Crónica

Museo Edgar Allan Poe

Gustavo Valle viajó hasta Richmond, Virginia, para visitar el Museo Edgar Allan Poe, "para hallar las grandes huellas dejadas por el autor de 'El cuervo' ", mas, poco encontró: "Sólo rastros tenues, pequeños objetos personales". Pero no le invadió la decepción y concibió una crónica a partir de las pequeñas cosas que, quizás, advierte, "están preñadas de una rara urgencia, mientras que las obras maestras siempre pueden esperar"


Edgar Allan Poe

 
Llega un momento en que los objetos necesitan un lugar de reposo, de eterno reposo, entonces nacen los museos. Ellos son lo más parecido a una casa encantada: todos la visitan pero nadie vive dentro. Una casa impecable, muy bien decorada, de un gusto exquisito. Pero nadie se atreve a habitarla. Por eso son tristes los museos. Viven una soledad lujosa y distante. De día abren la ventanilla, cobran el ticket, respetan los horarios. Los visitantes entran, dan una vuelta, hacen comentarios, compran algo en la tienda de souvenires. La visita es mecánica y somnolienta. Además hay demasiadas cosas que ver. Todas son obras maestras, y esto es insoportable.

Pero en el Museo Edgar Allan Poe no hay ni una sola obra maestra. Sólo algunos objetos personales, dependencias con muebles de la familia, sala de videos y manuscritos de importancia menor. El museo ocupa los espacios de una casa en la que nunca vivió el poeta. El lugar es muy lindo. Se trata de una antigua casita de piedra con patio interior ubicada en el # 1914 de Main Street, Richmond, Virginia. La casa original del poeta y su familia ya no existe y el museo fue construido en este extraño sitio tan parecido a una casita de muñecas.

Aunque nació en Boston, Richmond siempre fue para Poe su verdadero hogar. Siempre volvió aquí en busca de su querida madre adoptiva Mrs. Frances, y repitió una y otra vez las insolubles peleas con su padrastro Mr. Allan, quien al morir no le dejó ni un centavo de su fortuna. De Richmond salió por primera vez a probar suerte en Boston, donde publicó su primer libro: Tamerlán y otros poemas (1827). De Richmond salió por última vez en dirección a Baltimore. Contaba por aquel entonces cuarenta años y era un escritor famoso, agobiado por las deudas. Aquella noche se despidió de sus amigos y familiares. Embarcó a orillas del río James muy temprano en la mañana para terminar muerto, cinco días después, en el Washington College Hospital de Baltimore el 7 de octubre de 1949.

Debo decir que me aburren las leyendas de los poetas dipsómanos. Y la leyenda borracheril de Poe es una de las más explotadas y estrafalarias. Sin embargo, razones no faltan. Es sabido que aquella noche lo encontraron en una taberna de Baltimore en estado de delirio, vistiendo ropas que no eran las suyas. Por aquel entonces se celebraban elecciones y era común emborrachar a los más miserables para inducirlos al voto. Quizás Edgar Allan Poe fue una víctima incauta de este proselitismo inescrupuloso. Quizás el cóctel de brandy que servía para aliviar una supuesta afección cardiaca aceleró un final que, en el fondo, él mismo buscaba.

Un museo es una casa donde habitan ficciones. Visitar una casa de estas características revela, cuando menos, una curiosidad extravagante. Se trata de penetrar en los sueños e invenciones de otros y elaborar con esto un catálogo útil. Pero el Museo Edgar Allan Poe no alberga ni sueños ni invenciones, apenas algunos objetos curiosos pueden verse en sus dependencias: los boots hooks que le ayudaban a calzar sus botas idénticas; es decir, sin diferencia entre pie izquierdo y derecho; el bastón que lo ayudaba a sostenerse en equilibrio; el chaleco de seda blanco que presumiblemente utilizó en ocasiones especiales (¿quizás en los recitales?); el escritorio y la silla del Southern Literary Messenger donde escribió muchos artículos críticos; la cama donde durmió aquí en Richmond; su retrato ovalado; el baúl con que viajaba.

Hacer un inventario de los objetos personales es una forma de trazar una cartografía íntima. Los objetos siempre nos sobreviven, y ellos llevan, como una huella indeleble, el tacto de nuestras manos. De alguna manera nuestra existencia se prolonga en los objetos que nos acompañan. Al utilizarlos, al tocarlos, inauguramos una leyenda donde ambos, objeto e individuo, se enlazan para siempre. Al desaparecer el dueño, los objetos inician una nueva vida. Crecen en su insignificancia, llenan los espacios ya vacíos e inician su hondo diálogo con el mundo.

En el piso superior del museo se exhibe en video una representación teatralizada de "El cuervo" donde la sobreactuación y el patetismo intentan darle imagen televisiva a la decadencia honda y sutil del célebre poema. Sospecho que el culpable de esta estética es un tal Carling, dibujante y acuarelista de finales del siglo XIX que ilustró "El cuervo" con cerca de 40 dibujos, cada cual más tenebrista y escandaloso. Aquí, en Virginia, admiran a Carling, y la tienda de souvenires está repleta de reproducciones de este arte espantoso. Muy diferente es la visión de Gustave Doré. El genio de Doré supo ver la decadencia burguesa del poema y la muerte como una imagen sensual y terrible.

Entro a una sala en cuyas paredes se exhiben las diversas causas de la muerte de Edgar Allan Poe publicadas, en su momento, en diversas revistas especializadas. Vale la pena reproducirlas aquí: 1857: una paliza; 1875: epilepsia; 1921: dipsomanía; 1926: infarto; 1970: desorden tóxico; 1977: diabetes; 1984: deshidratación y acidosis; 1989: porfiria; 1992: delirium tremens; 1996: rabia; 1997: ataque al corazón; 1998: asesinato; 1999: epilepsia. Como vemos, el equívoco es enorme y las incertidumbres acerca de su muerte se multiplican y contribuyen a amplificar la leyenda. ¿De qué murió Edgar Allan Poe? ¿Por qué su muerte ha despertado tal grado de fascinación? ¿Acaso los nuevos avances de la ciencia podrán arrojar luces sobre este oscuro capítulo? Y de ser así ¿añadiría algo importante? ¿Modificaría aspectos fundamentales? Sospecho que no. Todo esto es una infeliz consecuencia de cierta hipertrofia gótica y viciada. Edgar Allan Poe, el hombre de carne y hueso, de quien se comentaba su éxito con las mujeres y su irresistible simpatía, terminó siendo una víctima más de su potente obra.

En el patio interior del museo hay una terraza donde descansa un busto del poeta que mira hacia el suelo con mirada triste. También hay dos sillas, una mínima biblioteca y termos de café para los visitantes. Me sirvo una taza de café. La tarde es crepuscular y sopla un brisa que hace mover las flores secas del jardín. La luz cansina choca contra los aleros de la terraza y dibuja sobre el busto una sombra en forma de pájaro. He venido a este museo para hallar las grandes huellas dejadas por el autor de El cuervo. Pero aquí no hay grandes huellas ni obras maestras. Sólo rastros tenues, pequeños objetos personales. Esto, sin embargo, no me decepciona. Quizás porque las pequeñas cosas están preñadas de una rara urgencia, mientras que las obras maestras siempre pueden esperar.

Gustavo Valle. Poeta y ensayista

 
N 14 Año V
Caracas, sábado
5 de enero
de 2002
 
 
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Hijo
salvaje de
Armenia

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Creación

Rafael Castillo Zapata frente a la poesía de Bertolt Brecht

"Yo hubiera querido entonces escribir poemas de amor también"

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Reseña

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Libros, lecturas y lectores

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con cada libro

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(Gustavo Valle)