Creación

LA OBRA DE ALFREDO ARMAS ALFONZO EN EL VI COLOQUIO DE LITERATURA
"JOSE RAFAEL POCATERRA"

Universo literario que trasciende fronteras

Desde el jueves 25 de abril (hasta el domingo 28)
el Ateneo de Valencia es escenario, en el marco de la celebración del Día del Idioma, del VI Coloquio de Literatura "José Rafael Pocaterra", que en esta edición rinde tributo al poeta Rafael Cadenas y al narrador Alfredo Armas Alfonzo: paradigmas de la literatura escrita en lengua castellana.
Un homenaje al que hoy se une Verbigracia con la entrega del cuento inédito
de Armas Alfonzo titulado "El crisantemo de Buenos Aires"


Foto: Luis Brito
Alfredo Armas Alfonzo crea un mundo mágico a partir del mito


La sala del Teatro Municipal ya a oscuras, mientras tras el cortinaje de terciopelo rojo se difunde una música de esas que se tocan cuando aparecen en la escena pública los mandarines, Fu Manchú hace un gesto con la mano o acaricia la empuñadura de oro del bastón con que complementa su indumentaria de mago aristocrático (corbata de lazo blanca, pechera de fino encaje, frac, zapatillas de patente, capa de lado azul que es la que se muestra hacia afuera, de rojo carmelita del lado interno). Y a su derecha, o a su izquierda según corresponda al gesto, de entre la llamarada y la humareda aparece la jovencita, de las dos que crea el sortilegio, la de los ojos zarcos. Lleva el pelo corto y liso y apenas la recubre la malla de raso brillante que exalta la armonía del cuerpo. Un leve maquillaje facial blanco y los ojos pintados a la manera usual de las balletistas relievan un rostro de nariz respingada, pómulos salientes y labios pequeños. Aunque aquel cuerpo mantiene cierto encanto inocente, también trasunta una cierta sensualidad que ninguna curiosidad prefija. O acaso la impresión la de ese cierto aire de futura promesa de amor que se lee en los ojos nostálgicos o la impresentida cercanía de la mujer de escondida madurez o aquella como tácita sumisión a un espectáculo, un acto teatral, donde se circunscribe a la actuación de un mago fastuoso y sobrenatural.

Cuando como redactor de arte solicité en la recepción del hotel Majestic la entrevista de Fu Manchú, lo que menos imagine es que el famoso mago internacional en persona atendiera la llamada.

-Sí. Soy yo, Fu Manchú. Ahora mismo lo recibo. Es un honor que me hace.
La habitación da hacia la plazuela del teatro donde va a presentarse esa noche. La fuerte brisa de agosto agita las hojas de la palmera de dátil de la calle. Es como un gran recibidor, aunque esa vez las sillas todas tapizadas de damasco de desgastadas tallas doradas estén arracimadas de un lado para dar lugar a una serie de baúles de doble cuerpo, casi todos abiertos, dejando ver distintos disfraces de tela brillante.
Ahí mismo salió el prestidigitador, con el aspecto de un hombre común, de corbata gris y un rostro que de asiático tiene apenas el tono amarillento de la piel. Venía de Panamá, de regreso a Buenos Aires, luego de cumplir con un programa de presentación en Asia, Europa y América. Hablaba con algún acento extranjero.
-Siempre hay que regresar al lugar de partida para recobrar ánimos y retomar el vuelo.
-No. No siempre son los mismos números: hay que variar, cambiar, porque el espectáculo vive de su público y el teatro es constante exigencia. Hoy es la máscara que ríe y mañana la que llora, aún en mis montajes. Nadie se acerca a una taquilla para pagar por algo que está cansado de ver ya: las mismas palomas que aparecen y desaparecen, las mismas flores que se convierten en cintas de los mismos colores, el conejito que sale del sombrero… La magia no tiene fin hasta que desaparece el último ilusionista.

-¿Qué desde cuándo se anda en esto? Mire amigo, desde que mi madre, que actuaba en un circo donde a su vez su madre la tuvo dentro de una jaula de leones, me alumbró a mí, bajo una carpa donde la principal atracción era un payaso llamado Toti por supuesto, que era mi padre. Yo no he vivido en otro ambiente que el de las candilejas. ¿No se dice aquí así o sí? Usted sabe, el aplauso, los reflectores, la esperanza cierta o trunca de la taquilla agotada o la sala vacía, de lo que se vive, hasta que el hombre del teatrero ya no se monta más en las marquesinas de las ciudades, y nadie tendrá interés en saber qué pasó con el actor ausente. No todo entre nosotros es producto de un truco inesperado. Observe usted que cuando salimos en gira iba con nosotros la esposa y no me pregunté la causa de que ella se quedara en Hong Kong y no nos acompañe en nuestra presentación en Caracas. Hoy aquí, mañana allá, pase lo que pase, mostrando el mismo rostro. No nos pagan para mostrar la verdad.

-¿La trouppe, dice usted? Golondrina es argentina, Melisa uruguaya, Selma escandinava, Lily de Estambul. Todas ellas hijas o sobrinas o hermanas de gente de circo, con doscientos años entre bambalinas. Todos menos Susan. ¿Por qué usted muestra tanto interés por la morocha? ¿Es que le provoca incorporarse a la compañía? Ahora de aquí seguimos bajando. Bogotá, Santiago, Viña del Mar y el río de La Plata, por fin, para estar tres días en cama, descansando, oyendo en viejos discos Odeón los primeros tangos de Francisco Canaro, el "Pirincho" de los años de la juventud.

-¿Por qué Canaro solamente? ¿Es que no le gusta Carlos Gardel?
-Ay, Carlitos; no me lo recuerde. El recuerdo de El Zorzal es el alma de todo argentino que tenga un corazón rioplatense… Mientras viva el tango vivirá Gardel… Pero como le decía, joven periodista. Después de dos años viajando por el mundo, llega el tiempo de regresar al pago… ¿Cómo dicen ustedes aquí? ¿A la patria, sería? Volver, como en la letra famosa aquella, tiene sus cosas gratas… cebar un mate, oír desde Corrientes con Pueyrredón las sirenas del puerto, abrazar a la vieja, oír La Comparsita; usted no sabe lo que es eso.

Fu Manchú luce unas manos como de guante extendido y los dedos son largos, de uñas cuidadas: evidentemente del ser que hace del fuego la flor de estas bellezas pálidas y nostálgicas, el destello del arcoiris, lunas de inviernos adonde vuelan buhos de ojos de granate, estepas azulientas donde se apagan estrellas de vidrio, dragones de diente de cartón y lagartos como la niña bonita del valle de Unare, coloreados con anilinas fugaces; del fabricante de sueños y de ilusiones de que tratan los cuentos infantiles donde el tañido de un flautín atraía mariposas hechas de envoltorios de caramelos. Estas manos han recreado a Golondrina.

-Pero no ha contestado mi pregunta. ¿Quiere integrarse a la compañía? Podría ayudarnos con la promoción en la prensa y con la radio. Fíjese que la publicidad con que se ha tratado el espectáculo en los dos diarios más importantes no da la idea de lo que somos. Un periodista activo podría ayudar para que no quede ni una sola silla vacía en las localidades de patio que son las que pagan. -Y en el rostro de mascarilla amarilla del ilusionista se esbozó un gesto como de consentimiento de algo.

Golondrina, mientras se maquilla para la función de vespertina, me ha estado hablando de su país. Apenas lleva sobre el medio cuerpo desnudo donde el pecho no tiene sino delicadeces de aún distante promesa, una cotilla con dibujos de ramas de cerezos japoneses en flor impresos con tintes ocres. Es pequeña de estatura, pero sus piernas tienen algo de la levedad de los remos de Bijou cuando corretea por entre las enramadas de pascua moradas de los potreros de nuestro padre allá, de donde somos. A Bijou se le crió desde pequeño, y mamó de Princesa la perra de un ojo blanco y otro negro hasta que la madre postiza lo rechazó, pero ya entonces el venadito mordía las ramas tiernas de la pira y el escobillal. Su anca bellamente redonda y la esbeltez con que caminaba entre espigas y flores de nuestro tiempo rural de antes, me predisponen al recuerdo, a pesar del caldeado ambiente del camerino, envuelto en la luz blanca de incontables bombillas y el opresivo olor de cremas y barnices del maquillaje, y aún de la pintura de puertas y tabiquería recién hecha a que parecen haber sometido recientemente a esta sección del centenario edificio de espectáculos.

No puedo siquiera describir que mi presencia aquí, acomodado en un silla de asiento tapizado perteneciente a un tiempo de la ebanistería comprometido con otra edad de nuestra cultura, carece de explicación profesional. Como periodista al servicio de una revista de circulación semanal debí cubrir la presentación de la compañía Fu Manchú en el teatro principal de una ciudad no caracterizada propiamente por la abundancia de la actividad; hasta ahí, hasta el vestuario, debieron traerme mis pasos. Este ilusionista y mago de nombre oriental y ciudadanía del sur de nuestro continente, según se sabe, figura entre los seis mejores grupos especializados en su tipo de todo el mundo. La revista estaba más que obligada a registrar su paso por Caracas, y así apareció en la edición de la semana del debut.

Pero algo ha ocurrido además desde el mismo momento en que entré al Municipal para la entrevista, y cuando me movía con el fotógrafo entre los cables y tensores de tramoya, entre luminitos, y operadores de sonido: quedé seducido por una joven actriz del elenco de la compañía que descuidó casi en absoluto su ensayo de una diosa oriental para contemplarme con ojos que tenían mucho de la adoración propia contemplativa de las imágenes sagradas de las iglesias misionales del Oriente de Venezuela. Esos ojos derramaban sobre mí todo un río de encantamiento.

Alfredo Armas Alfonzo. Cuento inédito.

 
N 30 Año V
Caracas, sábado
27 de abril
de 2002
 
 
Gerhard Richter, cuarenta años de pintura

Un maestro
de Alemania

(Alejandro Oliveros)
 
 

Creación
La obra de Alfredo Armas Alfonzo
en el VI Coloquio
de Literatura "José Rafael Pocaterra"

Universo literario que trasciende fronteras
(cuento)

 

Artes Visuales
Rolando Peña
en Salamanca

Volúmenes, espacios, barriles que fulguran
(Alfredo Pérez Alencart)
 
 

Tributo
Luis Cernuda: Exilio y homosexualidad

Figura trágica del poeta contemporáneo
(Harold Alvarado Tenorio
)

 
 

Crónica
Con Antonio Tabicchi como invitado especial

Entrelíneas y entretelones del Premio Casa de las Américas
(Laura Antillano)

 
 

Reseña

Hemingway
en la cayería de Romano

(Alí E. Rondón)