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Llega un momento en que los objetos necesitan un lugar de reposo,
de eterno reposo, entonces nacen los museos. Ellos son lo más parecido
a una casa encantada: todos la visitan pero nadie vive dentro. Una
casa impecable, muy bien decorada, de un gusto exquisito. Pero nadie
se atreve a habitarla. Por eso son tristes los museos. Viven una
soledad lujosa y distante. De día abren la ventanilla, cobran el
ticket, respetan los horarios. Los visitantes entran, dan
una vuelta, hacen comentarios, compran algo en la tienda de souvenires.
La visita es mecánica y somnolienta. Además hay demasiadas cosas
que ver. Todas son obras maestras, y esto es insoportable.
Pero en el Museo Edgar Allan Poe no hay ni una sola obra maestra.
Sólo algunos objetos personales, dependencias con muebles de la
familia, sala de videos y manuscritos de importancia menor. El museo
ocupa los espacios de una casa en la que nunca vivió el poeta. El
lugar es muy lindo. Se trata de una antigua casita de piedra con
patio interior ubicada en el # 1914 de Main Street, Richmond, Virginia.
La casa original del poeta y su familia ya no existe y el museo
fue construido en este extraño sitio tan parecido a una casita de
muñecas.
Aunque nació en Boston, Richmond siempre fue para Poe su
verdadero hogar. Siempre volvió aquí en busca de su querida madre
adoptiva Mrs. Frances, y repitió una y otra vez las insolubles peleas
con su padrastro Mr. Allan, quien al morir no le dejó ni un centavo
de su fortuna. De Richmond salió por primera vez a probar suerte
en Boston, donde publicó su primer libro: Tamerlán y otros poemas
(1827). De Richmond salió por última vez en dirección a Baltimore.
Contaba por aquel entonces cuarenta años y era un escritor famoso,
agobiado por las deudas. Aquella noche se despidió de sus amigos
y familiares. Embarcó a orillas del río James muy temprano en la
mañana para terminar muerto, cinco días después, en el Washington
College Hospital de Baltimore el 7 de octubre de 1949.
Debo decir que me aburren las leyendas de los poetas dipsómanos.
Y la leyenda borracheril de Poe es una de las más explotadas
y estrafalarias. Sin embargo, razones no faltan. Es sabido que aquella
noche lo encontraron en una taberna de Baltimore en estado de delirio,
vistiendo ropas que no eran las suyas. Por aquel entonces se celebraban
elecciones y era común emborrachar a los más miserables para inducirlos
al voto. Quizás Edgar Allan Poe fue una víctima incauta de
este proselitismo inescrupuloso. Quizás el cóctel de brandy que
servía para aliviar una supuesta afección cardiaca aceleró un final
que, en el fondo, él mismo buscaba.
Un museo es una casa donde habitan ficciones. Visitar una casa de
estas características revela, cuando menos, una curiosidad extravagante.
Se trata de penetrar en los sueños e invenciones de otros y elaborar
con esto un catálogo útil. Pero el Museo Edgar Allan Poe
no alberga ni sueños ni invenciones, apenas algunos objetos curiosos
pueden verse en sus dependencias: los boots hooks
que le ayudaban a calzar sus botas idénticas; es decir, sin diferencia
entre pie izquierdo y derecho; el bastón que lo ayudaba a sostenerse
en equilibrio; el chaleco de seda blanco que presumiblemente utilizó
en ocasiones especiales (¿quizás en los recitales?); el escritorio
y la silla del Southern Literary Messenger donde escribió
muchos artículos críticos; la cama donde durmió aquí en Richmond;
su retrato ovalado; el baúl con que viajaba.
Hacer un inventario de los objetos personales es una forma de trazar
una cartografía íntima. Los objetos siempre nos sobreviven, y ellos
llevan, como una huella indeleble, el tacto de nuestras manos. De
alguna manera nuestra existencia se prolonga en los objetos que
nos acompañan. Al utilizarlos, al tocarlos, inauguramos una leyenda
donde ambos, objeto e individuo, se enlazan para siempre. Al desaparecer
el dueño, los objetos inician una nueva vida. Crecen en su insignificancia,
llenan los espacios ya vacíos e inician su hondo diálogo con el
mundo.
En el piso superior del museo se exhibe en video una representación
teatralizada de "El cuervo" donde la sobreactuación y el patetismo
intentan darle imagen televisiva a la decadencia honda y sutil del
célebre poema. Sospecho que el culpable de esta estética es un tal
Carling, dibujante y acuarelista de finales del siglo XIX
que ilustró "El cuervo" con cerca de 40 dibujos, cada cual más tenebrista
y escandaloso. Aquí, en Virginia, admiran a Carling, y la
tienda de souvenires está repleta de reproducciones de este arte
espantoso. Muy diferente es la visión de Gustave Doré. El
genio de Doré supo ver la decadencia burguesa del poema y
la muerte como una imagen sensual y terrible.
Entro a una sala en cuyas paredes se exhiben las diversas causas
de la muerte de Edgar Allan Poe publicadas, en su momento,
en diversas revistas especializadas. Vale la pena reproducirlas
aquí: 1857: una paliza; 1875: epilepsia; 1921: dipsomanía; 1926:
infarto; 1970: desorden tóxico; 1977: diabetes; 1984: deshidratación
y acidosis; 1989: porfiria; 1992: delirium tremens; 1996:
rabia; 1997: ataque al corazón; 1998: asesinato; 1999: epilepsia.
Como vemos, el equívoco es enorme y las incertidumbres acerca de
su muerte se multiplican y contribuyen a amplificar la leyenda.
¿De qué murió Edgar Allan Poe? ¿Por qué su muerte ha despertado
tal grado de fascinación? ¿Acaso los nuevos avances de la ciencia
podrán arrojar luces sobre este oscuro capítulo? Y de ser así ¿añadiría
algo importante? ¿Modificaría aspectos fundamentales? Sospecho que
no. Todo esto es una infeliz consecuencia de cierta hipertrofia
gótica y viciada. Edgar Allan Poe, el hombre de carne y hueso,
de quien se comentaba su éxito con las mujeres y su irresistible
simpatía, terminó siendo una víctima más de su potente obra.
En el patio interior del museo hay una terraza donde descansa un
busto del poeta que mira hacia el suelo con mirada triste. También
hay dos sillas, una mínima biblioteca y termos de café para los
visitantes. Me sirvo una taza de café. La tarde es crepuscular y
sopla un brisa que hace mover las flores secas del jardín. La luz
cansina choca contra los aleros de la terraza y dibuja sobre el
busto una sombra en forma de pájaro. He venido a este museo para
hallar las grandes huellas dejadas por el autor de El cuervo.
Pero aquí no hay grandes huellas ni obras maestras. Sólo rastros
tenues, pequeños objetos personales. Esto, sin embargo, no me decepciona.
Quizás porque las pequeñas cosas están preñadas de una rara urgencia,
mientras que las obras maestras siempre pueden esperar.
Gustavo
Valle. Poeta y ensayista
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