La puesta en escena de la devastación del amor que
resulta de la ausencia es subrayada por el poeta colombiano Darío
Jaramillo Agudelo como una de las fortalezas de la novela Ajena,
de Antonio López Ortega, que editara Alfaguara. Y hace notar, entre
otros logros, la habilidad del autor para escribir como una mujer
y la de "construir la historia a través de las cartas (…). Acierto
por muchos conceptos, el primero su indudable anacronismo"
Ajena
es una novela sobre el poder devastador que tiene la ausencia contra
el amor. Es muchas cosas más, lo sé, pero ante todo, argumentalmente,
la historia es esa: qué sucede cuando una joven y entusiasta pareja
que le hacía "una apuesta a la eternidad", al separarse comienza a
vivir ese raro y fatal periplo que va de la necesidad a la extrañeza,
de la soledad a la desolación.
Siempre sucede: la inmediatez física modifica cualquier relación humana
y la frecuencia, aun la rutina, materializa a parientes, vecinos,
amigos y amantes, los vuelve un ejercicio de amor en tolerancia, posibilita
las pequeñas y grandes ruindades que todos cometemos, matiza cualquier
idealización, aun entre los recién enamorados, sólo piel, únicamente
tacto, ejemplo perfecto del componente inseparable de la presencia,
el gesto, el tono, la mirada, la posición del cuerpo, el millón de
maneras con que les ayudamos a las palabras y, a veces, las reemplazamos.
Al contrario de la cercanía, la ausencia ayuda a inventar a los amigos.
El conocido ausente pasa a ser una versión mental que tiende a diferenciarse
más y más del modelo real según nuestra capacidad de idealización
y, en todo caso, todavía más, por el transcurso del tiempo. He dicho
que son los enamorados el ejemplo perfecto de la presencia. Ellos
son piel, son tacto, pero hay otro ingrediente que la protagonista
de Ajena nombra con precisión, el embeleso, pues este sentimiento
-paradigma de la indefensión absoluta- es el único alimento de los
enamorados durante la ausencia.
Cualquier individuo oxidado por los años lo sabe: en estos amores
de ribete adolescente, el embeleso limita con el desencanto, todavía
más cuando el presente es apenas embeleso sin tacto y el futuro es
sueños sin deberes, meros planes de quienes suponen que el amor es
eterno. Y lo peor del desencanto consiste en que no es sincrónico,
que siempre hay alguien más propenso al olvido y otro que persiste
hablándole a la nada, jugando "este juego de un solo lado".
El esquema es conocido pero, aun así cada historia es distinta, cada
historia es muchas historias, la de los testigos, la de los enamorados
que ven desinflarse su amor bajo la inexorable precisión de la ausencia.
Cuando la tarea es contar el cuento, como es el caso de Antonio
López Ortega
en Ajena, el modo de hacerlo se convierte en elemento
esencial de la historia: Ajena narra el periplo de un amor
de ausentes, un amor primerizo hecho de deseo y proyectos, desde la
voz de una muchacha que le escribe cartas a su novio casi todas de
Caracas a París.
Aquí viene un primer encomio de Ajena: hay todo un desafío para un
hombre en narrar desde la voz de una mujer que habla, o mejor, y esta
diferencia es esencial, que escribe en primera persona. Ciertamente
corresponde a las mujeres certificar sobre el asunto, pero a mí me
suena verosímil hasta un punto en donde Antonio
López Ortega, el autor, se borra y la letra que leo corresponde
a la de una mujer que ansía, añora y reinventa con palabras un amor
ausente. El primer logro de
López Ortega consiste en escribir desde una concreta
sensibilidad femenina; aun más, en contar la vida cotidiana del modo
como la cuenta una mujer, expresando el mundo, lejos del lugar común,
con el sentido femenino del detalle.
El subsiguiente acierto de López
Ortega consiste en construir la historia a través de las
cartas -dos encuentros en el intervalo- que la mujer le dirige a su
novio. Acierto por muchos conceptos, el primero su indudable anacronismo.
Dice don Pedro Salinas, referencia obligada cuando se trata
de la "carta misiva", que "más de cuatro mil años dizque cuenta la
decana de las cartas habidas, que es, por cierto, una carta de amor
escrita en Babilonia": todos los aquí presentes hemos sido testigos
de la desaparición casi definitiva de tan antiguo y singularísimo
invento por cuenta de la red de computadores. De seguro a alguien
ya se le ha ocurrido una novela construida con mensajes de correo
electrónico, pero todos sabemos que el lenguaje de la carta no es
lo mismo que ese producto epiceno, mezcla del habla, la apócope, la
sigla y el utilitarismo, que es el correo electrónico.
La carta, ese cadáver de fines del siglo XX, es -o era- otra cosa.
La carta no es conversación, muy a pesar de que así la han definido
ilustres sabios, desde Erasmo hasta Lope de Vega, desde
John Donne hasta Pope. A la conversación le ayudan el
gesto, el tono, el rostro, la mirada, la sonrisa. Pero la principal
diferencia consiste en que nadie dice lo que escribe. Y lo que se
escribe es menos, sólo palabras, "diccionario en desorden", como dice
Salinas.
Por esto mismo se queja la protagonista de Ajena: "¿a quién
le hablo (es lo que me pregunto), en quién pienso, a quién imagino?
No oigo una voz del otro lado, solo me oigo a mí misma… Tú eres tan
sólo el eco de mi voz. No quiero recordar que te he querido; quiero
quererte ahora, en este instante".
Palabra sin gesto dirigida a una no-presencia que, además, está fatalmente
destinada al destiempo: solamente será leída en un futuro indeterminado,
cuando la emoción del instante de la escritura se ha diluido durante
el lapso que transcurre antes de su llegada al destinatario. La protagonista
de Ajena es consciente de esta decepcionante diacronía, cuando
le dice a su corresponsal que si lee sus cartas "semanas después,
es como si fueran de otra persona, es un sentimiento congelado que
ya no interesa a nadie. Soy en este momento (en este momento en que
escribo) pero no cuando me lees. Esta es una paradoja que me paraliza,
de la que no me puedo recuperar". De este modo, aun con un destinatario
hipotético, que todavía no existe cuando es escrita, la carta deviene
en un diario, como rápidamente lo descubre la protagonista de Ajena:
"Me limito a escribir, como si lo hiciera sobre un espejo, esperando
que el reflejo de mi propia letra se convierta en otra cosa, en alguna
señal que me tranquilice. Más que cartas, esta escritura se me convierte
en anotaciones de diario".
Los cánones clásicos le niegan a la carta cualquier aspiración de
género literario. Es un "qué" sin medidas, sin preceptos. Hablo de
la carta personal. Esta falta de reglas y esta descalificación retórica,
de por sí, son ya suficientes motivos para que los novelistas se aprovechen
de ese terreno -virgen o minado según se le mire-, para contar historias.
Pero todo juego sin reglas termina hallando sus posibilidades y sus
límites: el tono es íntimo, aun en los momentos de mayor violencia,
y es también personal hasta el punto de suponer un destinatario; entonces
hay una jerga, unos sobreentendidos, unas alusiones que nacen de la
intimidad pero que -para el caso de la narración- deben ser captados
por todos los lectores. En el fondo, el autor de novelas epistolares
lo que está haciendo es apelar a ese morboso violador de correspondencia
ajena que todos llevamos dentro. Ficción dentro de la ficción, los
lectores de novelas epistolares ejercemos nuestra capacidad de entrometimiento
de la manera más inofensiva posible. En Ajena asistimos nada
menos que al desborde epistolar de una mujer que ha optado por la
sinceridad más absoluta, a lo mejor también la más devastadora: "nunca
sopesaremos suficientemente lo que ha significado esta separación.
Uno empieza a vivir con la imagen del otro y, sin que nos demos cuenta,
el otro va cambiando (el otro siempre cambia). Se comparten pocas
cosas juntos (sólo las cartas) y se tiende a vivir más del recuerdo.
Llega un momento en que uno comienza a idealizar al otro, a reconocer
tan sólo los instantes de plenitud. Así, cuando nos volvamos a encontrar,
cada quien descubrirá que el otro ya es otro y que sólo abrazamos
un fantasma (el que hemos ido añejando en nuestra mente)".
Héctor Abad
leyó en Caracas una insuperable presentación de Ajena. Quisiera
terminar con unas palabras suyas: "Tal vez una de las mayores virtudes
de este libro es que la lucha desesperada de su narradora por aferrar,
capturar, retener al otro, es una metáfora de lo que intenta toda
escritura y en especial de lo que intenta la narrativa: capturar,
aferrar al lector, obligarlo a que nos atienda, nos oiga, nos mire,
nos piense, nos entienda. Quizás no exista lector más atento que aquel
que recibe una carta de amor. Los escritores soñamos con una cosa:
que los lectores nos lean como si leyeran una carta de amor dirigida
a ellos. Con las mismas sospechas, con la misma atención, con la misma
intensidad".