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Creación LA OBRA DE ALFREDO
ARMAS ALFONZO EN EL VI COLOQUIO DE LITERATURA Universo literario que trasciende fronteras Desde el jueves 25
de abril (hasta el domingo 28)
Cuando como redactor de arte solicité en la recepción del hotel Majestic la entrevista de Fu Manchú, lo que menos imagine es que el famoso mago internacional en persona atendiera la llamada. -Sí. Soy yo,
Fu Manchú. Ahora mismo lo recibo. Es un honor que me hace. -¿Qué desde cuándo se anda en esto? Mire amigo, desde que mi madre, que actuaba en un circo donde a su vez su madre la tuvo dentro de una jaula de leones, me alumbró a mí, bajo una carpa donde la principal atracción era un payaso llamado Toti por supuesto, que era mi padre. Yo no he vivido en otro ambiente que el de las candilejas. ¿No se dice aquí así o sí? Usted sabe, el aplauso, los reflectores, la esperanza cierta o trunca de la taquilla agotada o la sala vacía, de lo que se vive, hasta que el hombre del teatrero ya no se monta más en las marquesinas de las ciudades, y nadie tendrá interés en saber qué pasó con el actor ausente. No todo entre nosotros es producto de un truco inesperado. Observe usted que cuando salimos en gira iba con nosotros la esposa y no me pregunté la causa de que ella se quedara en Hong Kong y no nos acompañe en nuestra presentación en Caracas. Hoy aquí, mañana allá, pase lo que pase, mostrando el mismo rostro. No nos pagan para mostrar la verdad. -¿La trouppe, dice usted? Golondrina es argentina, Melisa uruguaya, Selma escandinava, Lily de Estambul. Todas ellas hijas o sobrinas o hermanas de gente de circo, con doscientos años entre bambalinas. Todos menos Susan. ¿Por qué usted muestra tanto interés por la morocha? ¿Es que le provoca incorporarse a la compañía? Ahora de aquí seguimos bajando. Bogotá, Santiago, Viña del Mar y el río de La Plata, por fin, para estar tres días en cama, descansando, oyendo en viejos discos Odeón los primeros tangos de Francisco Canaro, el "Pirincho" de los años de la juventud. -¿Por qué
Canaro solamente? ¿Es que no le gusta Carlos Gardel? Fu Manchú luce unas manos como de guante extendido y los dedos son largos, de uñas cuidadas: evidentemente del ser que hace del fuego la flor de estas bellezas pálidas y nostálgicas, el destello del arcoiris, lunas de inviernos adonde vuelan buhos de ojos de granate, estepas azulientas donde se apagan estrellas de vidrio, dragones de diente de cartón y lagartos como la niña bonita del valle de Unare, coloreados con anilinas fugaces; del fabricante de sueños y de ilusiones de que tratan los cuentos infantiles donde el tañido de un flautín atraía mariposas hechas de envoltorios de caramelos. Estas manos han recreado a Golondrina. -Pero no ha contestado mi pregunta. ¿Quiere integrarse a la compañía? Podría ayudarnos con la promoción en la prensa y con la radio. Fíjese que la publicidad con que se ha tratado el espectáculo en los dos diarios más importantes no da la idea de lo que somos. Un periodista activo podría ayudar para que no quede ni una sola silla vacía en las localidades de patio que son las que pagan. -Y en el rostro de mascarilla amarilla del ilusionista se esbozó un gesto como de consentimiento de algo. Golondrina, mientras se maquilla para la función de vespertina, me ha estado hablando de su país. Apenas lleva sobre el medio cuerpo desnudo donde el pecho no tiene sino delicadeces de aún distante promesa, una cotilla con dibujos de ramas de cerezos japoneses en flor impresos con tintes ocres. Es pequeña de estatura, pero sus piernas tienen algo de la levedad de los remos de Bijou cuando corretea por entre las enramadas de pascua moradas de los potreros de nuestro padre allá, de donde somos. A Bijou se le crió desde pequeño, y mamó de Princesa la perra de un ojo blanco y otro negro hasta que la madre postiza lo rechazó, pero ya entonces el venadito mordía las ramas tiernas de la pira y el escobillal. Su anca bellamente redonda y la esbeltez con que caminaba entre espigas y flores de nuestro tiempo rural de antes, me predisponen al recuerdo, a pesar del caldeado ambiente del camerino, envuelto en la luz blanca de incontables bombillas y el opresivo olor de cremas y barnices del maquillaje, y aún de la pintura de puertas y tabiquería recién hecha a que parecen haber sometido recientemente a esta sección del centenario edificio de espectáculos. No puedo siquiera describir que mi presencia aquí, acomodado en un silla de asiento tapizado perteneciente a un tiempo de la ebanistería comprometido con otra edad de nuestra cultura, carece de explicación profesional. Como periodista al servicio de una revista de circulación semanal debí cubrir la presentación de la compañía Fu Manchú en el teatro principal de una ciudad no caracterizada propiamente por la abundancia de la actividad; hasta ahí, hasta el vestuario, debieron traerme mis pasos. Este ilusionista y mago de nombre oriental y ciudadanía del sur de nuestro continente, según se sabe, figura entre los seis mejores grupos especializados en su tipo de todo el mundo. La revista estaba más que obligada a registrar su paso por Caracas, y así apareció en la edición de la semana del debut. Pero algo ha ocurrido además desde el mismo momento en que entré al Municipal para la entrevista, y cuando me movía con el fotógrafo entre los cables y tensores de tramoya, entre luminitos, y operadores de sonido: quedé seducido por una joven actriz del elenco de la compañía que descuidó casi en absoluto su ensayo de una diosa oriental para contemplarme con ojos que tenían mucho de la adoración propia contemplativa de las imágenes sagradas de las iglesias misionales del Oriente de Venezuela. Esos ojos derramaban sobre mí todo un río de encantamiento. Alfredo Armas Alfonzo. Cuento inédito. |
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