Príncipe Negro, su lluvia nocturnal, el tren que impulsa barriles en el cerebro.

Alfredo Pérez Alencart. Escritor peruano

 
N 30 Año V
Caracas, sábado
27 de abril
de 2002
 
 
Gerhard Richter, cuarenta años de pintura

Un maestro
de Alemania

(Alejandro Oliveros)
 
 

Creación
La obra de Alfredo Armas Alfonzo
en el VI Coloquio
de Literatura "José Rafael Pocaterra"

Universo literario que trasciende fronteras
(cuento)

 

Artes Visuales
Rolando Peña
en Salamanca

Volúmenes, espacios, barriles que fulguran
(Alfredo Pérez Alencart)
 
 

Tributo
Luis Cernuda: Exilio y homosexualidad

Figura trágica del poeta contemporáneo
(Harold Alvarado Tenorio
)

 
 

Crónica
Con Antonio Tabicchi como invitado especial

Entrelíneas y entretelones del Premio Casa de las Américas
(Laura Antillano)

 
 

Reseña

Hemingway
en la cayería de Romano

(Alí E. Rondón)