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Dos ámbitos forjaron, inicialmente, la voz poética de Mario Amengual:
el entusiasmo vital, literario que pervivió en la Escuela de Letras
después de la renovación universitaria y sus fervorosas noches de
bohemia en Sabana Grande -cuando Sabana Grande, coto de una república
sin destino, se encontraba revestida de magia y poesía. Aquilatadas
lecturas, organización de las ideas, los instrumentos del oficio
de escritor le fueron ofrecidos en la universidad; atrevimiento,
sensualidad y cálidas amistades le fueron brindados por las noches
de ese aludido fragmento de ciudad. El resto lo haría la secuencia
de vivir fiel a un destino literario. Tal recorrido por la vida
y la literatura queda vastamente recogido en el poemario que nos
ocupa: El tiempo de las apariencias. Este libro muestra,
en su amplitud, la siguiente correspondencia: sustentada observación
del mundo por parte del poeta y sostenida vigilancia del poeta sobre
sí mismo. Su fluctuación desglosa una oposición tenaz: mundo y poeta
terminan por estar definitivamente en desacuerdo. No es historia
nueva, salvo que cada quien la expresa a su manera, y cuando de
literatura se trata equivale a decir que cada quien instaura en
forma de estilo ese previsible desacuerdo, al buscar cada uno de
nosotros tejer su propio testimonio de incertidumbres, fidelidades,
sorpresas y miserias. Esta reflexión se encuentra fundamentada en
los poemas del libro, al ofrecer una sensación de derrota ante la
realidad, también una sensación de hidalguía espiritual por parte
de su autor. Quien escribe estos poemas desconfía, arredra ante
códigos y dogmas establecidos -ellos son para él una mera expresión
de avidez de gloria, de distinción fingida y de las apariencias
de éxito y poder. Por otra parte, si algún afianzamiento busca el
poeta, éste debe provenir de lo íntimo y esa intimidad descansa
en la voz de la poesía por sí misma o desde sí misma. Andanza universitaria,
noches de amistad, amores y bohemia, vida de reflexión sedimentada
en función de lo vivido, han conducido a Mario Amengual -según
ilustra su poesía- a entender la calle como templo y el pensamiento
como oración.
Hay tres voces que hablan en este libro: voces que levantan su estructura
poemática. La primera afirma y denuncia, es la voz de quien escribe.
La segunda busca equilibrar afirmación e interrogación, es cuando
el autor se deja llevar por el sentido poético, si bien persiste
el reclamo. La tercera es sencillamente fluida, al permitir a la
poesía hablar por sí misma.
Desde el fondo de los días se ha dicho que pese a su carácter ficticio,
los poemas poseen siempre cierta verdad oculta -aun cuando no sea
precisamente misión de la poesía predicar la verdad- que resulta
fundamental en el pensamiento del poeta. Si tuviéramos que buscarle
trasfondo de verdad a la poesía de Amengual, me permito decir
que se encuentra recogido en tres bloques de poemas, cada uno de
ellos asimilado a las antedichas voces que hemos identificado en
el libro. Respetando el orden preestablecido, tales cargas de significaciones
serían: lo colectivo acosa como expresión de lo inmediato; rechazo
al mundo de las apariencias, al mostrarse éstas como omnímodo valor
que define el existir; oferta falsa del mundo al dar armas para
vivir sin alma; manoseo que hacen los otros de tu propia vida; la
banalización de todo sentido de sacralidad; la razón triunfante,
pero se trata de una razón manipulada.
El segundo grupo de poemas expone el deseo de que se disuelvan las
apariencias frente a la intimidad del asombro; búsqueda de un propósito
íntimo de vivir; exaltación del silencio, exaltación de las palabras
que hablan en silencio; hundimiento, verificación del hundimiento;
ansia de desaprender lo aprendido como producto de lo inmediato;
intuirse diferente gracias a una peculiar derrota; solicitud, requerimiento
de coherencia; qué le queda a quien no se ajusta a los principios
de su tiempo.
Finalmente poemas que postulan encuentro y desencuentro, nostalgia
y perdón; declive ante la realidad y exultación de lo espiritual;
limpia entrega del vencido; generosa exclusión, volver a sí mismo,
que siempre ha sido un canto a la inocencia; entendimiento de que
en la contemporaneidad las armas son más delicadas y las heridas
más perdurables.
Si a usted, lector, se le ocurre leer este poemario entenderá que,
a estas alturas de los tiempos, quien se atreva a decir alma o espíritu
estará hablando con arcaísmos. Y también que sepultarse en una derrota
espiritual, tener un dictado de fracaso en la vida es acceder a
la poesía, de acuerdo a un postulado de Ciorán. Este libro
se impone dibujar esa idea. Resulta indefectible a la hora de explorar
y explotar el tema de la apariencia y la realidad, asunto que ha
resultado fundamental como apoyo de la ficción poética y narrativa
desde que la literatura es literatura.
Mediante estos poemas su autor busca alojarse en la explanada de
la duda, busca apartarse de la feria del conocimiento como producto
de la inmediatez o lo que él llama la apariencia. El propósito final
que alimenta esta poesía se encuentra animado de huida, recogimiento,
contemplación de lo natural y transparencia, también trascendencia.
La literatura de ninguna geografía surge por generación espontánea:
requiere forjamiento, persistencia y madurez, vale decir tradición.
En un país acostumbrado al apocamiento, la negación y la falta de
reconocimiento, aquí y ahora resultaría morboso y triste negar que
no existe una acérrima tradición poética entre nosotros. Nobles
poetas ilustran la jerarquía de nuestro espacio literario: Ramos
Sucre, Enriqueta Arvelo Larriva, Cadenas, Gerbasi, Sánchez Peláez,
Palomares, Valera Mora, Montejo, Ana Enriqueta Terán, Acosta Bello,
Guillermo Sucre, Liscano, Hesnor Rivera, Silva Estrada, Oliveros,
Crespo, Calzadilla, Pérez-Só, Ovalles, Pérez Perdomo. Entre
todos le han brindado esplendor y tradición a la poesía venezolana.
Mario
Amengual, quien ha bebido en esa fuente de virtuosa
poesía, ha publicado otro poemario: La
arboleda deslumbrante. A todas luces tiene muy similar
pulso, similar respiración, similar contención a éste que hemos
estado analizando.
Amengual ha dejado esparcida en revistas y periódicos de
este país una serie de ensayos sobre arte y literatura: mediante
ellos demostró tener una aguda capacidad de precisión conceptual,
amplitud de visión, fuerza expresiva prójimas de su espiración poética.
Los poemas de este libro soportan una lectura atenta y vigilante,
condición de la buena poesía en voz de Bloom.
Sael
Ibáñez. Escritor
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